
“Mis héroes son y fueron mis padres. No me imagino teniendo a otras personas como héroes”. (Michael Jordan).
A estas alturas del cuento que es la vida, a pesar de los muchos inconvenientes que aporta la pila de años que ya vengo soportando, tengo muy claro que las ventajas de la madurez superan con mucho a las desventajas. Desde mi perspectiva de hombre maduro, a mis cincuenta y tres años, no volvería atrás. Me encuentro cómodo en la piel que habito, en el confort de mis canas y mis zapatillas de felpa. Y, como cada día sigo aprendiendo, no tengo una perspectiva de estar llegando a ninguna meta.
Pertenezco, pertenecemos muchos de nosotros, a una generación que ha tenido que afrontar sus propios retos, como cada generación, sin duda alguna, ha tenido que afrontar los suyos. Vivimos en un mundo eternamente cambiante, pero nunca a lo largo de la historia el mundo ha cambiado a la velocidad que lo hace ahora. El progreso, el desarrollo extremo sobre todo a nivel tecnológico, ha arrastrado a unos cambios sociales que provocan un abismo entre una generación y la siguiente, que te hacen sentirte como un pez fuera del agua si no eres capaz de seguir el ritmo loco que se te impone. El estancamiento está prohibido, si no quieres ser un proscrito social y verte apartado a la orilla, mientas la vida sigue como sigue la corriente.
Sin duda, uno de los cambios más significativos, pero no obstante más desapercibidos, es el aumento desmesurado de la longevidad. Los avances en materia médica han conseguido alargar la vida del ser humano en más de diez años durante el último siglo. A priori, una ventaja sin duda, ya que yo no soy de los que opinan que nacemos para morir, sino que, muy al contrario, nacemos para vivir. La muerte es la consecuencia lógica de todo esto, pero no deja de ser una tremenda putada. Por lo tanto, y desde una perspectiva cortoplacista, esto sería una ventaja.
En cualquier caso, cada ventaja trae asociado su inconveniente. Como dice Álvaro Urquijo, cada sonrisa tiene su rencor, por alguna razón. Esta generación, la nuestra, ha traído asociada la ventaja de que hemos llegado a mayores, casi a ancianos, en vida de nuestros padres. Y a su vez, ha traído el inconveniente.
Cuando echo la vista atrás, cuando analizo las enormes diferencias entre mi desarrollo vital y el de mis padres, a los que acabo de perder hace apenas un mes, no puedo dejar de asimilar la consecuencia a la circunstancia, la reacción a la acción. Mi padre, aunque esto es un caso extremo, ya había perdido a los suyos a los diez años, siendo el segundo de cinco hermanos. En el caso de mi madre, los perdió ya en la edad adulta, pero siendo, no obstante, una mujer joven.
Esta necesidad, en el caso de mi padre, que provoca la orfandad de madurar antes de tiempo, de mirar a la vida con ojos de adulto cuando aún eres un niño, ha propiciado una generación de hierro, la de nuestros padres, que con muchos menos medios y con menos formación ha levantado negocios, empresas, casi imperios en algunos casos, a base de trabajo y responsabilidad. Una generación entregada a proporciona a sus hijos aquello que no pudieron proporcionales sus padres. Obsesionada, si cabe, con nuestro confort y, sobre todo, con nuestra formación académica. Una generación que nos ha seguido teniendo bajo sus alas aunque ya peinemos canas.
Y consecuentemente, otras generaciones como la mía, nacidas en los albores de la democracia, no hemos sentido en muchos casos el peso de la orfandad, sabiendo que, de un modo u otro, siempre tendríamos el apoyo de nuestros padres por más que ellos tuvieran que quitarse la comida del plato para dárnosla. Una generación de Peter Panes que a los cincuenta años seguimos pensando, en muchos casos, que somos adolescentes, permitiéndonos errores que ya no están a nuestro alcance en muchos casos y carentes de la capacidad de lucha que ellos tuvieron, para posicionarnos en una línea de salida mucho más cercana a la meta.
Y todo esto está trayendo como consecuencia otra generación, la de nuestros hijos, en muchos casos carente de referentes. Una generación que mira a sus padres como colegas de fiesta y no asimila ni asume que hay rangos, que hay posiciones de mando. Y por lo tanto, frustrada ante cualquier traba que, por un motivo u otro, se les pueda poner. Incapaz de asumir que la disciplina es parte fundamental en la formación del adulto que, más tarde que temprano, te verás obligado a ser.
Como decía el genial Quino en una de sus tiras de Mafalda, uno tiene un año, dos, diez, doce y siempre es hijo. En nuestro caso, treinta, cuarenta o cincuenta. Y es como a partir de los treinta años que uno puede llegar a ser padre. “¿En qué escalafón se ha visto que uno tenga que tragarse treinta años para ascender al grado inmediato superior?”.
En cualquier caso, cabría preguntarse qué es peor. Si haber pedido los referentes, como me acaba de pasar a mí, o no haberlos tenido nunca.
“Siempre fuiste mi espejo. Quiero decir, que para verme tenía que mirarte”. (Julio Cortázar).

