La revolución científica, biotecnología y la cuarta revolución industrial. Por Isidoro García García 

La revolución científica, biotecnología y la cuarta revolución industrial.

«En los últimos años se ha alcanzado un nivel y potencial tales que, no sólo se pueden producir, de nuevo, grandes cambios irreversibles, sino que éstos pueden ser extremadamente peligrosos»

Siempre es interesante mirar atrás en el tiempo y analizar, con la perspectiva que dan los años, la evolución de las cosas y, muy especialmente, las consecuencias que han tenido. La evolución del género Homo ha sido fascinante. A lo largo de millones de años, se podría decir que fue un animal más en el planeta, sometido a las mismas reglas que los demás, sin embargo, a partir de hace entre 150.000 – 100.000 años, comienzan una serie de cambios que durante los últimos 40.000 años han sido especialmente significativos en comparación con la realidad previa y, sobre todo, teniendo como protagonista a la especie sapiens; las otras especies del género Homo, parece que con la “colaboración” de la citada, fueron desapareciendo. Entre los elementos más significativos que dieron lugar a esos cambios se ha de resaltar que la especie tenía la capacidad de pensar, de imaginar y, muy especialmente, de desarrollar su capacidad de comunicación con sus semejantes; esto último le permitió compartir experiencias, ideas, organizar tareas, etc. Todo ello, en la práctica, implicó toda una revolución que marcó su futuro. 

Si bien los cambios fueron lentos al principio, en pleno Neolítico, la aparición de la agricultura y la ganadería tuvo un enorme impacto en el desarrollo de la humanidad, entre otros aspectos, contribuyeron a que fueran pasando de ser cazadores y recolectores y, por lo tanto, en gran medida, nómadas, a volverse sedentarios. Al mismo tiempo, comienza la división del trabajo, la metalurgia, la producción de excedentes, algo que hace que la economía de subsistencia se vaya convirtiendo en una productiva. Especialmente desde esos momentos, la humanidad no ha dejado de aprender, lo que se ha traducido en un aumento cada vez más significativo en su nivel de conocimientos y en la mejora y desarrollo de sus tecnologías. Los últimos 500 años han sido especialmente importantes en ese sentido, siendo un indicador de ello el aumento de la población mundial, durante ese periodo, se ha multiplicado por un factor de, aproximadamente, 15. 

Durante algunos periodos históricos a lo largo de toda esta evolución, debido a la cantidad de logros científicos y tecnológicos conseguidos, se produjo una gran influencia en la sociedad, particularmente en el ámbito económico, ideológico y político. En mayor o menor medida, estos periodos, conocidos como revoluciones, la científica y las industriales, cambiaron y están cambiando, de forma irreversible, a la sociedad. 

En Europa, durante los siglos XVI y XVII, y haciendo referencia especial a las publicaciones “De revolutionibus orbium coelestium” por Nicolás Copérnico, en 1543 y a “Principia” por Isaac Newton, en 1632, se ha considerado que se produce una revolución científica que cambió el mundo. Dentro de ese periodo es importante destacar también la publicación “Novum organum scientiarum” por Francis Bacon, en 1620, que suele asociarse, en mayor o menor medida, con el establecimiento de las bases de la ciencia moderna. 

