¿Por qué la llaman democracia? Por Fran Encinas

Por qué la llaman democracia.

«Si queremos seguir empeñados en que esto es una democracia y no una partitocracia oligárquica y corrupta, seguiremos así hasta la derrota final»

   

La mayoría de españoles hemos alabado, en uno u otro momento, la transición española como modelo a seguir después de haber estado durante más de 40 años en una supuesta dictadura, o más bien diría, en un “régimen de control”. Bien es cierto que no existía la participación de los ciudadanos con el sufragio universal y bien pudiera parecer una dictadura ante los ojos de muchos, pero el Caudillo tenía sus motivos. Y que conste que no voy a analizar lo bueno o lo malo de aquel régimen que, como todo en la vida, también lo hubo, tan solo cuento una verdad incuestionable: Franco tenía que impedir después de la guerra civil, y durante el periodo que estuvo en el poder, la proliferación y el resurgir, de nuevo, del comunismo. Sobre todo, después del sacrificio que supuso aquella guerra y los miles de muertos en ambos bandos, máxime después de que los propios comunistas, socialistas e independentistas la hubieran provocado con numerosísimos actos de violencia revolucionaría. Él mismo tuvo que tomar partido, siendo en aquel momento leal a la república, con sus muchas dudas y preocupaciones respecto de los acontecimientos que se iban sucediendo y hacer frente a quienes ya la habían comenzado años antes en una preguerra civil revolucionaria con cerca de 1500 muertos y que el propio Franco tuvo que sofocar.  

 

  El Caudillo nunca quiso aquella guerra fratricida entre hermanos. Pero Desde el golpe de estado del 34, en aquella sangrienta y mal llamada “revolución de Asturias”, España ya era un estado fallido con numerosos actos de violencia revolucionaría, a los que los golpistas catalanes se unieron y dieron continuidad, al mando de Lluís Companys, presidente de Cataluña en 1934 —Éste se atrincheró en el palacio de la Generalidad hasta que el General Domingo Batet le dio un ultimátum para que se entregara pegando varias hondonadas de cañón, huyendo como ratas y despavoridos durante la noche a través de las alcantarillas— Hasta el asesinato del líder de la oposición, el 13 de julio de 1936, cuando un grupo de guardias de asalto y miembros de las milicias socialistas, llamada “La Motorizada”: un grupo armado al servicio del PSOE implicados en varios asesinatos, se presentaron en el domicilio del líder de la oposición, José Calvo Sotelo, con el pretexto de conducirlo a la Dirección General de Seguridad, pero nunca llegó, su intención era asesinarlo, como así fue. Este magnicidio concretamente fue encabezado por un capitán de la Guardia Civil de paisano y durante el traslado, el socialista Luis Cuenca le disparó dos tiros en la nuca. 

 

   A Franco sólo le quedaba la opción de mantener un férreo control después de la guerra —Que G.A.D. ganó, pues de no haberlo hecho, hoy día seríamos una dictadura de extrema izquierda dentro de la órbita que ocupó la URSS durante varias décadas. Hubiéramos sido un títere del comunismo imperante—. Franco se vio obligado a mantener a raya a los comunistas durante más de 40 años; él sabía que en cuanto se les permitiera salir de sus ergástulas volverían a intentar imponer su dictadura del miedo, de hambre, caos, terror y muerte, como bien hemos podido contemplar en nuestra historia reciente del siglo XX, con Lenin, Stalin, Hitler, Pol Pot y otros. A pesar de que muchos historiadores al nazismo lo consideraban fascismo, Hitler siempre se autoproclamaba nacionalsocialista; era otra rama del socialismo y, como todos ellos, era fascismo puro y duro. El nazismo y el socialismo eran caras de una misma moneda que se convertía en fascismo a tenor de los acontecimientos. 

 

  Más de 150 millones de almas dan fe de aquellas ideologías genocidas; desde el periodo comprendido entre 1917, con la revolución rusa, hasta nuestros días, donde aún existe esa ideología criminal en muchos países, como en Venezuela, Cuba, Nicaragua o más reciente, Colombia, Brasil o México, donde están en el proceso de conseguirlo. Naciones que están sometidas a dictaduras cruentas bajo el yugo del marxismo. Lo estamos sufriendo ahora en España, donde estamos involucionando a marchas forzadas. Todos los días nos despertamos con un nuevo avance, una nueva ley más ilegal, más inconstitucional, más aberrante o directamente al más viejo estilo nazi; aprobando leyes habilitantes que van pudriendo y deteriorando la convivencia, estando en verdadero peligro nuestro modus vivendi, nuestra libertad, incluso, la propia civilización. 

 

  Están siguiendo el mismo guion chavista que practicaron y pusieron a prueba durante varias décadas en Venezuela los Monedero, Iglesias, Bescansa, Errejón, Yolanda Díaz y el último en incorporarse, el socio del dictador Maduro, José Luis Rodríguez Zapatero, alias el minero. ¿Por qué será? Exactamente el mismo proceder, el mismo que sus socios de antaño y después los herederos de aquellos. Los mismos que ahora nos tienen sometidos a lo mismo que ya lo intentaran y casi consiguieran en aquellos días y que Franco evitó gracias a ser el único estratega militar en el mundo que venció al comunismo. Y lo dice un liberal convencido, pero, “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”.

 

  Ahora, casi 50 años después de su muerte, España está patas arriba, a punto de sucumbir al mismo comunismo que tanto se combatió antaño.  

