La Resistencia Civil. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

La Resistencia Civil

«Nuestras pequeñas voces no suenan, apagadas por el ruido del aparato del Estado y un gran equipo de márquetin de la factoría psocialista»

 Todavía hace solamente unos días, tuve la oportunidad de escribir mi opinión en un Grupo al que pertenezco, Nuevo Foro Liberal (NFL), ante una discusión que se había abierto entre dos de sus miembros. Uno manifestaba con mucha insistencia que los agricultores habían, poco menos que, salido a dar una vuelta por la geografía española, en un acto baldío que no valía para nada. Su opinión, muy respetable, por cierto, era la de que no servía de nada protestar —ya en general— ante los poderes públicos y que, esas protestas, lo único que hacían era molestar y perjudicar al resto de la ciudadanía. Sin embargo, ante la oposición a dicha visión derrotista por parte de otra miembro del Grupo, aquél, visiblemente molesto, empezó con la conocida táctica del disco rayado, contestando a toda interpelación que se le hacía exigiendo que se le dieran pruebas de que no estaba en la razón. Llegó a ponerse maleducado, con lo que su opinión dejó de ser, no ya no muy, sino ni siquiera respetable a secas. No hubo tiempo de terciar, aconsejando al derrotista que siguiera las reglas de la argumentación razonable, y que, por lo tanto, fuese él quien facilitara las pruebas de su posición, dado que era él quien había realizado una afirmación (ya sé que me puede mi alma de jurista: affirmanti incumbit probatio; es decir, “a quien afirma, incumbe la prueba”). No hubo tiempo porque el administrador del Grupo, con muy buen criterio, quitó de en medio, no al derrotista, sino al maleducado, porque la tolerancia no debe confundirse con cerrar los ojos ante la violencia verbal, ni tampoco con permitir el troleo de presencias tóxicas. Pero este suceso me hizo pensar en cómo gran parte de la ciudadanía se encuentra adormecida y completamente domada ante los instrumentos del poder, y cómo ésa es condición necesaria para que el aplastamiento de la individualidad y de la propia ciudadanía como concepto se perpetúe en el tiempo, en una especie de uróboro del totalitarismo. 

 

Este Nuevo Foro Liberal es una, seguramente entre muchas otras, manifestación de que la sociedad civil no se encuentra en su totalidad ni adormecida ni domada. Es una magnífica iniciativa creada no para promover un salto de nadie a la Política, sino, entre otras cosas, para remover el avispero, para analizar problemas, estudiar soluciones y ponerlas negro sobre blanco a toda la Sociedad que quiera escuchar, para reunir las fuerzas de cuantos estamos dispuestos a poner palos en las ruedas de la maquinaria trituradora de la iniciativa, de la voluntad y de la rebeldía del ser humano ante el pensamiento único que quiere imponer este Gobierno, por muy democrático que se diga. Para, en definitiva, advertir a nuestros nuevos señores feudales que, sí, que a la fuerza ahorcan, y que la violencia bruta —institucional, ambiental, en redes y hasta con porras y escudos— puede quebrar la disidencia, pero, aun así, que hay disidencia, que existe una Resistencia. 

 

En nuestra querida Expaña, vivimos momentos históricos… desgraciadamente. Dos partidos populistas de izquierdas sostienen el Gobierno de la nación, apoyados por una piara de partidos independentistas. Aquellos dos partidos, uno de Izquierda Extrema abducido por un Secretario General indecente y sin principios, abrazado al Populismo como medio para conseguir sus fines personales, y, otro, de Extrema Izquierda, populista puro y duro, con todos los tics del más rancio comunismo depredador, devastador y asesino. Y, ésos —la piara—, formados por una amalgama de filoterroristas, sediciosos, malversadores, traidores y huidos de la Justicia, todos separatistas y todos con un aire supremacista que apesta a primer tercio del siglo pasado. Lo mejorcito de cada casa. 

 

Sus ansias intervencionistas y colectivistas amenazan, no solamente con ahogar cualquier resquicio de individualidad, de superación personal y de iniciativa económica, al margen de las oposiciones a funcionario y de los subsidios públicos, sino también con colonizar las almas de los ciudadanos y doblarles la espalda para hacerlos lemmnings de videojuego o silenciosos, entregados y leales minions. 

 

Sin embargo, lo verdaderamente importante es que, frente a ellos, estamos los ciudadanos, los actuales siervos de la gleba de aquellos vividores indecentes, cuyo mayor afán es descubrir nuevos derechos de pernada con los que aliviar sus bajos instintos a nuestra costa. Somos legión, pero, uno a uno, nuestra voz se cae de nuestras bocas y la aplastan nuestros propios zapatos desencantados. Nuestras pequeñas voces no suenan, apagadas por el ruido del aparato del Estado y un gran equipo de márquetin de la factoría psocialista. Pero somos tantos que se asombraría cualquiera de los gobiernos sordos, a los que hemos dejado secuestrar nuestra voz con el engaño de liberarla por unas horas, ante unas urnas y cada cuatro años. Somos muchos, hoy la mayoría silentes, pero ya expectantes. ¿Y mañana? 