No es de extrañar que se llegara a ese punto si tenemos en cuenta la naturaleza del ser humano, siempre preguntándose sobre el porqué de las cosas, su razón de ser. Parece que necesitamos tener una explicación para cada cosa y dependiendo de nuestro nivel de desarrollo y contexto, o hemos hecho un acto de fe o bien hemos realizado propuestas basadas en lo que hoy llamamos el estado del arte de las ciencias naturales. Durante mucho tiempo hemos buscado respuestas en la teología, sin embargo, poco a poco, a medida que se van desarrollando las ciencias naturales (matemáticas, física, química, etc.), se va produciendo la secularización del pensamiento y nuestra aproximación al estudio de la naturaleza ha sido guiada cada vez más, por los principios en los que se basan dichas ciencias. Y es en este contexto en el que Bacon indica que se debe ser escéptico y sólo aceptar explicaciones que se puedan demostrar mediante la observación y la experimentación; lógicamente, ello implicaba una reforma importante que permitiera alcanzar un conocimiento basado en las pruebas y, de esta forma, saber realmente cómo funciona la naturaleza. Además, su objetivo no era tanto alcanzar el saber por el saber, sino que, a partir de ahí, se podrían mejorar las condiciones de vida del ser humano, algo que, en su opinión, sólo sería posible sobre la base de desarrollos científicos y tecnológicos. Ésta parece ser que es una de las primeras reflexiones en las que se hace referencia al poder que tiene el conocimiento para influir sobre la política, religión, cultura y economía de la sociedad. El sugerir que el conocimiento puede tener esas capacidades, capta la atención de muchos poderosos que, por si acaso, están dispuestos a estudiar todas las posibilidades. Si se insinúa que con la aplicación práctica de la ciencia se puede aumentar nuestra capacidad de control sobre la naturaleza, no es de extrañar que la sociedad centre cada vez más su atención en la ciencia y, en particular, en la tecnología, que consigue su aplicación práctica. A partir de ese momento, ciencia y tecnología ya no se han separado, poco a poco se fue incrementando la financiación en investigación y, en especial, para el desarrollo de armamento, algo que sigue siendo así en la actualidad. 

La revolución científica propicia toda una serie de cambios en la sociedad entre las que destacan las denominadas revoluciones industriales; si bien son términos que parecen haber sido aceptados en textos históricos sobre la ciencia y la sociedad, en los últimos años, se están cuestionando por diversas razones (Aibar, 2019), pero esta es una cuestión que no se pretende abordar en este artículo. Durante la primera revolución industrial, datada desde 1760 a 1840 aproximadamente, también conocida como la revolución industrial del siglo XVIII y centrada en gran medida en Gran Bretaña, se producen una serie de avances entre los que destacan la producción textil del algodón, los cambios en la siderurgia con el empleo de carbón mineral, y el aprovechamiento mecánico de la energía del vapor de agua (Villas Tinoco, 2012). 

A partir de 1850, inicio de la segunda revolución industrial, se produce un gran impulso al desarrollo tecnológico que, además, se extiende más allá de Gran Bretaña y de forma muy significativa en Alemania, Japón y Estados Unidos. Durante este periodo, que dura hasta el comienzo de la primera guerra mundial, aparecen nuevas fuentes de energía (petróleo y electricidad), se desarrollan nuevos materiales (acero), nuevas formas de producción (producción en cadena) y otros avances. Todo ello tuvo como consecuencia un gran desarrollo industrial y económico a nivel global; el ritmo de los cambios fue tal que dio lugar a problemas sociales y laborales por los desfases entre la organización y el tipo de trabajo. La internacionalización de ese desarrollo promovió la aparición de nuevas potencias que, en seguida, generaron intereses encontrados y tensiones que desembocaron en la primera guerra mundial. 

Entre la primera y la segunda guerra mundial se producen también importantes avances en el conocimiento, en particular en energía nuclear; además, son una prueba clara del potencial que el avance de la ciencia puede tener para la humanidad, tanto en términos positivos como negativos. En este caso, desgraciadamente, a pesar del potencial y necesidad que tenemos hoy día de esta energía, el ejemplo que se dio fue negativo si nos fijamos en la forma en la que finalizó la segunda guerra mundial; por primera vez en la historia, se alcanza el nivel de conocimientos y tecnología necesarios para aniquilar a la humanidad. 

La tercera revolución se considera que se inicia tras la segunda guerra mundial y se asocia con el desarrollo de la microelectrónica, algo que no sólo mejora las tecnologías anteriores, sino que aumenta la capacidad de procesar información; esta etapa es, fundamentalmente, la de la informática y la digitalización. Pero en este periodo, que supone que es en el que estamos, también se ha acelerado mucho la acumulación de conocimientos en biología y que, en colaboración con otros campos, ha dado lugar a lo que conocemos como Biotecnología y que tiene, y especialmente tendrá, una importancia extrema para la sociedad. Sobre Biotecnología ya escribí no hace mucho tiempo un artículo en esta misma revista digital (García García, 2022) en la que intenté ofrecer una pequeña introducción para justificar su importancia. 

