
«La húngara no ha sido para mí otra cosa que el recuerdo. Ni siquiera la he buscado: ¿O es que acaso vamos a creer todo lo que sale en las películas…?»
De entre los pocos amigos que me iban quedando tenía especial afecto por Blas Ortí Sabater. El pasado verano me invitó a su casa de Las Rozas de Montecanal. Tiene allí un bonito jardín con piscina. Estas Rozas son una urbanización donde poseo (Manzana 3, Fase III) mi segunda vivienda, que ocupo cuando llega el buen tiempo, y por tanto somos vecinos a tiempo parcial. Se empeñó en convidarme y lo recuerdo ahora que quiere comenzar el estío antes de que éste me proporcione bellas historias con que entretener al lector. Como digo fue hace un año escaso y allí tomamos el aperitivo junto a su joven esposa Mireia de Cubas Soler, mujer exquisita y bellísima que, pese a los apellidos, es húngara, aunque de ascendencia montañesa.
Me ofreció mi amigo Blas un bíter Cinzano, ante cuya exigua cantidad centilítrica no pude por menos que exclamar sin ánimo de contención:
-¡Valiente mariconez! -solté como homenaje al Madrid de Mecano.
Ante la presencia divertida de Mireia apareció el criado depositando una botella de buen vermú catalán con el que llenó los vasos enturbiando el bíter. Cuatro dedos de generoso fluido arreglaron el asunto, que yo había creído tacañería cuando en realidad era generosa categoría. Otra solución hubiera sido verter cuatro botellines del rojo líquido llenando el vaso, pero no me pareció prudente sugerirlo.
Tras una deliciosa tarde hablando de los asuntos del corazón (no en vano el matrimonio Ortí de Cubas era suscriptor del Hola, Semana y Diez Minutos) y poniéndonos al día sobre la vida privada de algunos vecinos de urbanización, y tibios también de Cinzano y boquerones, decliné un baño en la piscina, que hubiera sido de horteras o nuevos ricos. Además, no me apetecía lucir mis flacas garrillas y la incipiente panza blancuzca y blanquecina, arruinando el buen gusto de mis amigos. Incluso Mireia perdonó el chapuzón, pese a ser la única que por su lozanía encajaba en tan idílica escena. Porque las piscinas (como los muertos de Rafael Azcona) no se tocan. La gente fina las tiene únicamente para presumir y ver el reflejo de la luna en las noches románticas.
A la hora de despedirme, presto a dar un paseo hasta mi casa me confesó la de Cubas su debilidad por el dry-martini (haciendo quedar fatal a mi amigo Blas, que no sabía prepararlo). No sé cómo se me ocurrió comentar que soy dado también a esa afición y hasta que era capaz de fabricar el cóctel en casa con algún arte: por ejemplo sustituir la aceituna por unas hojas de menta.
La húngara me miró con arrobo. (De poseer el don de la vista, Jorge Luis Borges se hubiera referido a Mireia como “ese fino espectro de plata o esencia inteligible”, como ya hiciera con la actriz Miriam Hopkins en su Historia de la eternidad.) Yo sentí un flechazo alcohólico, saeta de un Cupido etílico y desde entonces, no sé por qué (y van once meses), mi amigo Ortí Sabater -que estaba ojo avizor y medio mosca- no ha vuelto a invitarme a Las Rozas de Montecanal (Manzana 2, Fase I).
Creo que la De Cubas frecuenta el Club de Golf y también el complejo comercial anexo. Como yo soy un alma solitaria que paseo de amanecida por las calles, y las tardes las dedico en mi refugio a la lectura de los poetas, Mireia no ha sido para mí otra cosa que el recuerdo. Ni siquiera la he buscado: ¿O es que acaso vamos a creer todo lo que sale en las películas…?

