Conversaciones en el andamio. ¡Pero vamos a ver! Por Francisco Gómez Valencia

¡Pero vamos a ver!

Me da la sensación que por lo que tenemos que luchar no es por la libertad de ser anormales sino por la libertad de ser normales. 

Y lo pienso porque el intelectualismo desarrapado de izquierdas –por cierto, infeliz por naturaleza– se le va la pinza de manera recurrente calificando como “intolerante” a cualquiera que opine diferente. Y como me gustaría creer que todos tenemos derecho a defender nuestras ideas, las acertadas serán de aquellos que mantenemos a duras penas nuestro juicio sano. ¿Y quienes somos? Obviamente aquellos que no pertenecemos al bando de los desarrapados. Aquellos, que no vivimos en la indigencia moral alejada de la fe cristiana, incluidos los pecadores que como yo, solo somos católicos culturales.

Se nos llena la boca hablando de libertad, prosperidad o felicidad como si fueran principios y valores cuando seguramente no lo sean. Es más, seguramente solo resulten ser el dato cuantificable del esfuerzo en las sociedades o asociaciones de personas con éxito. ¿Y cuáles son estas? Sin duda aquellas que conservan fielmente sus raíces.

El fanatismo actual no es casual sino más bien el fruto de campañas colectivistas orientadas a la pérdida de la identidad personal, de ahí el auge de los rebaños humanos. Por eso vivimos en tiempos manejados por líderes en amaestrar anormales, aunque intelectuales como Orwell los calificaría como corruptos, impostores y ladrones elegidos por cierto, por la sociedad –entendida como una masa madre amorfa y enajenada de su propia personalidad– en proceso para convertirse en cómplice.

Y que nadie se lleve a engaño, servidor aunque conservador, no es un carca anclado en las viejas tradiciones inamovibles, sino un “viejoven” con ínfulas de modernillo. La tradición no implica no hacer nada nuevo. La tradición consiste en no aceptar el deterioro de aquello que te enseñaron con cierta rectitud. No permitamos que ningún “fraudillo” nos imponga que aceptemos bajar el nivel adecuado para seguir siendo personas. La conducta que nos ha sido transmitida y que en algún momento nos hizo grandes, es el asidero al que sujetarnos cuando vienen curvas.

Se le atribuye al presidente Lincoln –aunque realmente lo debió decir Boetcher– “que para ayudar a los pobres no se debe destruir a los ricos. No es de recibo (decía quien fuera de los dos), debilitar al fuerte para empoderar al débil. Sin ahorro y emprendimiento no hay prosperidad”. ¿Cómo se levantará el asalariado si machacamos a quien contrata?” Pues bien, en este periplo de curvas cerradas a las que el progresismo nos tiene sometidos, nosotros somos los pobres. La gente corriente como diría la “ministra tucán” somos los que llenamos las urnas y las iglesias, las manifestaciones y los mítines en la calle a puertas abiertas. ¿Y ellos? Los poderosos que manejan el poder  político o viven de él; en definitiva, la puta y necesaria carcoma.

Pobre de nosotros, aquellos incautos que vivimos entre las dos aguas de la derecha. Pobres de nosotros que aceptando apoyar a unos y a otros, siempre nos fallan los mismos. Los que legitiman la lluvia dorada del sectario movimiento LGTBI cada mes de junio, o los últimos “conchabeos” para renovar tribunales supremos en pocos días, cuando llevan más de dos mil enrocados en sus trece, acusando a voces a los otros en reuniones masivas de ser unos golpistas institucionales.

¿Qué estas negociando Alberto, más cositas?

¿Qué estas negociando Alberto, más cositas? Decía Borja Semper contestando a una abogada famosa llamada Lupe, “que el PP es una gran familia donde hay muchas sensibilidades”. Lo decía porque la otra le acusaba de estar junto a Feijóo haciendo en ganso en vez de estar junto a Ayuso y Milei, recordándole además que no manejan sensibilidades sino recursos públicos. Servidor, se atrevió a meterse por medio (sin contestación de alguno como de costumbre), para recordarle al político, que cuidadito con los de la franja… ¡que ya nos cepillamos a Pablo Casado y nos quedamos tan a gusto!

¡No se me enfaden los muy cafeteros de sombrero y abanico por favor! En el fondo defendemos lo mismo, aunque la visión que tenemos los conservadores “ayusistas” de la Corte es muy diferente a la del resto, más bien porque al vivir en el “manifestódromo nacional”, participamos como figurantes en el escenario principal del putiferio, y eso nos obliga a estar con los ánimos a flor de piel. 

Citaré para terminar a Von Mises (uno de los gurús del liberalismo), para que vean que también a veces se debe reconocer algo de los demás cuando más o menos decía “que la izquierda cree que el mundo funcionaría mejor si lo controlan ellos”, y eso puede llegar a suceder y establecerse para siempre porque añade Von Mises: “que a la gente buena (y añado yo, bienaventurada), no nos gusta controlar la vida de los demás”.

O sea y en cristiano, que lo normal es no ser un anormal.

Feliz día de San Máximo.

Españistán a 25 de junio de 2024.

 

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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