
“El día que yo fui feliz, nadie tocaba el violín. Ni una maldita florecita, ni arcoíris sobre mí”. (“Ni una maldita florecita”. Cristina y los subterráneos).
Es una verdad universal, aunque una triste verdad, que el ser humano no valora lo que tiene hasta que lo pierde. De alguna manera, equivocada sin duda, damos por sentado que lo que tenemos está ahí porque así es la realidad que nos ha tocado, atribuyendo carácter de seguridad a lo que puede evaporarse, y se evaporará sin duda, en cualquier momento.
Cosas inmateriales tan importantes como la libertad, la felicidad, la salud, la estabilidad, son tan frágiles como un castillo de naipes; sin embargo, muchas veces, o todas ellas, las creemos edificadas sobre sólidos cimientos, indestructibles, en una inconsciencia total de la realidad.
Recuerdo, y viene al caso, el día en que falleció mi suegro, Pepe. Fue una muerte inesperada, repentina, ese tipo de muertes que te deja descolocado, mirando al infinito como si esperases verlo venir, silbando o tarareando su melodía favorita. Ese día, mi mujer me dijo algo que no se me ha olvidado y creo que no se me olvidará. “Se ha muerto la persona que más me quería”, fue la sentencia. He de confesar que entonces, me sentí un poco molesto, puesto que quiero a mi mujer, y además tenemos, teníamos ya entonces, tres hijos, que he de entender que también la quieren. Pero como tantas veces en la vida, finalmente, he comprendido que tenía razón.
Nadie te quiere como un padre, como una madre; en lo referente a tus hijos, tu pareja o cualquier otro que pueda acompañarte en este camino empedrado, olvídate. Por eso es tan dolorosa la pérdida de los padres, no por lo que tú les querías, sino por lo que ellos te querían a ti. Somos así de egoístas, aunque muchas veces queramos negárnoslo a nosotros mismos.
Es verdad que hay ciertas afirmaciones que suenan a lugar común, pero son ciertas. Y es cierto que no se quiere a nadie como se quiere a los hijos. Nadie puede hacerte tan feliz como un hijo y, del mismo modo, nadie puede hacerte tanto daño. Esa batalla la tienen ganada, aunque no lo sepan. El dolor que un hijo puede infligirte es el peor de los dolores. El problema es que contra eso no hay protección, no hay antídoto. Ese dolor te envenenará, tarde o temprano, haciendo que te retuerzas, por fuera como por dentro.
Hace algunos años, el hombre que trabajaba de conserje en casa de mis tíos murió a manos de su hijo drogodependiente. Entiendo que después de vivir ese infierno, un día se negó a darle dinero para que pudiera seguir destruyéndose, y su hijo lo apuñaló hasta la muerte. Muchas veces, cuando un hijo me ha apuñalado, verbalmente por supuesto, he pensado en este caso, y siempre he estado convencido de que mientras ese hombre era apuñalado, aún quería a su hijo. Que sentía más dolor por su destrucción que por su propia muerte. Un padre quiere a su hijo de forma incondicional, aunque no sea correspondido.
Por eso, los que aún están seguros del amor de sus hijos, hagan todo lo que esté en su mano para conservarlo. Y los que aún pueden besar a sus padres, no se olviden de hacerlo, pues de una forma explícita o callada, sin duda han tratado de entregarles todo lo que han podido y más, sin esperar un reconocimiento que en muchos casos, desafortunadamente, no llega nunca.
“Nunca podemos juzgar la vida de los demás, porque cada uno sabe de su propio dolor y de su propia renuncia. Una cosa es suponer que uno está en el camino cierto; otra es suponer que ese camino es el único”. (Paulo Coelho).
Ni una maldita florecita.

