
«Sin darle demasiada importancia o énfasis, hoy Manuel me ha dicho que los españoles nos hemos sentado sobre el peligroso barril del fuego griego»
Mi vecino Manuel cuida de su mujer con total dedicación y algunas mañanas, cuando nos despedimos, pienso que a él también haría falta alguien que le cuidase. En el último mes, al vaivén del fútbol y la situación política que sufrimos, le ha conseguido un respirador de oxígeno para su casa y no ha olvidado ninguna de las citas con los especialistas que requería. Algunos años mayor que yo y también jubilado después de más de cincuenta años de servicio en el Banco de España, casi todos los días me cuenta anécdotas de su trabajo y la importancia del prestigio de la Entidad de referencia.
Manuel es un hombre culto y todavía sigue pendiente de la deriva totalitaria que ahora sigue España bajo las directrices de Pedro Sánchez. Me habla cada día y yo atiendo, de los fiscales, los jueces, las felonías de nuestro ministros y salpica la conversación con muestras de su saber enciclopédico como los crímenes de Stalin, la hambruna ucraniana o la gravedad del déficit y el gasto improductivo. Pero hoy me ha sorprendido de verdad porque me ha mencionado al ministro Escrivá. Después de recordarme la gesta de Dani Olmo al salvar con la cabeza un gol inglés me ha espetado, y sin darle demasiada importancia o énfasis, que los españoles nos hemos sentado sobre el peligroso barril del fuego griego. Recuérdenlo, el arma mas misteriosa y peligrosa en el siglo VI, que era imposible apagar una vez lanzada y que prendía hasta debajo del agua.
A continuación se ha encendido un cigarrillo, uno de esos finitos que ahora están de moda y ha continuado. «Los españoles hemos vivido por encima de nuestras posibilidades en los últimos años y, ahora la osadía nos azota con sus consecuencias y la auténtica situación de ruina que padecemos. Ahí están los millones de euros que nunca recibieron los mineros que les administraban sus políticos, sindicatos y empresarios. Ahí están las televisiones autonómicas, las visas oro, los coches oficiales, los enchufados con carnet, las empresas públicas, las Cajas de ahorro, los aeropuertos inservibles, la excesiva clase política que soportamos y las subvenciones. A la izquierda que padecemos solo le queda verter gasolina en las calles, ahí está la clave. Le queda la calle y el fuego griego«.
Y así, si más, se levanta del banco que ocupamos, y me dice que va a comprar unas espinacas porque a su mujer y a él le gustan un montón para cenar en forma de sabroso bocadillo de tortilla verde. Y hasta mañana si Dios quiere.

