
«Su creciente cobardía ya a nadie extraña: en vez de dar la cara escurre el bulto y se esconde, sabedor de que no hay ya quien le crea en toda España»
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Meloni no invitó a Perico de los Felones
a la reunión que del G7 se celebró:
-Por mí, puede irse tocando los cojones,
que quien le invite a pisar suelo italiano no seré yo.
Con todo, reconozco que me tentó la idea
de verle confrontado con mi amigo Milei:
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por más alto y guapo que el rojillo se crea,
le habría arreado, Javier, tal reprimenda,
que su pétrea mandíbula una semana entera
no habría dios que lograse desentumecer.
(Tal para cual, en efecto, Milei y la Meloni:
mal lo tiene quien pretenda tocarles los ‘testicoli’.
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Tan es así, que nuestro Perico de los Felones,
de haber sido invitado por la 1ª ministra italiana,
sin duda habría preferido permanecer en España,
que acá le lamen en vez de patearle los cojones.
En todo caso, su creciente cobardía ya a nadie extraña:
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más allá de ir soltando paparruchas y patrañas,
en vez de dar la cara escurre el bulto y se esconde,
sabedor de que no hay ya quien le crea en toda España,
como suele ocurrir con aquellos que aspiran a dictadores
mientras van exhibiendo todos los días su mala saña.
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Menos mal que, como político, y pese a sus malas mañas,
se halla ya, el pavo, en sus últimos estertores:
como en ‘La Metamorfosis’ del bueno de Franz Kafka,
quedó ya, a la vista de todos, la nauseabunda ‘cucaracha’
a la que, de forma rotundamente democrática,
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hay que aniquilar, pisoteándola, sin tregua, por todos los rincones:
«¡Váyase a la puta mierda!», que diría su ministra Yolanda.
¿O es que vamos a ser, nosotros, menos que ella,
cuando de ser realmente contundentes se trata?
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Lo único cierto, empero, es que, en pro de la ‘higiene democrática’,
lo mismo que se impone frente a las ratas y ‘las malas bestias’,
hay que ‘fumigar’ y ‘exterminar’, sin mayor tardanza,
a toda suerte de ‘parásitos’ y de pestilentes ‘cucarachas’,
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‘bichos’ perniciosos cada vez más proliferantes, por desgracia,
en el depravado ámbito político que impera ahora en España.
Aunque siempre es posible que, obcecados todavía por el fantasma de Franco,
llegue a ahogarse, tan infame fauna, en su propio fango.
