El cofre del hombre muerto. Por Julio Moreno López

El cofre del hombre muerto

 Hace mucho que no puedo sofocar mi sed cuando estoy sediento. Hace mucho que muero de hambre y no muero. No siento nada, ni el viento en la cara ni la espuma del mar”. (Capitán Barbosa. «Piratas del Caribe»). 

 Hace unos meses, mi vida dio un cambio radical en doce días. El veinte de diciembre de 2023, cuando me levanté de la cama, yo era un hombre con la fortuna de conservar, a mis 53 años, a mis dos padres. Es verdad que el último año, paulatinamente, había ido perdiendo a mi madre en vida; había dejado de poder hablar con ella, había dejado de oír su voz, de disfrutar su risa. Mi madre se había ido escapando de su cuerpo, como se escapa la arena del mar entre los dedos, como muere un árbol que va perdiendo sus hojas, erguido como un recuerdo de la vida que albergó. 

 

Mi padre, impotente ante su dolor, cogía su mano. Le cantaba todos los días “mira que eres linda”, lleno de un amor que les mantuvo unidos durante setenta años, toda una vida, como reza el título de otra de las canciones de Machín, que tanto le gustaban a mi madre. Mi padre era más de flamenco, de seguidillas y de soleares, de palmas y quejido. 

 

Cuando a las diez, aproximadamente, de la mañana, me llamó mi padre, no me extrañé. Solía hacerlo. Le noté preocupado. “Mamá está rara. Hoy casi no ha desayunado, no me mira. No sé”. “Voy para allá”, contesté. 

 

La verdad es que siento que mi madre, cuando llegué a casa, estaba viva, pero no puedo afirmarlo con toda rotundidad. Sentada en su silla de ruedas, con mi padre cogiéndole la mano, sin comprender que si no se había ido ya, se estaba yendo. Con más pena que miedo, mi padre me miró esperando una respuesta, una solución. Yo he creado muchos problemas, pero mi padre siempre confiaba en mí para resolver los suyos, desde el momento en que perdió su capacidad para resolverlos él. No pude sino mantener la calma, cosa que creo era lo único que podía aportar algo a la situación. 

 

Mi madre era un cuerpo vacío, una mirada perdida, esperando el momento en el que su mente preclara, su forma de ser pausada, le dijeran “hasta aquí hemos llegado”. A los pocos minutos de llegar a su casa para coger su otra mano, mi madre expiró. 

 

Yo me di cuenta al instante de lo que había ocurrido. Mi padre, sin embargo, no. O tal vez su mente no era capaz de otorgar calidad de verdad a lo que él nunca pensó que pudiera ocurrir, él que siempre había dicho que quería irse el primero. Con miedo a la muerte propia, pero sobre todo con miedo a la muerte ajena. 

 

Pasaron varios minutos de silencio, hasta que mi padre dijo “Julio, yo creo que se nos ha ido”. Yo le pedí que tuviera calma, que esperase al médico, a quien ya habíamos llamado. Que nosotros no podíamos saber, dado que mi madre ya no interactuaba en los últimos tiempos. Créanme, yo sabía perfectamente que mi madre se había ido, pero necesitaba alargar lo evidente, porque para mi padre, en ese mismo momento, empezaba el calvario del que siempre había creído que se iba a librar. 

 

Ahora, echando la vista atrás, creo que fueron los días más difíciles de mi vida, por mi dolor y por el dolor ajeno, el de todos los que querían a mi madre, porque mi madre fue un ángel, una persona que solo regaló amor y felicidad. Y desde mi perspectiva pragmática que más de uno podrá confundir con fría, comprendo que lo que pasó después fue un regalo de Dios, una rectificación, hacia quien no fue capaz de asumir esa pérdida. 

 

Mi padre murió doce días después, en su cama, en plenitud física, pero en la ruina sentimental. Me pidió agua y se fue, en medio de una conversación, tras haber vivido los doce días más amargos de su vida, él que perdió a sus dos padres antes de los nueve años, pero encontró un amor para toda la vida, para toda la eternidad. 

 

Y yo, que no he sido capaz de derramar una lágrima por ellos, me he quedado huérfano en doce días; y no puedo evitar que me invada el desánimo y muchas veces la estupefacción, cuando comprendo cuantas cosas hacía por ellos, cuantas cosas han perdido el sentido, como una brújula estropeada que ya no me indica el norte, que me está haciendo navegar sin rumbo, al pairo, sin objeto ni objetivo. 

 

Esos doce días que me han hecho guardar mi corazón en el cofre del hombre muerto, poniéndome a salvo del sentimiento, pero dejándome frío y solo, como un perro sin dueño, esperando no sé qué, no sé donde y no sé cuando. 

 

@elvillano1970 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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