Los Torrentes. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

Los Torrentes. Ilustración de SuperTano

«Vaya, que al final resulta que hablar de la ética del PSOE es mucho más aburrido que hacerlo de su estética Torrente»

 Que el Socialismo me parece una mala idea es algo que todo aquél que me conoce o que me ha leído da ya por descontado. Y no pienso así solamente si nos referimos a la lucha ideológica entre sistemas, entendiendo por tales al Liberalismo (capitalista) y al Socialismo (comunista). A estas alturas, sólo algunos tristes nostálgicos de la Unión Soviética, de la China maoísta o de la romántica —pero carca— idea hispanoamericana de la revolución, se atreven a mantener la viabilidad de un sistema que, allá donde ha enraizado, solamente ha llevado miseria, totalitarismo y muerte, y en el que sus desgraciados ciudadanos no han dudado en jugarse la vida, atravesando mares caribeños o saltando muros berlineses, para huir del paraíso socialista hacia el infierno capitalista. 

 

Pero no lo pienso así solamente como sistema, sino que también lo pienso como ideología de los actuales partidos socialistas, hoy día socialdemócratas allí donde existe un Socialismo homologable con un Estado de Derecho. Es cierto que han dejado atrás su antiguo objetivo de participar en el sistema para destruirlo una vez alcanzado el poder, y que, hoy en día, asumiendo las reglas democráticas liberales, su objetivo ha pasado a ser aceptarlo con la idea de ceñirse a conseguir algunas modificaciones en función de los intereses que les son propios y de su particular visión del mundo y de la sociedad. Pero también es cierto que sus recetas, viniendo de donde vienen, tienen ese tufillo insoportable a colectivismo y estatismo intervencionista, que, en cuanto se descuidan, surge de ese atávico instinto totalitario, como si, debajo de la capa de la piel más externa, con un simple arañazo apareciera el viejo topo del comunismo. Veo a los partidos socialdemócratas como esos alpinistas que van subiendo la montaña con mucho esfuerzo, pero que, con el más mínimo traspiés, caen irremediablemente al abismo, atraídos por esa especie de ley de la gravedad totalitaria contra la que se esfuerzan en luchar, y que, como en la fábula de la rana y del escorpión, es su carácter. 

 

Y, digo más, no solamente pienso así del Socialismo como sistema y como ideología de partido democrático (si socialismo y democracia en la misma frase no resulta un oxímoron), sino que, además, lo pienso de nuestro Socialismo; es decir, de esa histórica organización política denominada Partido Socialista Obrero Español, que no ha dejado de promover y de participar en intentos de golpe de estado y en la destrucción de los regímenes políticos de cada época, excepto en los cuarenta años de dictadura franquista, donde ni estaba ni se le esperaba. Cómo le pudo robar la merienda al Partido Comunista de España en la Transición, es un misterio que puede dirigir a que ya apuntaban maneras sobre márquetin, publicidad y populismo, que tanto han perfeccionado hoy en día en la factoría psocialista. En ese sentido, quizás algún día podamos saber si, siguiendo su trayectoria histórica, no anduvo también de alguna manera al lado del 23-F tal y como también se ha llegado a escribir (y, si los progres se escandalizan, que lean algo sobre la reunión Múgica-Armada, de octubre de 1980, o las consultas de líderes del partido a Jordi Pujol y a Marcos Vizcaya sobre la posibilidad de un gobierno presidido por un militar, también en verano y octubre de 1980). 

 

En otras palabras, que, de lo general a lo particular, el Socialismo y el PSOE, en su vertiente político-moral, no han sido nunca precisamente un dechado de virtudes. No hace mucha falta insistir en el espectáculo de corrupción sistémica económica, social y política que está protagonizando el PSOE en estos días, ni en que, además, su desvergüenza llega a límites que no son conocidos en las democracias occidentales: uno solo de los múltiples escándalos habría hecho dimitir, no ya a la presidenta del Congreso o a ministros varios, sino, directamente, al Gobierno en bloque con su cursi presidente a la cabeza, aunque nada más fuera por la misma razón por la que esos jacobinos de opereta exigían el escaño al pobre de Ábalos. Solamente pensar en todo lo que estaría excretando Sánchez con su risa de loco del Congreso; o en lo que estaría repitiendo el minisánchez de Bolaños, seguido por todos los ministros como coro de telemuñecos; o en lo que estaría escribiendo la prensa del régimen regada de prebendas y de publicidad institucional; o en lo que dirían los honrados tertulianos de izquierdas, hoy tan asépticos, ecuánimes y tan partidarios del derecho fundamental a la presunción de inocencia…, si toda esa mierda hubiera sido de derechas y no de izquierdas; solamente pensar en todo eso, decía, da para hacer reflexionar, y muy mucho, sin necesidad de más (por supuesto salvo a los lobotomizados terraplanistas psocialistas). 