 

Una vez puesto en contexto y volviendo a la transición, pues de allí salió, en un supuesto consenso, lo que se vino en llamar el régimen democrático. Éste fue el nombre que todos nos aprendimos, creímos y, en apariencia, practicamos votando cada cuatro años y tan contentos. Al menos, así ocurrió hasta la llegada de Rodríguez Zapatero; cierta apariencia de normalidad “democrática”, una libertad aparente, incluso, de prosperidad, igualdad y fraternidad, pero era solo eso, una apariencia impostada para que fuera creíble la supuesta democracia… 

 

  Aquello fue un trampantojo. El tiempo, los hechos y los acontecimientos, nos ha puesto frente al espejo. Tan solo fue una partitocracia aderezada y adornada por los dos grandes partidos en cuanto tuvieron oportunidad, en cuanto fueron los dos partidos hegemónicos de aquella supuesta democracia. Ellos fueron los que planificaron mediante pactos aquella apariencia de país moderno y democrático. Hasta aquel momento pocos sabían en realidad lo que era una democracia. La mayoría pensaban que, con votar, dotarnos de una Constitución, decir que éramos libres y que vivíamos acorde a unas normas establecidas con unos derechos y obligaciones, sería suficiente. Aquello tan atractivo, con lo que soñamos los liberales o libertarios: igualdad, prosperidad, propiedad privada, ley, orden y justicia, enmarcado en la unidad de España y llenándonos la boca con la palabra libertad nos embelesó.  

 

  Los artífices de aquella planificación, el PSOE y el PP, ya convertidos en el PPSOE, pues casi nada les diferencia ideológicamente, ni tan siquiera en su ADN; ambos son corruptos hasta la náusea; ambos son falsarios y traidores hasta decir basta; ambos venderían a España por un puñado de monedas de hojalata; ambos delinquirían sin pestañear con tal de llenarse “la faltriquera”. No son partidos políticos, son empresas de colocación, de influencias y de poder, al margen de corruptos y sinvergüenzas. Una banda de saqueadores y forajidos que vieron la oportunidad de adormecer y anestesiar a la sociedad y, mientras sesteamos, acunados y mecidos por la mayoría de medios de comunicación y, sobre todo, por las televisiones subvencionadas a “troche y moche”, nos robaban, nos siguen robando como si no hubiera un mañana, no siendo que despierten de aquel letargo, los Blas de Lezo, los Daoiz o los Velarde del siglo XXI y les hagan frente. Incluso algún Franco cuya voz retumbara desde ultratumba:  

 

España necesita, imperiosamente, una autoridad que resuelva los problemas, una energía que los aborde y una fuerza que los resuelva”.  

La rencilla y la tiranía son la muerte de las naciones” 

“Se han cometido abusos, pero también hay una gran obra hecha en justicia y en bienestar del pueblo”. 

El consenso no es la unanimidad, ni la paz con los modernos, ni una renuncia a nuestro pasado, ni renunciar a la tradición, ni vivir de rodillas ante los enemigos”.

 

Y la última que fue hasta premonitoria, ya saben la respuesta: 

 

Los pueblos no caen sino cuando están corrompidos y podridos ¿Hay putrefacción moral en España? 

 

  En 1975 España pasó de la ley a la ley, pero no pasamos de una dictadura a una democracia como nos hicieron ver; pasamos de un régimen de control que Franco impuso para evitar otra guerra civil, en el caso de haber sido aperturista y permitido años atrás la participación política, a una partitocracia con cierta permisividad, controlada por los partidos mayoritarios de la transición. Este control sobre la hipotética “democracia” se precipitó después de Felipe González y Aznar con la llegada de ZP, pero, ante todo, por el PSOE y el PP. Ambos se han ido alternando en el poder hasta nuestros días, con la participación de los, antes nacionalistas, ahora separatistas-secesionistas y comunistas; todos ellos, exactamente igual que aquel “frente popular”, son cómplices de un presunto fraude de ley, fraude a la democracia, fraude a los españoles y alta traición a España que, ahora con Pedro Sánchez, involuciona a una dictadura si nadie lo evita. 

 

Mientras los españoles sigamos sesteando, entre terrazas de bar, cervecitas frías, fútbol, charletas de porteras y cotillas, puentes y acueductos, seguiremos en esta “matrix”, en un futuro distópico cuya destrucción de todo lo que hayamos conocido hasta ahora será una realidad. Si queremos seguir empeñados en que esto es una democracia y no una partitocracia oligárquica y corrupta, seguiremos así hasta la derrota final. 

 

 

Fran Encinas

Me llamo Fran Encinas, expolicía nacional y escritor ocasional, aunque más bien diría vocacional, pues me gusta contar en artículos la realidad de nuestro país, eso sí, no dejo indiferente a nadie y presumo de mi vehemencia hasta en mis artículos. También tengo varios proyectos; uno de ellos a punto de culminarlo. Será un libro autobiográfico donde cuento, a parte de las intervenciones más relevantes que tuve el gran privilegio de vivir en primera persona durante mi etapa como Policía Nacional, y que pocas veces se ha contado con toda la crudeza. Pero la principal trama de dicho libro fue un hecho dramático, deleznable y terrible que sufrí y que marcó toda mi vida. El otro es una recopilación de todo lo acontecido en los últimos años de nuestra querida España desde la llegada de ZP al poder hasta, prácticamente, nuestros días. También fui comentarista político o como se hacen llamar los cursis, contertulio, más concretamente intervengo en un programa llamado Discusiones en el Gulag, del canal de YouTube de David Martínez, o mi participación en otro programa llamado Libres 2.0 de Luis J Martín, hoy Multicanalradio.

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