«Esto nos pertenece».
«La brillante mañana estaba llena de amenazas, y el círculo comenzó a cambiar».
«¿Qué es mejor: tener reglas y estar de acuerdo, o cazar y matar?»
«Ralph lloró por el final de la inocencia, la oscuridad del corazón del hombre y la caída por el aire del verdadero y sabio amigo llamado Piggy».
William Golding, El señor de las moscas.

«Acudir a la pobreza para justificar la perversión no es de recibo. El resentimiento social, tan conveniente a ciertas ideologías, es una falacia»
En general, suelo ser reacia a escribir sobre temas relacionados con mi vida laboral —a excepción de la mayor parte de los títulos elegidos—, y advertirán que me salgo por la tangente en cuanto se presta la ocasión. No solo supone un alivio virar en torno a otra temática, abordarla a estribor o a babor, sorprenderse una misma con pequeñeces que cree grandezas… o al revés. No hablo ex cátedra. Doctores tiene la iglesia. Ni siquiera sabemos la mitad de aquello que frecuentamos, ni de aquellos a quienes tratamos. El trabajo copa una buena cuota de nuestra vida misma. Mi entorno es el luminoso vestíbulo del instituto, los pasillos, la sala de profesores y las aulas donde doy clase. Ahora estamos de moda. Los docentes, la enseñanza, el alumnado… Sometidos a una lupa escrutadora, al ojo avizor, a la inquisitorial mirada de una mayoría que, sin embargo, no querría aproximarse. Digo más, ni siquiera ver de cerca —pisar, palpar, sentir— qué es hoy un centro cualquiera de enseñanza.
Del tema educativo —pudores aparte—, han dado fruto un par de artículos que considero reseñables, se diría incluso lucidos para ponerse en el escaparate: Mal de escuela y Senda. Ambos han sido aportaciones con un punto de optimismo, el primero; y de desilusión —por ese empeño que pone la Administración en transitar la dirección errada— el segundo. Es probable que la incomodidad aflore por una razón, hacer transparente el sancta sanctorum donde deberían reinar ciertos elementos inexcusables: el orden entendido como saber estar, la seriedad y, por encima de todo, las ganas de aprender. Por desgracia, más de una vez, me he visto en el rol de domadora de fieras o de veterinaria, antes que en el de profesora. No es afán de polémica ni hiperbólico. Tampoco soy la única a la que esto le sucede. Y por supuesto, es un malestar antiguo —ya describía Baroja el tabernario ambiente de la universidad en El árbol de la ciencia—.

