(I) Lugares de Madrid: La Real Academia Española de la Lengua. Por Diego Pardos

La Real Academia Española de la Lengua

«Sobre la asistencia a la Academia he encontrado unos datos muy interesantes escritos -y muy bien- por Josefina Carabias en 1950»

Me pide mi buen amigo Bonifacio Entrambasaguas i Pi, fígaro y barbero, amante del vuelo a motor y de los buñuelos de viento, que escriba sobre un tema que le preocupa enormemente. Mi amigo Entrambasaguas tiene una barbería en la calle del Pez y un hijo artista que adora las obras de Carlos Arniches, sobre todo los sainetes del Madrid castizo. 

El otro día sin ir más lejos, al tiempo que me tenía atado al sillón giratorio de su salón de belleza y me embadurnaba el rostro con una brocha llena de crema de afeitar (una crema estupenda que saca espuma y huele a hierbabuena), me hizo la propuesta mientras afilaba la navaja: 

-A usted, don Diego (siempre me llama don Diego, tal es su cortesía), a usted don Diego que se le da tan bien escribir en La Paseata, le convenía sacar el tema de la Real Academia. 

-¿Y eso por qué, amigo Bonifacio? -le pregunté-, ¿cree que puedo ganar el premio Mariano de Cavia? 

-Raro sería, don Diego –me respondió muy educado-. Sin embargo lo digo porque compartimos lema y ello me hace mucha ilusión. 

En efecto, encima de la puerta del establecimiento se podía leer en un cartel pintado primorosamente a rayas rojas, azules y blancas: “Barbería La Moderna. Limpia, fija y da esplendor”. Así que, una vez aseado y afeitado, me dirigí a la redacción del periódico para husmear en los archivos algún cotilleo sobre la llamada Docta Casa. Que es una institución sabia que formaron en 1713 once señores muy serios. 

Así me enteré de que en la calle de Felipe IV se haría más tarde una casa muy bonita que hoy es su sede. Allí se reúnen los académicos para hablar de ortografía o gramática o lexicografía y criticar de paso a doña María Moliner por su diccionario, que les molesta mucho porque les hace la competencia. Además de decirnos cómo tenemos que hablar, ¡como si no lo supiéramos! 

 Un poco de historia 

En el año 1978 ingresó la primera mujer, Carmen Conde, que escribía poemas delicados: “La niña se llamaba Carmen; y la jaca Golondrina. La niña tenía seis años y era rubia, con los ojos negros, alegre y traviesa, inquieta cual el viento. La jaca era negra, fina, con un caminito blanco desde la frente al morro”. Prosa poética que recuerda a la de Juan Ramón y su Platero. La última es doña Clara Sánchez, en 2023, novena mujer entre los cuarenta y un miembros actuales. Existe la particularidad de que no hay académicos “de número” sino “de letra”, es decir que cada sillón tiene la letra A, a, c, D… pintada en el respaldo. Y es una manera muy civilizada de poner falta a quien hace novillos: “Hoy han faltado las letras D y la E”, dejan caer como quien no quiere la cosa en lugar de nombrar a don Darío y a doña Carmen. Aunque las mujeres no acuden nunca a estas sesiones semanales, y hacen muy bien, ya que son sus colegas unos aburridos de tomo y lomo que no se ríen nunca y dedican las deliberaciones a contar chistes verdes, según nos decía doña Concha Espina. 

Sobre la asistencia a la Academia he encontrado unos datos muy interesantes escritos -y muy bien- por Josefina Carabias en 1950. Se ve que los académicos cobraban muy poco, menos que un tranviario, menos que un botones: entre treinta y cincuenta pesetas por asistir a las sesiones. Se entiende que don Dámaso Alonso hiciera muchas pellas, ya que por semejantes emolumentos no merece la pena salir de casa… y exponerse a coger un resfriado.  

El episodio más triste fue el de don Gerundio Anacoluto Apelativo (sillón Ñ). Este señor era el académico más pobre de todos. Cada vez que pasaba por allí, el portero le daba los buenos días y un documento firmado por el secretario, que decía más o menos así: 

 

 REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA LENGUA 

VALE por un bocadillo de calamares con salsa picante y un vaso de vino clarete. 

Casa Marcelino. Calle de la Paloma, 2. -Madrid- 

 

Don Gerundio se ponía muy contento, salía hacia la taberna para almorzar y luego regresaba lleno de ánimo para reanudar en la biblioteca sus estudios sobre la novela juvenil en el Siglo de Oro. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020).

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