 

Es cierto que empiezan a darse señales, como plagas precursoras del Apocalipsis psocialista: viejos socialistas que levantan la voz contra su partido; barones del PSOE que ponen malas caras y se tapan la nariz; Page que insiste en su disidencia calculada; amenazas de purgas a aparatos regionales —otra vez en Madrid, ¿Qué tendrá Madrid?—; intelectuales otrora del régimen que hoy apostatan por puro asco o les echan de sus medios progres de toda la vida por empezar a padecer la enfermedad de la libertad; primeros exvotantes del PSOE que son capaces de votar incluso a independentistas en Galicia por no votar a los suyos; la Ley de Amnistía que se estanca; los socios independentistas catalanes vuelven a aprobar una iniciativa para la declaración de independencia; relaciones y secretos con Marruecos que huelen fatal; más y más corrupción (el tito Berni, Koldo y sus ministros y comunidades autónomas…); Sánchez desencajado en ruedas de prensa… Todo eso es cierto, pero no nos dejemos engañar por nuestros deseos y vayamos a confundir nuestra esperanza con la realidad: hay que seguir apretando. No es el momento de pensar que ya está todo en marcha y que, ineluctablemente, el final está a la vuelta de la esquina. 

 

No. Cada uno en la medida de sus posibilidades tiene la obligación moral de seguir dando la batalla. Quien crea que una manifestación no sirve, quien piense que las protestas del campo, de los transportistas, de las fábricas o de los autónomos no valen para nada, quien haya sido convencido de que escribir en medios, discutir en los bares o, incluso, arriesgarse a perder viejos amigos o enfadarse con sus cuñados es inane… Todos esos deben saber que se equivocan, o quizás no, pero sí deben tener por seguro que ésa es la opinión que quieren que tengamos estos déspotas de Monopoly, estos Torrentes de la Política que es imposible que hayan llegado hasta aquí, pero que, inexplicablemente, lo han hecho. 

 

Ya he tenido antes la oportunidad de decirlo: hay que hacer manifestaciones; hay que hacer que en la calle, en los parques, en los bares, en las oficinas y en las fábricas suene la disidencia; que se exprese en las Cartas a los Directores de los periódicos; que las redes sociales ardan de indignación; que se escriba en los medios de información, profesionales e intelectuales; que se bloqueen las webs y las centralitas de ministerios y sedes socialistas y comunistas con miles de entradas y llamadas; que se hagan pintadas en las calles; que los hackers apunten y disparen contra instituciones y políticos personalmente; que los coches se llenen de mensajes en los parabrisas; que los particulares pongan carteles en sus balcones; que las tiendas armen monigotes y montajes en sus escaparates; que los municipios libres den la batalla; que se siembren las calles de las ciudades de mesas de resistencia; que se inunde el Parlamento de peticiones de los ciudadanos; que estos golfos y traidores no puedan salir a la calle sin que sean abucheados; que se organicen brigadas de cobradores del frac de dignidad que los persigan; que a sus familiares y amigos les dé más vergüenza serlo que pasar por pederastas o proxenetas… 

 

Es responsabilidad de todos los no lobotomizados. Tenemos que convertirnos en aquéllos que no aceptamos más excusas para nuestra propia desidia y nuestros propios y pequeños miedos. No somos nadie en particular, ni somos de nadie, pero somos innumerables, que, quizás, ya sea el día que querremos decir que estamos aquí. Nada más. Para nada en especial, para formar parte de un ejército invisible, silente y paciente cuyos engranajes comienzan a ponerse en marcha. 

 

Hoy, sólo buscamos una actitud, decir que estamos aquí, pronunciar en alto un basta ya social y político: la legalidad del poder público no ofrece legitimidad para aplastar públicamente, ni para pervertir el Estado de Derecho por la puerta de atrás, ni para llevar la economía a la ruina, ni para llevar al país a la indigencia internacional, ni para que auténticos analfabetos se enriquezcan y medren en el sector público, ni para adoctrinar a los menores, ni para cambiar la Historia, ni para cainizar a las minorías… 

 

Hoy, sólo buscamos decir al poder público que una marea silenciosa está velando las armas, para que no nos termine de arrebatar la individualidad y la libertad. Que sepa que estamos todos ahí, expectantes y silentes, que nos está empujando demasiado y que es el día en que tenemos que empezar a levantar la voz, todos al unísono, y nuestros ilegítimos nuevos señores feudales tendrán que escuchar… para empezar. 

 

Sí, cada uno en la medida de sus circunstancias y sus posibilidades. Me he hartado de decir en mis círculos que, si tuviera treinta años, en lugar de los sesenta y dos que arrastro, y supiera lo que sé ahora, estaría poniendo bombas. No es una metáfora: el Unabomber americano iba a quedar como un aficionado de una fiesta de barrio. Pero, como es imposible marcharme ahora y volver con treinta y pico años menos, me tengo que contentar con ser fiel a mis ideas y defenderlas siempre, llevar la bandera de mi país en el ojal de la chaqueta, ser un fascista para los imbéciles, votar a quien me da la gana aunque no sea voto útil, reírme mucho de nuestros progres terraplanistas como ratoncitos del Flautista de Hamelín, y, sobre todo, poner bombas montadas con metralla de palabras y mala leche, que me sobran. 

 

Ruido, mucho ruido contra su omertá. Es la hora de tocar a rebato: súmate a la Resistencia Civil. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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