Tal vez sea más agotador y frecuente en la actualidad. Cuando me topo con algunas cuentas en las plataformas donde no pocos profesores y maestros vertemos nuestras cuitas, siento que el suelo no sirve para sostenernos, que se ha convertido en algo deslizante y peligroso. No se vislumbra un arreglo esperanzador. La irónica nueva normalidad que conlleva su buena proporción de tragedia. Ajo y agua. Y, a pesar de los pesares, la mayoría de nosotros trabaja para enseñar, no con el fin de ser majos y obtener una taza como premio «al mejor profe». No obstante, cada aula es un pequeño microcosmos, una minisociedad en la que están representados todos los estilos. Pero es revelador que haya una tendencia al alza en cuanto al ejercicio de las libertades mal entendidas.
De siempre, las películas han hallado en el mundillo de la enseñanza argumentos variopintos, amables o no. No frecuento la ficción que prodiga los malos ejemplos, cuyos protagonistas pertenecen a la estirpe de algún sanguinario psicópata. Me espantan. Tampoco he visto ni leído Carrie. Me gustaron en su día las celebérrimas El club de los poetas muertos y Mentes peligrosas —en la que una bella exmarine encarnada por Michelle Pfeiffer se metía en el bolsillo a los indómitos, y convenientemente racializados, estudiantes de un centro conflictivo—, y alguna otra más. El modelo cundió con múltiples variantes [1]. Puedo asegurarles que la dosis de realidad no está bien ajustada. Hay un tendencioso desequilibrio según se pretenda caracterizar a los personajes situados en el foco como héroes o villanos —profesores borrachos, alumnos redimidos—, la cara y la cruz. Estos meses, la serie Adolescencia ha acaparado la atención de los medios y ha generado no pocos artículos, como este de Esperanza Ruiz: ‘Adolescencia’: puntada sin hilo. Uno de los más recientes, y también mi favorito.
Por el contrario, siento mayor interés por la literatura en la que se cruzan los itinerarios vitales y la escuela de forma menos dramática, en general. Oliver Twist, un clásico. Inolvidable El camino, de Miguel Delibes, con su torpe maestro, don Moisés, apodado el Peón. La infancia discurre por los cauces habituales que incluyen travesuras, dudas y equívocos, algunos éxitos y también tristezas inevitables. La vida. Nada existe en ella, en cualquiera de sus etapas, que no contenga los mismos ingredientes. Pero fabricar un problema, crearlo, dotarlo de un nombre con ecos de patología (manosfera) es claramente peligroso. Una idea perniciosa esta de la propagación de un virus fantasma que se esparce a través de las redes ultrasecretas. «Emojis» a gogó, lenguaje encriptado. Redes que los atrapan en sus edades más tiernas —pezqueñines—. Inaccesibles, además, a los ojos de esos padres sobreprotectores que, a menudo, se desvelan por ofrecer a sus hijos un tiempo de calidad que recompense las horas de ausencia.
La necesidad de hallar causas que desemboquen en consecuencias fatales y hacerlas extensivas es lo mismo que la teoría del Big Bang. Todos sabemos, todos conocemos algo, y deseamos nuestra ración de verdad en el asunto. Mas la puerta de entrada hacia ese agujero negro del mal no le convence a nadie. Asomarse al abismo suscita incomodidad. Nos hemos educado en la creencia de que todo tiene remedio, de que se dispone de un bálsamo de Fierabrás para cada ocasión. Por eso, al aceptar la maldad intrínseca, irracional, que se da en una minoría —no toda recuperable— creemos caer en las garras del nihilismo. Y, entonces, nos entra la vena de salvadores. Lo perturbador es querer entender, explicar, justificar su inicio. Racionalizarlo. Es la génesis del odio, qué le dio pie. Acudir a la pobreza para justificar la perversión no es de recibo. El resentimiento social, tan conveniente a ciertas ideologías, es una falacia. Sin más, hay que aceptar que la perfección de la naturaleza se quiebra y también presenta anomalías. Pascual Duarte y sus traumas, por poner un ejemplo.
Decía el filósofo Gregorio Luri que le preocupaban las rodillas impolutas de los niños, carentes de suciedad, de arañazos y de otras muchas cosas, como síntoma de lo que se cuece. Niños y jóvenes muy distintos a Daniel, el Mochuelo, que deseaba con ansias infinitas una cicatriz para sentirse mayor. Luri reclama algo tan fundamental como esto: Devolvamos la infancia a los niños. La asunción de la infantilización de la sociedad ha alterado el orden innato de las cosas, subvirtiendo lo que a cada edad le es propio, lo que configura su esencia. Niños y niñas adulterados, más frágiles si cabe que un grano de avena. Niños al servicio de una mercadotecnia feroz que no duda en promover hipócritamente la hipersexualización de los menores —en sus poses, en el fomento de una estética vulgar, en la imitación de actitudes más o menos impostadas de los adultos—. Y mucha culpa la tienen también ciertas campañas educativas, pues los dejan a la intemperie. Han llegado al delirio, incluso, con campamentos temáticos [2]. Como es lógico, el resultado es muy serio: están desenfocados en lo mental, con una imagen distorsionada, sin norte ni Estrella polar que los guíe. Sufren una orfandad nueva, sin el asidero de un buen rapapolvo, de una colleja terapéutica a tiempo —tan démodée—.
Cuando la sensatez brilla por su ausencia, no hay arreglo que valga. El caos se lo estamos poniendo en bandeja con tanto buenismo de pacotilla y tantos derechos mal asimilados. El que nace para tirano, el malcriado y abusón, ha hallado la mina de oro que dé pábulo a sus instintos —para que se foguee a gusto en el campo de batalla que tenga más a mano: la familia, las aulas, el patio—. A sus órdenes, el pequeño grupo de aspirantes a forajidos alimenta todas las iniciativas que serían incapaces de tomar por sí mismos. Señores de la trifulca, del acoso. Tiranuelos cuya gloria son las lágrimas ajenas. Futuros diseñadores de repúblicas de intolerancia. ¿Qué hacer con los malos que no quieren ser buenos?

«El círculo se abrió en herradura. Algo salía a gatas del bosque. Una criatura oscura, incierta. Los chillidos estridentes que se alzaron ante la fiera parecían la expresión de un dolor. La fiera penetró a tropezones en la herradura.
— ¡Mata a la fiera! ¡Córtale el cuello! ¡Derrama su sangre!
La flecha azul y blanca se repetía incesantemente; el ruido se hizo insoportable. Simón gritaba algo acerca de un hombre muerto en una colina.
— ¡Mata a la fiera! ¡Córtale el cuello! ¡Derrama su sangre! ¡Acaba con ella!»
NOTAS_____
[1] Las 40 Mejores Películas Sobre Educación y Profesores.
[2] Tema que traté en Las relaciones peligrosas:
Si ustedes comparten una visión “moderna”, si desean para sus hijos (en un rango de edades comprendidas entre los siete y once años, o doce y diecisiete) una “formación en valores”, no duden en apuntarlos al campamento de verano que tendrá lugar en Vancouver (Canadá) con el nombre de Drag Camp. Bien mirado, pilla un poco lejos. Pero ¿Quién se resiste a una oferta “tan atractiva” como esta?