 

Aun así, son muy de agradecer las decenas de artículos periodísticos y de editoriales radiofónicas y televisivas que están mostrando las vergüenzas de este entramado político-criminal, destinado a depredar a un país y a servir a las ensoñaciones de un megalómano. Por ello, no es mi intención volver a hablar ahora de una presunta ética del PSOE (o de su falta, ya se me entiende), porque está habiendo muchas opiniones más fundadas y mejor resueltas. En estos momentos, lo que me pide el cuerpo es, no hablar de su ética, sino de su estética 

 

Recuerdo haber leído un buen artículo hace años (siento no recordar de quién, pero no fue en El País), en el que se decía que el concepto de estetización de la política surge por primera vez de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin; obra que reconozco no haber leído, dados, tanto la temática como que su autor fuese un crítico y filósofo alemán y marxista a la vez, lo cual excede en mucho mi capacidad de heroicidad. 

 

Pero, con ello, no me quiero ahora referir a sesudas reflexiones sobre la aplicación de la estética a la práctica política, entendiendo las distintas fórmulas de belleza aplicadas a la política como polo de atracción, como gusanito en el anzuelo o como señuelo para captar la atención del potencial votante, ni tampoco a cómo se busca que la política pierda contenido y argumentos en favor de las formas y las vísceras, manipulando el mensaje y a sus receptores, como Mussolini se jactaba de que las masas fueran como cera en sus manos (uniformes nazis by Hugo Boss, imaginería imperial romana fascista, coreografía milimétrica en desfiles comunistas, vestimentas de andar por casa y descamisados en los mítines izquierdistas, simbología nacionalista en las concentraciones de derechas, ruedas de prensa del speaker siempre con gente, a ser posible joven, detrás de él mirando a la cámara y asintiendo a la verdad revelada, mensajes con música en vez de con letra, neolengua plagada de eufemismos, puestas en escena y lenguaje no verbal preparados a la carta por especialistas en imagen…). 

 

Y tampoco se trataba ahora de hacer una simple referencia al aspecto del personal progre. Primero, porque respecto de las reinonas izquierdistas —que, como ya he tenido oportunidad de comentar, parece que, en cuanto tocan pelo del poder, se dan cuenta de lo que mola parecer de derechas—, no querría ser objeto de un paseíllo nocturno mediático con fusilamiento al amanecer, por machista, fascista y del Real Madrid. Y, segundo, porque, respecto a los popes izquierdistas…, bueno, sí, respecto a éstos, como, si me atrevo a lanzar contra ellos mi maledicencia, solamente sería fusilado por fascista y madridista, pero no por machista —que queda bastante mal en las esquelas—, de éstos sí que voy a decir algo. 

 

A ver, no es que uno se tenga por Petronio, como decía Tácito, árbitro de la elegancia en la Corte de Nerón, pero que no se me diga que no es curiosa la coincidencia estética de que todos los golfos psocialistas tengan el mismo pelaje. Véase, muchos años atrás, a Juan Guerra y a Roldán; y ya mucho más cerca en el tiempo, hasta la misma actualidad, a los Juan Francisco Trujillo, el chófer de la coca de los EREs, Juan Bernardo Fuentes, el tito Berni, al actual Koldo, Koldo García Izaguirre, e incluso a su jefe, si finalmente resulta imputado como va pareciendo, José Luis Ábalos. Es un fenotipo que debe de estar incrustado en el adn del PSOE, porque, si no, no se explica cómo, más allá de los sinvergüenzas, también se prodiga en sus sans-culottes parlamentarios, tipo Óscar Puente o Patxi López —si un día se dejase barba—, apuntados al macarrismo verbal por no se sabe muy bien a qué precio se les ha engañado para semejante misión —o sí—. En cualquier caso, para cachondeo, regocijo y tardes de gloria de los derecha extrema y extrema derecha, la estética Torrente triunfa en el partido de los cien años de honradez (“y cuarenta de vacaciones”, como completó el eslogan Tamames, aludiendo a la diferencia entre la oposición al franquismo del PCE y del PSOE).  

