Elogio del silencio. Por Diego Pardos 

Elogio del silencio

«Parece como si la sociedad en la que convivimos estuviera condenada a oír -cualquier cosa- y a no escuchar casi nada, tal es el atropello sonoro que padece» 

 Al Ayre Español, que es un grupo aragonés de músicos historicistas, ofreció un concierto el domingo día 7 de abril en la catedral de Teruel. Piezas barrocas, algunas procedentes de los fondos del propio archivo, como tres piezas inéditas del siglo XVII. Su director, Eduardo López Banzo, entrevistado para Diario de Teruel por Miguel Ángel Artigas, nos dejaba una frase sencilla, que es una denuncia y un grito: “Hemos perdido el silencio”. Y en efecto, parece como si la sociedad en la que convivimos estuviera condenada a oír -cualquier cosa- y a no escuchar casi nada, tal es el atropello sonoro que padece. 

 

Añadía López Banzo que “oímos música todo el tiempo”… Y yo, que no entiendo de estas cosas, recuerdo sin embargo una definición que del ruido nos daba en primero de bachillerato (era el año 1988 en el instituto Ibáñez Martín) nuestro profesor de Música: “Ruido es la perturbación de las ondas sonoras”. De modo que, sin querer enmendarle la plana al gran clavecinista zaragozano, tengo la impresión de que es ruido más bien lo que nos acompaña y no música en nuestro diario discurrir. 

 

Amanecemos, todavía con los auriculares pegados aún a las orejas, que han soportado quién sabe qué cosas toda la noche; quizá, durante el desayuno, alguna cadena de la televisión siga con sus anuncios ruidosos; en el autobús, no faltará quien nos deleite con un reguetón salido de su teléfono; por la calle, un muchacho con patinete transportará su altavoz y se conducirá -velocidad y volumen- a todo pasto. Quizá en la oficina, por el hilo musical, o lo que quiera que lo haya sustituido ahora, suenen más acordes de los mismos cantantes, que en función de la emisora se dirigen al oyente más joven, o al ya otoñal, que acaso sueñe ya con la jubilación, añorando sus bailes de juventud. No entre usted a la tienda de comestibles a comprar el almuerzo: La bollería industrial, aunque le parezca barata, lleva el peaje del último éxito de moda, que no da tregua. 

 

¿Y qué decir del comercio? ¿Recuerdan cuando compraron aquellos pantalones tejanos en Almacenes Ferrán? Pues resulta que ahora acudiremos a cualquier franquicia textil en compañía de nuestra hija adolescente y ya desde la misma calle sufriremos el ataque de los decibelios, que para mayor tortura procederán de unos cantantes que berrean en inglés. Y como algunos de ustedes, que son de mi edad, estudiaron francés, no tendrán siquiera la posibilidad de indignarse con las letras de las canciones. ¡Pobres chicas que trabajan tantas horas doblando ropa! (De ellas sí podemos decir que han perdido el silencio y han ganado la sordera…) Cuando ya, tras la sesión de shopping por el barrio londinense del Torico, perturbados y cansados por tanta discoteca, quieran entrar a tomar algo añorando la antigua cafetería Goya, se encontrarán sin pensarlo sentados en algún bar que -oh, sorpresa- tendrá a toda pastilla el spotify o los 40 Principales. O eso o, si son fumadores, podrán salir a la terraza a tomar el fresco, mientras una furgoneta de algún partido político le da al play con gusto para que suene su serenata, distorsionada por unos megáfonos cascados y, claro está… a toda marcha. 

 

Conocí, hace muchos años, una barbería en la cual, mientras te afeitaban o arreglaban las patillas, el cliente podía adormecerse con los programas de Radio Clásica. Me pareció un acierto y la muestra exquisita del buen gusto de los peluqueros. A esa cultura quiero apelar y hago pública petición de civismo. Y a recuperar lo que tanto defiende el músico que es don Eduardo López Banzo: el silencio. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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