Si los avances en el siglo XX han sido muy importantes en todos los campos de la ciencia, en relación con la biotecnología nos han llevado, a una velocidad de vértigo, a las puertas de un mundo que puede ser muy inquietante. En el siglo XX, en el que situamos el comienzo de esta revolución, se puede hablar de “tecnociencia” (Olivé, 2013); con este concepto se pretende hacer referencia al hecho de que los sistemas tecnocientíficos, a diferencia de los científicos de los siglos previos, tienen una gran capacidad de influencia y modificación del entorno. De hecho, como se ha comentado previamente, si la ciencia ha avanzado tanto en tan poco tiempo ha sido por su uso en el desarrollo de tecnologías con potencial de resolver múltiples problemas. Los sistemas tecnocientíficos implican la colaboración de científicos, ingenieros, economistas, políticos y cualquier otro grupo de personas necesarias para resolver un proyecto determinado. Los ejemplos más significativos de tecnociencia que se pueden citar hoy día son: la investigación nuclear, la espacial, la biotecnología, la informática y el desarrollo de redes telemáticas. 

La Biotecnología, en mi opinión, es un tema estratégico para el planeta. Los avances que podemos esperar con su desarrollo pueden ser tantos y de tal calado, que es difícil predecir lo que seremos capaces de hacer a lo largo de los próximos 25 años (‘The next 25 years’, 2021); nuestros conocimientos actuales, y desde luego futuros, a nivel celular y molecular, nos han llevado, y nos llevarán todavía más, a disponer de un nuevo “arsenal” de capacidades que, de forma similar a lo que ocurrió a mediados del siglo XX con la energía nuclear, nos otorga la posibilidad de acabar con el Homo sapiens, al menos tal y como lo conocemos. Pues bien, aunque los aspectos definitorios que se suelen usar para calificar a la tercera revolución industrial son la informática y la digitalización, en mi opinión, la biotecnología debe incluirse también y ello sin menoscabo de su importancia y papel clave en lo que algunos han empezado a referir ya como una cuarta revolución industrial. 

La cuarta revolución industrial es una idea que surge en 2011 desde el Foro Económico Mundial. Se indica que el avance de las tecnologías actuales será tal, que provocará que el mundo físico, el biológico y el digital se interrelacionarán cada vez más. La tecnología, no se limitará a estar en las cosas, sino que pasará las fronteras del cuerpo humano, de la biología tal y como la hemos conocido hasta estos momentos. Ello será posible con los desarrollos en informática, digitalización, robótica, inteligencia artificial, nanotecnología, computación cuántica, biotecnología y otros. Aunque, personalmente, tengo serias dudas de los verdaderos objetivos de este foro, reconozco el interés de algunas de sus publicaciones, por ejemplo, hasta ahora, ha publicado seis informes, desde 2015 hasta 2023, (Word Economic Forum, 2023) en los que destacan, para cada uno de los años en los que se han realizado, lo que consideran las diez tecnologías emergentes con más potencial para la transformación de la economía y de la sociedad. Pues bien, en todos los casos, hay al menos una tecnología que se sitúa dentro del campo de acción de la biotecnología, por ejemplo: técnicas precisas de ingeniería genética, desarrollo de la ingeniería metabólica de sistemas, uso de la biofísica y técnicas de biocomputación para la búsqueda y desarrollo de fármacos, desarrollo de la biología sintética, avances en las tecnologías ómicas (por ejemplo, ómica espacial) y otras. Todo esto permite que no tengamos que limitarnos a la Biología que nos ha sido dada y eso que sólo conocemos con detalle una fracción de todo el potencial de las cosas que se pueden hacer, es decir, ya, no sólo podemos “quebrantar” las leyes del Estado de Derecho, sino que nos atrevemos con las de la Naturaleza, y esto lo justificamos diciendo que buscamos un “diseño inteligente” por el que se rija la vida. 

Ante esta realidad, no nos debe extrañar que se estén planteando preocupaciones de tipo ético, político e ideológico y que nos hagamos preguntas tales como: ¿Habrá que establecer límites, o los límites serán, irremediablemente, aquellos que la capacidad y el conocimiento científico establezca en cada momento?, ¿Cómo debemos buscar las respuestas? 