 

En fin, que, visto lo visto, Santiago Segura, con llamar a las puertas de Ferraz, tendría a su disposición un autobús lleno de personajes para rodar una especie de mezcla de El alcalde y la política de Luis María Delgado, Los chulos de Mariano Ozores y su propia saga de Torrente. 

 

Pero no, esta vez, en vez de sobre su ética, ni siquiera quería hablar de esas dos formas de estética psocialista, sino de una tercera, por tres razones. La primera, ya apuntada, que lo están haciendo otros muy bien; la segunda, que es mucho más fácil encontrar en el PSOE algún tipo de estética que cualquier tipo de ética; y, la tercera, que, si ya es de baja calaña hacer algo inmoral siendo un cargo público, creo que hacerlo, además, feo envilece definitivamente, porque demuestra que al inmoral ni siquiera le importa la apariencia, con lo que supone de desprecio absoluto, tanto intelectual como material, hacia la víctima, como si no mereciera ni siquiera el esfuerzo de que se le disfracen los horrores. 

 

Es que, hombre, queda feo cambiar de opinión con tanta frecuencia (que sí, que ya sabemos lo de los principios marxistas, pero de Groucho y no de Karl), y mentir tanto con tanta impunidad (lo de Bolaños y la Comisión de Venecia es estupefaciente; bueno, en el miniyo Bolaños todo resulta de seta alucinógena), y ser tan serviles con su jefe (tengo un amigo muy bestia que, de vez en cuando, en medio de una reunión afirma en alto “quién no se ha comido una p***a alguna vez en la vida”: pues, como asientan algunos psocialistas, el tiempo de respuesta da para que Fidel Castro colocara tres o cuatro de sus discursos), y ser tan descarado en el asalto a las instituciones (no hacerlo, no, que lo hacen todos, sino ser tan descarado haciéndolo), y hacer caídas de pestañas y suspirotes al líder que dan vergüenza ajena (o acercarse tanto a los morros en los besitos mejilleros que pareciera que fueran a necesitar una habitación de hotel, en vez de un escaño de hemiciclo), y no contestar a las preguntas de la prensa, o simplemente, no comparecer ante ella (con lo que llovió con lo de las ruedas de prensa en pantallas de plasma de Rajoy), y lo del y tú más en la corrupción de los otros (que parece que no se dan cuenta, los muy ignorantes, que con ello están admitiendo la propia, y eso cuando es verdad, sin contar lo que nos gusta la fruta cuando Sánchez miente a sabiendas mentando al hermano de Ayuso)… Y, es que hay que tener un poco de vergüenza torera, y, cuando te han pillao con el carrito del helao, demostrar un poco de dignidad y no hacer tanto el ridículo. Es que se van a ir a gorrazos y van a quedar, encima, para pim, pam, pum de la Historia. 

 

Y parece mentira que un tipo tan estirado, tan ególatra y tan pagado de sí mismo, como es Sánchez, esté permitiendo que, por unos minutos más de gloria en el machito, su persona quede para la Historia en el más absoluto de los desprestigios, como un traidor de opereta o como un esperpento objeto de memes al que sentar en un banco recién pintado junto a Zapatero. Pero, claro, hablando de estética, qué se puede esperar de un Presidente del Gobierno que en recepciones oficiales (no en su vida privada, ojo) lleva esos calcetines que se gasta, el pájaro, como si de las saunas de su suegro, además de la presunta financiación de su recorrido por España para recuperar la Secretaría General del PSOE, también hubiera tomado cursos de clase y elegancia.  

 

Vaya, que al final resulta que hablar de la ética del PSOE es mucho más aburrido que hacerlo de su estética Torrente. Qué a gusto me he quedado… 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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