
«El señor de las moscas es uno de esos títulos fijos en cualquier biblioteca pública o privada y es, como pocos, referenciado en todo el mundo»
Quizás no hay mejor manera de profundizar en la condición humana que la actitud y aptitud ante situaciones límites. «El señor de las moscas«, uno de los clásicos contemporáneos por excelencia y de mayor repercusión literaria en el pasado siglo XX, es un prodigioso relato que además de fabula moral, tienen la capacidad singular de ofrecer distintas lecturas.
Hay quienes la entienden como una parábola representada por un grupo de 30 jóvenes náufragos en una isla desierta que han quedado en desamparo de de la custodia adulta, al perecer en el suceso quienes les acompañaban, y las vicisitudes de supervivencia que a las que se enfrentan y soportan. Para otros, la historia va más allá al adentrarse en la aparición de instintos por la tensión al competir, entre ellos la agresividad que aflora tras haber tenido una educación represiva y que ante la situación sobrevenida afloran. Instintos que bajo el padecimiento de un aislamiento extremo físico y psicológico se acentúan y condicionan la convivencia y hasta la propia existencia. Para todos, practicamente, es una legoría aterradora que su autor William Goldwing, Premio Nobel de Literatura, expone con indudable maestría consiguiendo una oda a la inquietud y el desasosiego, pero también como lectura atrapante.
Esta obra, de obligada lectura para un gran espectro de público, gozó de un enorme éxito internacional y cuyo interés y frescura del mensaje ha perdurado desde entonces, así seguirá siendo. Una novela deslumbrante surgida de una mente privilegiada en la figura de un escritor de muy particular forma de vivir. «El señor de las moscas» es uno de esos títulos fijos en cualquier biblioteca pública o privada y es, como pocos, referenciado en todo el mundo.