La acumulación de conocimientos ha sido tan importante a lo largo de la historia, que puede justificar que se haya dado un proceso paulatino de especialización; en primer lugar, entre humanidades y ciencias de la naturaleza y, en seguida, en cada una de sus ramas. C.P. Snow, científico en Cambridge, en 1959 (Snow, 2013), se refería a los científicos y a sus colegas de humanidades como dos culturas totalmente diferentes. Es como si se tratara de grupos que viven en mundos distintos desde un punto de vista intelectual, moral y psicológico y entre los que se podía encontrar incomprensión y hostilidad. Los científicos, como grupo, tienden a ser impacientes por saber si algo puede hacerse y piensan que ese algo, efectivamente, se podría hacer hasta que no se demuestre lo contrario. No es de extrañar que los cambios que vienen de la mano de los científicos sean rápidos, mientras que los vienen de manos de los especialistas en humanidades sean mucho más lentos. Se pueden poner más ejemplos de las cosas que separan a ambos grupos, pero lo que sí parece evidente es que esta polarización supone un auténtico problema para todos, no sólo desde el punto de vista práctico sino también intelectual y creativo. 

Sin duda alguna, el conocimiento científico-tecnológicos ha cambiado la sociedad, pero en los últimos 80 años, aproximadamente, se ha alcanzado un nivel y potencial tales que, no sólo se pueden producir, de nuevo, grandes cambios irreversibles, sino que éstos pueden ser extremadamente peligrosos. Es por todo ello por lo que los desafíos ante los que nos encontramos deberían ser abordados no sólo por científicos sino también, y de manera muy cercana, por filósofos, historiadores y otros especialistas que ayuden a evaluar mejor las posibles consecuencias que nuestras tecnologías pueden provocar. Y, desde luego, alejar lo más posible a los políticos cortoplacistas. 

Nota: este artículo ofrece una síntesis de la conferencia que, con motivo de la festividad de San Alberto Magno, patrón de las Facultades de Ciencias, tuve el honor de impartir el pasado 14 de noviembre de 2023 en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Córdoba. Aprovecho esta publicación para expresar públicamente, más allá del foro en el que se celebró, mi agradecimiento a la Facultad de Ciencias y, en particular, a su Decana, la profesora Mª Paz Aguilar Caballos. 

 

Bibliografía 

Aibar, E. (2019) ‘Revoluciones industriales: un concepto espurio’, Oikonomics, (12). Available at: https://doi.org/10.7238/o.n12.1909. 

García García, I. (2022) ‘Biotecnología y Sociedad. Por Isidoro García García’, La Paseata, 11 September. Available at: https://lapaseata.net/2022/09/11/biotecnologia-y-sociedad/ (Accessed: 22 February 2024). 

Olivé, L. (2013) ‘La Estructura de las Revoluciones Científicas: cincuenta años’, Revista CTS, 8(22), pp. 133–151. 

Snow, C.P. (2013) The two cultures and the scientific revolution. Martino Fine Books. 

‘The next 25 years’ (2021) Nature Biotechnology, 39(3), pp. 249–249. Available at: https://doi.org/10.1038/s41587-021-00872-0. 

Villas Tinoco, S.L. (2012) ‘La primera Revolución Industrial.’, Boletín de la Academia Malagueña de Ciencias, (14), pp. 43–50. 

Word Economic Forum (2023) Top 10 emerging technologies, World Economic Forum. Available at: https://www.weforum.org/publications/series/top-10-emerging-technologies/ (Accessed: 22 February 2024). 

 

Isidoro Garcia Garcia

Tengo el honor de ser profesor universitario, Catedrático de Ingeniería Química en la Universidad de Córdoba. Más que ejercer la profesión para vivir, que también, en gran medida, he vivido y vivo para ejercerla. Participar en la tarea educativa de nuestra sociedad es una de las actividades de mayor responsabilidad que, en mi opinión, podemos realizar. Mi área de conocimiento me obliga, como cualquier Ingeniería, a estudiar e integrar conocimientos diversos para poder resolver los problemas que le son propios; esta dinámica amplía tu curiosidad y te va llevando a buscar información, opiniones y respuestas en otras áreas para intentar comprender mejor la realidad que nos rodea. Debo hacerlo, es mi responsabilidad frente a mis alumnos. Probablemente por ello, poco a poco, te va surgiendo la necesidad de escribir otras cosas para compartir tu experiencia, opiniones, análisis de tu realidad más cercana y cualquier cosa que pudiera ayudar a alguien de alguna forma.

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