
«Éste es el PSOE histórico que tenemos. No es un partido amable y respetuoso con la legalidad constitucional de cada momento histórico, ni con las formas democráticas»
Pensar el siglo XX, obra escrita por el historiador Timoty Snyder, fruto de las conversaciones que mantuvo con su colega y amigo Tony Judt, cuando éste ya había sido casi incapacitado por la ELA, durante el invierno, la primavera y el verano de 2009, además de ser una delicia de libro, de ésos de ir leyendo en la tranquilidad del hogar, a ser posible en invierno, con la chimenea y un whisky solo con un buen puro, es una obra imprescindible para conocer, de la experiencia de primera mano de Judt, el ambiente de las ideas políticas, el poder y la justicia, tal y como lo entendían los intelectuales liberales, socialistas, comunistas, nacionalistas y fascistas, en la vieja Europa. Y viene a cuento porque, en él, el historiador judío británico, al que no le faltó seguramente nada por ver, tiene unas consideraciones interesantísimas sobre la denominada Memoria Histórica.
Según nuestra buena amiga Wikipedia, Memoria Histórica es un concepto historiográfico que viene a designar el esfuerzo consciente de los grupos humanos por encontrar su pasado, sea éste real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto, pero, que, ya en opinión de Judt, resulta muy peligroso, en manos no de historiadores sino de políticos sin escrúpulos (y perdónesenos el pleonasmo), como está demostrando en la actualidad la práctica política española. Judt decía que, mientras que la historia adopta necesariamente la forma de un registro, continuamente reescrito y reevaluado a la luz de evidencias antiguas y nuevas, la memoria se asocia a unos propósitos públicos, no intelectuales, que resultan manifestaciones del pasado inevitablemente parciales, insuficientes, selectivas, cuyos encargados de elaborarlas se ven antes o después obligados a contar verdades a medias o incluso mentiras descaradas. Vaya, si nos suena en nuestra querida Expaña…
Así, memoria histórica, para un especialista, sería una especie de oxímoron que, sin duda, ningún favor hace a la segunda parte del término. Sin embargo, representa un instrumento magnífico para la lucha política, en manos de potentes aparatos de propaganda al servicio de un partido y, sobre todo, de un partido que llegue al poder, ávido de perpetuarse en él y sin ningún reparo por destruir la verdadera Historia de un país, que no es sino el camino que todos hemos transitado hasta aquí, que nos ha hecho como somos y que, necesariamente, nos proyecta hacia el futuro en la herencia que dejamos a nuestros hijos y nuestros nietos. Dejó escrito el jurista liberal alemán, Jakob Grimm, que quien ama a su patria, también debe entenderla, y quien la quiera entender, debe, sobre todo, tratar de penetrar en su Historia. Eso es lo que nos están hurtando estos yonquis del poder.
Las experiencias que nuestro país ha tenido que sufrir por la Ley de Memoria Histórica del infame Zapatero y su segunda temporada, la Ley de Memoria Democrática, del autócrata de Monopoly, Sánchez, son un ejemplo del odio que puede ser inoculado entre compatriotas, con un poco de ideología, un poco de nuestro mal nacional, la envidia, y mucha mala baba. Ellos saben que en un país en paz no caben aventuras socialistas, porque nuestro socialismo patrio no sabe hacer las cosas de otra manera. Nuestro psocialismo lleva dentro de sí larvas dormidas de totalitarismo, que despiertan cuando las cosas no les van como ellos creen que deben ir.
La herencia de Zapatero y el presente de Sánchez son tan aberrantes, que parece que la sociedad echa de menos al socialismo majo, encarnado por un PSOE que, supuestamente, ahora ha sido colonizado por ideas populistas, pero que en el fondo es bueno y resucitará para la democracia liberal, volviendo a ser un partido homologable en cuanto nos olvidemos del primero, dejando que camine a lo walking dead por el mundo haciendo el ridículo, y el segundo termine más pronto que tarde en el contenedor negro del reciclaje de la Historia.
Es tan peligroso Sánchez para nuestro sistema de derechos y libertades, que ahora todos parecemos añorar a un idílico PSOE, que, sin embargo, no existe —idílico— sino en el peligroso mecanismo psicológico de recordar como bueno algo malo del pasado, frente al espanto del presente. Así que la situación merece que demos un poco de memoria histórica.
El día 2 de mayo de 1879, se reúnen veinticinco asistentes en la conocida taberna Casa Labra de Madrid, cuyo principal acuerdo fue constituir una comisión para redactar un proyecto de programa para la organización de los trabajadores, que en menos de tres meses (20 de julio de 1879) estuvo listo y dio lugar al Grupo Socialista Madrileño, cuyo objeto fue fundar el Partido Socialista Obrero Español. El programa aprobado el 18 de abril de 1880 planteó la formación de un partido socialista fundado en el marxismo, cuyos objetivos eran la lucha de clases, la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera, como medio para la consecución de la abolición de las clases y su reconversión en una sola clase de trabajadores, así como la socialización de la propiedad privada.
Son muchos los hitos que, desde entonces, han marcado la historia de un PSOE, que, por cierto, ha sido de todo menos un partido de estado, excepto, quizás, desde el breve tiempo entre su Congreso Extraordinario de 1979, en el que abandonó el marxismo como ideología oficial y pasó a definirse como partido socialdemócrata, y la victoria en las elecciones generales de 2004 de José Luis Rodríguez Zapatero.
