
A la memoria de David Guillén.
“El espectáculo debe continuar, si por dentro mi corazón se rompe. Mi maquillaje se puede estar desdibujando, pero mi sonrisa todavía permanece”. (“The show must go on”. Queen).
David jugaba al futbol con mis hijos. En esas tardes de verano, en la calma y el bienestar de Campoamor, en las que parece que la vida es algo maravilloso; a sus veintiún años, con una larga perspectiva, con la ausencia de la muerte que aporta la juventud, en esa edad en la que todo es eterno y el mañana es algo misterioso y apasionante, que está por venir.
Supongo que David, como todos los que hemos tenido esa edad, ahora por desgracia para mi tan lejana como la ilusión y las ganas, tenía proyectos, como todos los chavales, hijos de los que tenemos el privilegio de poder haberles colocado en un lugar preferente, que nos ha permitido educarlos y aportarles una base de la que otros carecieron, para enfrentar la vida con las armas en la mano, para ganar la batalla diaria de una guerra que nunca ganamos y que siempre acaba mal; para luchar en una buena posición en este camino sin destino que es la vida.
David, sin embargo, afrontaba un hándicap. David tenía una dolencia coronaria, uno de esos errores disparatados que la naturaleza comete con los más débiles, con los niños, con aquellos a los que todo eso debería quedarles lejos, en el futuro incierto de la madurez y la vejez. Una de esas aberraciones de la naturaleza que, al menos a mí, me hacen dudar no ya de que exista Dios, sino de que Dios sea en realidad un ser bondadoso y no un psicópata con ganas de ponernos a prueba.
Podría decir que conocía a David, pero no. Probablemente le habré visto en más de una ocasión, en un “hasta luego, chavales”, de los que dirijo a mis hijos y sus “chas”, que así se denominan ellos, los “chas”, cuando nos cruzamos por las calles verdes y luminosas de Campoamor. Incluso, recuerdo que me han hablado de él en alguna ocasión, llegándome a enseñar alguna foto de la cicatriz, o como dicen ellos, el costurón, que cruzaba su pecho de lado a lado, testigo de una pesadilla que, probablemente, él no recordaba, pero con total seguridad sus padres sí. Una de esas espadas de Damocles que, como padre o madre, nunca te abandona, hasta el final de tus días. Esa circunstancia que, puedo entender, no te dejará dormir tranquilo durante toda tu vida.
La semana pasada, David escribió a sus “Chas”. Les dijo que se iba a tener que operar de nuevo, pero que no veía el momento de juntarse en verano, para jugar esos partidos de futbol, para pasar esas noches de luna de agosto, madre y señora del vino, que nos enseña el camino; y desde un punto de vista pragmático, desde la perspectiva del que está empezando a aprender de qué va esto, les pedía que disfrutaran de la vida, que aprovechasen al máximo cada minuto, en una reflexión casi impropia de quien puede derrochar un tiempo que, en buena ley, aún le tiene que sobrar.
Ignoro la dolencia de David. Ignoro la gravedad, el tipo de operación al que, finalmente, se sometió esta semana. Es más, ignoro que ocurrió en esa operación, a la que se entregó esperando despertar reforzado, para jugar al futbol en las tardes de verano. Desgraciadamente, lo que no ignoro, como la realidad aplastante a la que esta vida cruel y mezquina nos somete en el momento más inesperado, es que David no superó la operación. Se fue, fruto de una fatalidad que le era ajena, que la vida le había impuesto, que no se buscó por sus malas decisiones. Una mala hora que llegó temprano, con la prisa indiferente de quien ha de venir a buscarnos a todos, el día menos pensado.
Desde la posición de quien ya está bastante más cerca de la meta que de la línea de salida, no puedo entender que alguien que no ha tenido tiempo de cometer sus propios errores, y sus propios aciertos, tenga que abandonar este mundo, sin tener la oportunidad de recorrer este camino embarrado a veces, alfombrado otras, que nos va dejando cicatrices, no como la de David, en el pecho, sino en el alma. Y no puedo sino intuir el dolor de su familia, la rabia de sus amigos, la incredulidad de sus cercanos. Pero no conviene olvidar que, ante la perspectiva escalofriante que tuvo que afrontar, en su última reflexión, nos mostró el camino.
El espectáculo debe continuar.
“Lo enfrentaré con una sonrisa, nunca me daré por vencido. Que siga el show”. (“Show must go on”. Queen).

