
«Hoy 7 de octubre celebramos el quingentésimo quincuagésimo tercer aniversario de la batalla de Lepanto sucedida tal día como hoy hace 553 años en 1571»
Hoy 7 de octubre celebramos el quingentésimo quincuagésimo tercer aniversario de la batalla de Lepanto sucedida tal día como hoy hace 553 años en 1571. Tras una decidida acción desde el Papado, con Su Santidad San Pío V a la cabeza, y con el protagonismo responsable de la Corona española culminó la victoria cristiana frente al turco islámico y como consecuencia de la misma el Papa dictaminó se incluyese en las Letanías la voz: Auxilium Christianorum (Auxilio de los Cristianos) que aquí repetimos cada día.
Con la Liga Santa de 1571 se decidió el futuro de Europa, y, por ende, del mundo occidental. La victoria de la armada cristiana supuso un freno decisivo en la expansión del Islam, que amenazaba con conquistar el corazón de la Cristiandad, Roma, pues el islam ya estaba apostado, preparado para el asalto al otro lado del mar Adriático.
Unos tiempos muy parecidos a los nuestros, pues nos encontramos en un momento crucial de cambio, en el que tenemos una gran responsabilidad. Ahora no es una amenaza localizada, como entonces, sino la coalición de una serie de fuerzas oscuras, interiores y exteriores a Europa que pretenden aniquilar nuestra civilización y nuestros valores, entablando una lucha encarnizada contra su principal obstáculo, la Iglesia. También tenemos al enemigo en casa, porque un relativismo complaciente y una cobarde connivencia con el mundo se han adueñado de buena parte de ésta, sobre todo en su cúpula, hasta desdibujar el horizonte de la trascendencia en pro de un inmanentismo globalista de corte panteísta.

No podemos renunciar a nuestro modelo de sociedad según el plan de Dios, confinándonos cobardemente en las sacristías y templos y renunciando temerosamente a la proclamación pública y esencia de nuestro mensaje. Un cristianismo sin vocación de proyección social, es un cristianismo que nace muerto, es decir es como la semilla caída en el pedregal.
Recemos el rosario que recibimos de nuestros mayores, y pidamos a Nuestra Señora de la Victoria, como la denominó el propio Papa Santo, y Auxilium christianorum, invocación que introdujo en las letanías lauretanas, que nos ilumine en nuestra lucha activa contra el caos y las tinieblas del mal pues Ella fue la primera que aplastó la cabeza del pecado de origen. Ella que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden de batalla (Cant. 6:10), nos haga despertar de la alienación de este mundo para que luchemos activamente, con nuestra acción militante, por el Reino de los Cielos, con el Rosario en una mano.

