
“Voy a revelar una historia que es a veces mentira, y otras, no es verdad. Me quedé sentado, esperando la llegada de la suerte, no podía tardar. Y pasó, tanto tiempo que llegué a ver sombras en color. Y pasó, tanta gente por delante que nadie me vio”.(“Esperando nada”. Antonio Vega).
Estos días de veraneo, en el más estricto sentido de la palabra, cuajados, aunque no tanto, de horas ociosas y de convivencia sobrevenida, por lo general, me aportan una visión distinta de determinadas cosas, de determinadas situaciones y de determinadas actitudes, que propician reflexiones que en la vorágine diaria no encuentran su espacio. El prisma, el filtro de la situación, te permite y hasta te obliga a plantearte cosas que, en otras circunstancias, te pasan inadvertidas.
Son momentos fugaces, situaciones livianas, que sin embargo, muchas veces, traen conclusiones pesadas, de esas que te hacen plantearte, ante la posibilidad del nuevo ejercicio que se avecina, que hay cosas que debes cambiar, cosas que debes empezar a hacer y actitudes que debes abandonar. Para mí, y para casi todo el mundo, entiendo, el año no empieza el uno de Enero, por otro lado un día anodino y perezoso. El nuevo año, sin duda, comienza el día que abandono el retiro estival y vuelvo a casa. Es durante el veraneo cuando siento la necesidad de cambio, de trasformación, de pupar de gusano en mariposa, de salir del capullo que soy para convertirme en otro, y volar con mis recién estrenadas alas.
Podría decir, siendo un poco presuntuoso, que cada causa tiene su afán, y que en verano, en el momento más inopinado, se abre una ventana que me enseña cosas que han permanecido ocultas, bien por su naturaleza o por la propia voluntad de no querer afrontarlas. Como reza la filosofía popular, no hay peor ciego que el que no quiere ver, y en demasiadas ocasiones, no solo no nos quitamos la venda de los ojos, sino que somos nosotros mismos los que apretamos el lazo, por miedo, entre otras cosas, a enfrentar ciertas verdades, en la falsa creencia de que los problemas desaparecen si no les prestas atención, si finges que no existen o, al menos, que no te afectan.
En esta línea, de manera natural o, más bien, de forma espontanea, cada año cultivo ciertas ideas que se trasforman en mantras, tablas de la ley que tallo con gran esfuerzo en esta época para estrellarlas contra el suelo a la primera de cambio, cuando la vida se empeña en que las ruedas vuelvan a entrar en los raíles de la monotonía y el desinterés, como Miguelito, de Mafalda, se sentó en un árbol a esperar que la vida le diera algo, en la inconsciencia de que las cosas que deseas que se transformen, que desparezcan de tu vida, las tienes que cambiar tú, de que no puedes esperar a que aparezca un Espartaco que arranque tus cadenas, sino que eres tu quien tiene que actuar para que suceda.
No sé si conocen esta historia, pero se la voy a contar, porque viene al caso. Había un hombre que, semana tras semana, acudía a la iglesia a suplicarle a Dios que le tocase la lotería. Como es normal, semana tras semana no obtenía el premio, pero el hombre insistía, persistente en su súplica. Tanto insistió, que un día Dios no pudo por menos que hablar con él. “Hijo mío, yo te ayudaría, pero ¡compra un décimo!”, le dijo.
A veces, nos invade tal desidia que culpamos a la vida, a Dios, o al profeta de nuestra suerte, de que las cosas no cambien, inconscientes de que si queremos que algo cambie, lo tenemos que cambiar nosotros, a riesgo de nuestro confort, de nuestra estabilidad y, si es necesario, de nuestra salud y de nuestra propia vida.
La historia se encuentra cuajada de Espartacos, de Mandelas, de Luther Kings, que quisieron cambiar no ya su vida, sino la de los demás, y se dejaron la libertad y la existencia en el empeño; ejemplos si bien heroicos, difíciles de imitar por las consecuencias que tuvieron que afrontar. Gente que decidió que no le gustaba el mundo en el que pisaban y decidieron cambiarlo, sin esperar a que otros lo hicieran por ellos, mientras los demás poníamos el telediario y nos asombrábamos de los huevos que tenían, sentados en el sofá, esperando algo de la vida, como Miguelito.
Nadie, ni siquiera yo, está obligado a ser un héroe. Nadie, por supuesto, está obligado a hacer más de lo que sería razonable exigir, pero tras conocer a personas que tienen el magnífico don y la privilegiada posición para hacer grandes cambios, para crear opinión y tendencia, sin embargo, he comprendido que todos podemos hacer algo, en unos casos grandioso y en otros casos humilde. El que da lo que tiene no está obligado a más, pero es cierto que permanecer en la indiferencia del anonimato es, sin duda, una falta grave y, si como yo eres católico, un pecado mortal.
Así pues, hay que actuar. Hay que abrir una empalizada o mover una montaña. Hay que gobernar un país o gobernar una vida. Pero no podemos quedarnos esperando nada, elogiando a los que se juegan el cuello, cada día, para cambiar lo que tiene que cambiar.
“Esperaría de pié que el anochecer se fundiera con las sombras y el amanecer. Como un vendaval, a mi lado se retuercen los trozos de un quemado papel. Y creció, a mi lado como un árbol toda una ilusión. Y creció, a su lado, monstruosa, toda una obsesión”. (“Esperando nada”. Antonio Vega).

