
«Cuando salgamos a la calle, en casi toda España, incluida León, es aconsejable que su reloj de pulsera quede a buen recaudo»
“Tienes sensibilidad y sentido común, que es lo que hace falta para saber lo que le duele a un reloj”, le dice don Gonzalo a Román, el aprendiz de relojero y protagonista de El reloj de cuco, la novela de Gloria Lago, editada en Madrid por Imagine en 2009. La verdad es que ponerse a escribir uno sobre relojes parece una temeridad, parece un alarde de falso erudito, falso como una tesis falsa, pero que quizá sí esté a tono con estos tiempos en donde nada se sabe y de todo se opina. Aun así, me empeño hoy en entretener a las lectoras de La Paseata con este tranquilo tema, y lo hago repasando mentalmente los títulos de mi biblioteca y dando con un curioso y raro libro de Ernst Jünger, el sabio alemán que firma El libro del reloj de arena (Argos Vergara, Barcelona, 1985) donde hace un sofisticado e intenso estudio de la medición del tiempo.
El reloj siempre ha sido un objeto fascinante, que ha llamado la atención del hombre rico y del menos pudiente. El primero se pasea -preferentemente- por las calles de Barcelona y dona al segundo -bien que a regañadientes- su “peluco marca Omega”, como cantaba Joaquín Sabina aludiendo a un pacto entre caballeros cuyo caso, me temo, no es frecuente en la llamada ciudad condal. Cuando hablo de un ser “menos pudiente” doy por supuesto que ya me entienden ustedes. No he tenido yo relojes de gran valor monetario, con lo cual (y ayudado por la suerte) no he podido contribuir a la redistribución social de la riqueza, al menos en ese aspecto. Otra cosa son las tasas, impuestos y latentes multas que uno entrega con entusiasmo y con la conciencia bien tranquila a la hacienda pública.
Mi tío Pepe, que es también mi padrino de bautismo, fue reclutado para hacer el servicio militar en Ceuta. Resulta que mi abuelo le encargó un reloj de pulsera para mi padre, y es un artilugio que conservo y guardo con cariño. Se trata de un Cyma de cuerda. Su puesta en marcha consiste en el giro diario de una ruleta situada en el lado derecho, que es la que activa el complicado sistema de ruedas y muelles del ingenio que, dicho sea de paso, es absolutamente ecosostenible. Como es suizo, nunca logré entender lo de Ceuta, cuando era mucho más sencillo hacer la mili en Delémont y comprar allí el reloj. Pero quizá mi tío Pepe prefería vestir el uniforme del ejército español -franquista, aclaro para susceptibles- antes que el de la guardia suiza, más complicado y estrafalario. Mi abuelo debía de ser un apasionado de estos cachivaches: no se explica si no que en la pared de su salita yo viera en mi infancia colgado un bonito reloj de cuco (con su pájaro anunciando los cuartos) que le trajo un pariente afincado precisamente en Suiza. Quizá por esa nostalgia infantil compré para mi hogar una réplica que tengo parada porque el dichoso pajarico hace insoportable el sueño y el descanso.
Me importa aquí poner en relación todo lo anteriormente escrito, pues bien pudiera servir de servicio público para orientar a nuestros lectores y que se manejen con prudencia en el cada vez más pujante gremio del atraco, del hurto y del pillaje. Vamos allá: Cuando salgamos a la calle, sobre todo en nuestros viajes a lugares otrora seguros (es decir casi toda España, incluida León) es aconsejable que su reloj de pulsera quede a buen recaudo (caja fuerte, entidad bancaria, colchón matrimonial…). Y nada de pedir la hora, ya que le pueden confundir con un descuidero o un vulgar ratero. En su lugar ate su reloj de cuco a la muñeca, un reloj que habrá de ser de un tamaño no muy grande, por motivos evidentes. Con ello evitará el robo del tradicional Rolex, del clásico Patek Philippe, del prestigioso Longines o incluso del modesto Certina. (Porque, ¿a quién se le va a ocurrir afanar un reloj de cuco y cargar con él por las Ramblas?)
Hay, sin embargo y al menos, una pega. Que ha de producirse necesariamente, precisamente en el momento en que, sin avisar, el pajarito asome del nido y se ponga a piar insistentemente, marcando las horas como en el bolero. Uno no sabe si es pájaro o pájara, pero… es seguro que usted topará con alguna indignada y ofendida feminista que se sentirá vilmente atacada. Hay que tener en cuenta, no obstante, el lugar del piropo. Quizá, en los alrededores del Albaicín granaíno sea aceptada la flor; acaso en el Chamberí matritense sea recogida la gracia… Cuidado sin embargo con pisar la calle con el dichoso cuco, pongamos por caso en el barrio de la Txantrea (antes Chantrea) pamplonica (vísperas son de San Fermín) o en ciertas urbanizaciones de Galapagar. Será acusado el varón de machirulo y linchado en las televisiones.
Un servidor que se dirige a ustedes utiliza, sin embargo, un método sencillo que nunca me ha fallado: salgo de casa sin reloj y piropeo a las señoras directamente, a lo bruto, sin necesidad de pajarito.
