
“El tiempo te va cambiando por fuera. Las personas te van cambiando por dentro”. (Anónimo).
Llega un momento en la vida en el que, inapelablemente, todas tus certezas dejan de serlo, pasando a ser tus dudas; llega un día en el que, por edad, por experiencia, por el insoportable peso de la mochila en tu espalda, te miras al espejo y no te reconoces.
No se trata de un cambio físico, más paulatino. Se trata de que un día, de repente, todo lo que te preocupaba hasta ayer, tus objetivos, tus anhelos, se desvanecen y parecen tan absurdos que no puedes entender el tiempo y el esfuerzo que les has dedicado.
Llega un día en que desaparecen tus referentes, y te das cuenta de cuantas cosas hacías por ellos, por su aprobación, por su admiración; y desde ese día, esas cosas que hacías con entusiasmo quedan vacías, carecen de importancia.
Ese día, indefectiblemente, también comprendes que todo es efímero, que nada es definitivo, empezando por ti mismo, por tu propia existencia. Que ya no puedes dejar las cosas para más adelante, que la vida es ahora, que vivir es urgente. Es el día en el que comprendes que todo aquello que posees, todo aquello que con tanto esfuerzo has conquistado, se va a quedar aquí cuando tú te vayas. Y no solo eso, sino que todo lo que atesorabas, recuerdos felices de una vida entera, se extinguirá contigo, se irá al contenedor, se venderá o se regalará a personas para las que, en muchos casos, no significa nada.
“Hijo mío, la vida es muy larga, pero se pasa muy rápido”. (Julián Moreno, mi padre).
Cuando echo la vista atrás, cuando pienso en mis padres, esos niños de posguerra que tuvieron que buscarse la vida desde pequeñitos, trabajando, pues había que llevar comida a casa; cuando repaso su devenir vital, de no tener siquiera unos padres en los que apoyarse, cuando veo su evolución, la manera en la que prosperaron, en la que lucharon para sacar adelante a sus hijos con las comodidades que ellos no tuvieron, es cuando de verdad me planteo, una vez que ellos ya no están, el sentido de la vida humana; Esa carrera sin meta o con la peor de las metas, esa constante resolución de problemas, esa absoluta falta de paz, cuando te vas a la cama y el ritmo loco del día se aminora, dándote la posibilidad de pensar.
Y llego a la conclusión de que el ser humano, salvo en excepciones, se va cuando más puede aportar, cuando es más sabio, cuando ha cumplido sus objetivos y por fin no anhela nada, salvo vivir en paz, con la salud necesaria. Y la vida, entonces, se termina en un segundo y te lo arrebata todo.
Desde ese punto de vista, toda lucha es baldía, todo esfuerzo inútil, todo objetivo efímero. Nada es para siempre, salvo la muerte, por otro lado la única certeza que nunca te abandona. Y nada hay más sencillo y más instantáneo que abandonar este mundo, aunque te encuentres en el mejor momento vital.
Por lo tanto, plantéense sus luchas, sus objetivos y el modo en el que están luchando para lograrlos. Plantéense si la recompensa merece el esfuerzo. Y plantéense los plazos, pues los objetivos a medio y largo plazo pueden truncarse por la cosa más nimia. Y evidenciar, de forma inapelable, que hemos perdido un tiempo precioso en pro de una meta a la que no vamos a llegar jamás.
No hay otro mensaje aquí; no hay positivismo, no hay doblez.
Si buscaban optimismo, búsquenlo en otro artículo.
“Por querer aflojar el nudo que me aprieta el cuello, y creer en las manos más que en el corazón. Es la mala hora, condenado estoy. Cien pájaros hambrientos anuncian la aurora. Es la mala hora, mi suerte acabó”. (“La mala hora”. Radio Futura).
