
«El maná de la amnistía, ese divino fruto que como del mismo cielo vendrá a caer sobre nuestras almas, que en quebranto y amargura antes vivían»
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Hoy siento mi corazón rebosante de alegría:
¡todo indica que es cosa ya hecha LA AMNISTÍA!
¡Por fin llegará a Cataluña la ansiada convivencia,
a la que los españolistas aplaudirán con las orejas!
¡Ya resuenan los claros clarines, ya se oyen baladas de trompeta!
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¡Me muero de ganas de corretear por las Ramblas
y abrazarme a todo separatista que me salga al paso!:
-De mi desprecio por los de tu puta calaña ya no queda nada:
¡Ven, hermano mío; deja que te dé un sentido abrazo!
Las ‘paradas de flores’ se llenarán de rosas y guirnaldas:
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Parecerá Sant Jordi ya todos los días: ¡Le tomará por su santo patrón toda España!
¡Andaluces y manchegos, vascongados y gallegos
en continua peregrinación para besar a ‘La Moreneta’!
¡Separatistas catalanes, con sus corazones de unción y ternura plenos,
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recorriendo ‘El Camino de Santiago’ con la estelada bien enhiesta!
¡Ah: sólo de pensarlo -debo confesarlo-, se me pone tiesa!
(¡La estelada, por Dios, que luego la gente malpiensa!)
¡Devotos peregrinos de todas las regiones de España
habrán de correr, entusiasmados, a su encuentro!:
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-¡Acercaos, hermanos: hemos organizado ‘una bona butifarrada’,
y el cava, en vuestro honor, enfriándose está en hielo!
Nadie imagina un solo catalán ni un solo español de bien
que no salga a celebrar por todo lo alto… ‘el maná de la Amnistía’;
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ese divino fruto que como del mismo cielo vendrá a caer
sobre nuestras almas, que en constante quebranto y amargura antes vivían.
¡Y no será sino a los buenos de Carles y de Pedro a quienes deberemos tanta dicha!
¡Dos prohombres de Estado… como no hubo, en España, otro par igual!
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¡Recémosle ya a ‘La Moreneta’! ¡Al apóstol Santiago y a la Virgen del Rocío todos recemos!
¡Recémosle a San Isidro y recémosle a ‘La Pilarica’!
¡Recemos a todos los santos patrones de La Santa Hispanidad:
la dolorosa inquina de tantos años se nos volará en un solo día;
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como si nuestro hermano Carles la hubiera apresado en una botella de ratafía;
o como si el Falcon de nuestro hermano Pedro la hubiera lanzado sobre el mar!
¡Ah…; arrasados en lágrimas de alegría tengo aún mis ojos;
estos ojos míos que un día los viles gusanos se comerán;
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pero en España y en su tan amada hija pródiga Cataluña vivirá el eterno gozo
que sólo una bendita ley de Amnistía al fin nos podrá asegurar!
¡Gracias, Pedro! ¡Gracias, Carles!
¡Incontables generaciones, merced a vuestra empatía,
vuestra ansia de concordia e infinita generosidad,
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habrán de vivir, durante milenios, en franca camaradería,
en íntima armonía… y en la más perfecta paz!
¡Oh, sí; difícilmente hombres tan bondadosos, honorables y desprendidos
volverán de nuevo nuestro viejo universo a surcar!
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¡Y cuánta razón llevaba la Comisión de Venecia
-y su docto epígono ‘Ivanete y Redondillo’-,
que las mil y una bondades de la ley de Amnistía ha predicho ya!
Cierto es que el hermano Carles, en un excusable prurito separatista postrero
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-apenas algo más que ‘el canto del cisne’ ante aquello que ya se fue-
soltó, todavía ayer mismo, un lacónico y yo diría que hasta eufónico… «¡Ho tornarem a fer!»
¡Nada al cabo! Bromitas suyas. Chiquilladas de quien lleva muy a gala su magnífico buen humor.
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Acaso por imitar a Eugenio -otro ilustre catalán como él- de repente le dio.
Pero me callo ya, que la emoción me vuelve a embargar:
aprovecharé para acercarme al bazar de todo a cien, que quiero, hoy,
encenderle unas velitas bien cucas al Cristo que hay junto al altar.
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¡Gracias, Pedro; gracias, Carles: un padrenuestro,
por la eterna salvación de vuestras «molt honorables» almas,
arrodillado humildemente ante la cruz, voy a rezar!
(«¡Collons»: ya me duelen las rodillas… antes de ‘genoflexionar’)