Para empezar, y muy prontito, el que pasa por su fundador, su principal dirigente Pablo Iglesias, comenzó su andadura parlamentaria como diputado en mayo de 1910, amenazando de muerte a Antonio Maura, en la sesión parlamentaria del día 7 de julio de 1910, con un “hemos llegado a considerar que antes de que su señoría suba al Poder debemos ir hasta el atentado personal”. Casualmente, pocos días después (el 22 de julio), Maura sufrió un atentado en el que resultó herido a balazos en una pierna y en un brazo…
Unos años después, el muy democrático PSOE, junto con su sindicato hermano UGT, convocan la Huelga General revolucionaria de agosto de 1917, que según afirmaron en su Manifiesto, no cesaría hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen. No nos alargaremos con las consecuencias de lo que está en los libros de Historia (en la de verdad).
Vamos a más. El 13 de septiembre de 1923, se produce el golpe de estado del Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera. Pues bien, historiográficamente están demostrados los coqueteos del PSOE con la dictadura subsiguiente. Parece ser que su Comité Nacional aprobó la participación de los socialistas en las instituciones del Estado autoritario por catorce votos a favor y cinco en contra, bajo el argumento de que no existía ninguna diferencia sustancial entre esa dictadura y el anterior parlamentarismo corrupto (vaya…), aunque la realidad está más cercana al hecho de que Primo de Rivera, por alguna razón, se esforzase en la represión de comunistas y anarquistas, y respetase a los socialistas.
Si saltamos al 14 de abril de 1931, la II República vino de la mano de un auténtico golpe de estado, y no de un proceso legítimo y democrático. El 14 de abril de 1931, tras unas elecciones municipales, en las que, por cierto, vencieron los partidos monárquicos, aunque no en las grandes ciudades, el Conde de Romanones, con el encargo del Rey y ante la presión republicano-socialista, propone a Alcalá Zamora crear un gobierno de transición o incluso, una abdicación de Alfonso XIII en el Príncipe de Asturias, pero, lejos de ello, Alcalá Zamora, exige que el rey salga del país «antes de que se ponga el sol«, y le advierte de que «si antes del anochecer no se ha proclamado la república, la violencia del pueblo puede provocar la catástrofe«. Esa misma noche, Alfonso XIII abandonaba España hacia el exilio, sin haber abdicado formalmente. Se proclamó la República, y el primer gobierno provisional estuvo formado por doce miembros de los partidos golpistas, de los que tres eran del PSOE, que fue el partido que más ministros aportaba.
Y suma y sigue. Cuando la Derecha triunfa en las elecciones de 1933 y el 4 de octubre de 1934 Alejandro Lerroux remodela el ejecutivo, introduciendo tres ministros de la CEDA, coalición ganadora de los comicios, PSOE y ERC lo toman como un golpe fascista. Acto seguido, el comité insurreccional del PSOE, creado el 3 de febrero de 1934 decidió desatar una revolución, que coincidiría con la proclamación del Estado Catalán dentro de la República Federal Española, por parte de Lluís Companys. La Historia es, para entonces, como la hemeroteca actual para Sánchez: cruel, muy cruel.
Pero, antes, las profundas convicciones democráticas de Indalecio Prieto le habían hecho sacar y amartillar una pistola, amagando disparar a un diputado derechista que se encontraba en el suelo, en la tangana a golpes que se organizó en la sesión parlamentaria del 4 de julio de 1934, en el Congreso de los Diputados, entre el socialista Juan Tirado Figueroa y el cedista Jaime Oriol de la Puerta.
Y, ya para redondear, entre los asesinos de Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, se encontraban miembros de la guardia personal del susodicho Indalecio Prieto, un miembro de la escolta de Margarita Nelken, y dos dirigentes y dos afiliados de las Juventudes Socialistas. Por cierto, los dos tiros en la nuca, que recibió Calvo Sotelo durante el paseíllo, fueron democráticamente administrados por el socialista Luis Cuenca Estevas, después de que aquél hubiera recibido múltiples amenazas de muerte incluso en sede parlamentaria, por parte de las fuerzas izquierdistas.
Así que éste es el PSOE histórico que tenemos. No es un partido amable y respetuoso con la legalidad constitucional de cada momento histórico, ni con las formas democráticas de la Democracia Liberal. Es el partido de los golpes de estado, de las bravuconadas y las amenazas de muerte en sede parlamentaria. Es el partido —uno de ellos— de las checas de Madrid y Barcelona, donde se practicaron torturas y asesinatos políticos, que ya quisieran para sí las originales checas de Lenin del 1917, y que parecen olvidadas en sus leyes de memoria histórica y democrática.
Y es cierto que, de 1979 a 2004, el partido de Felipe González y Alfonso Guerra abandonó oficialmente una ideología que buscaba la destrucción del sistema para la implantación del paraíso comunista sin clases, pero no nos vayamos a olvidar ahora de que también fue, mientras, el partido del ambiguo “de entrada no” en la OTAN; de las salvajes hecatombes económicas; de la modificación en el sistema de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial que ahora nos trae por el camino de la amargura; del GAL; de la, hasta hoy, única condena a un partido político como autor directo de corrupción (no como simple beneficiario económico); y del, insisto en que no olvidemos, el que se mueve no sale en la foto.
Así que, qué mal tenemos que estar para añorar a ese PSOE…

