
«Areta estuvo a punto de decir algo mientras sostenía el filo de la puerta. La cerró en silencio. Pero es que las cosas no eran de otra manera. Y ya era tarde para morir»
Llegar a casa por la tarde, casi a la hora de cenar y encontrar allí a Carmen y oler a ella; dejar el revólver en el cajón, entristecerse viendo a Maite en la foto; como si la niña aún estuviera en su cuarto, abrazada al peluche, durmiendo…
-Bueno, pero qué es esto, ¿dónde están los libros esos de los dibujitos?
-Hoy nada de anatomía, estoy haciendo una tortilla de patata sensacional. Por cierto, ¿no llegas un poco pronto?
-Sí, es que me fui a comprar un paraguas y luego estuve jugando al escondite con unos tipos que querían matarme.
-¿Y el paraguas?
-No lo compré, son muy caros. ¡Ah!, mañana he quedado con don Ricardo.
Tras un pequeño silencio, algo cabizbaja, Carmen protestó.
-Otra vez…
-Nada importante -respondió Germán intentando tranquilizarla-. Esos tipos que me siguen, eh, que iba en serio. Verás, esos tipos resulta que son de la Policía, o eso creo, pero quiero estar seguro.
No era justo romper la sonrisa de Carmen, pero en aquel momento terminó desvaneciéndose.
-Mira, Germán: En una ocasión me dijiste que te fastidiaría que encontrase a alguien y que tenía todo el derecho. Pues ese hombre eres tú, un detective con bigote, con largas pestañas y con una voz muy bonita… de verdad, y no me mires así, con cara de tonto.
-Usted tampoco está nada mal.
-Lo que quiero decirte, Philo Vance, es que a mí sí me fastidiaría que te pasara algo.
Sonaba de fondo un programa de radio, que la pareja no oía. Germán abrazaba a Carmen con timidez, lentamente y con la vista fija en la pizarra de la cocina: “Comprar huevos, garbanzos, cerillas y café. Mirar la cartelera de cine”.
A él, por vez primera también le daba un poco de miedo morir. Y para eso cualquier tarde era mala.
(Fundido a negro)
Don Ricardo había llegado el primero, como de costumbre. Llevaba un traje marrón, ligeramente rayado, ya pasado de moda, y había engordado aunque seguía teniendo el gesto y la seguridad que tanto imponían. Desde el amplio ventanal se oía el tránsito de los coches, el trasiego de los peatones, el aire que tanto sabía de todo y la boca del Metro de Santo Domingo. Desde la cafetería del Emperador se veía la ciudad como en una gran sala de cine.
Areta se acomodó frente a su antiguo jefe y pidió un cortado, en taza y con la leche caliente.
-Es que si no me escapo, reviento, Germán. No sabes tú lo que es vivir en el campo. Y menos mal que el fin de semana aquello se anima y hasta puedo acercarme al pueblo a echar una partida de mus.
-Claro, el Guadarrama, los pajaritos, su mujer…
-Hay veces que pienso… ¿Has visto esa película, “Las verdes praderas”? Pues una pareja tiene una casa similar a la mía y al final…
-Vamos, Abuelo, ¿no me irá usted ahora a hablar de cine?
Don Ricardo volvió a encender un cigarrillo. A través del cristal se oía el discurrir de los vehículos.
-Verás: Mientras estabas en Italia (perdóname pero te pareceré un sentimental), no dormía pensando en ti, como si fueras mi hijo, ya sabes, estaba preocupado. Le pedí a Frutos que a tu regreso te pusiera una escolta discreta, unos días, por si iban a por ti.
-Ya sabe que no aguanto a Frutos, y ese don Gregorio me aseguró…
-Escucha, Piojo, a mí eso me da igual, lo que yo quería era estar seguro de que don Gregorio -o alguien desde más arriba- no os iba a causar problemas. Incluyo a Carmen. Toma el café y atiende: En la Brigada han montado un equipo nuevo, de gente joven, o eso me dicen porque, ya me ves que estoy, como ahora se dice “en otra onda”. Se ve que trabajan con unos seguimientos copiados de los israelíes.
-Los de verde ya los hacen, con tres hombres. Pero vamos, por lo que dice están practicando conmigo.
-Bueno, es una forma de verlo, pero es una manera como otra cualquiera de protegerte, sin llamar la atención.
-Si usted lo dice…
-Mira, Germán, hazme un favor. En una hora te presentas en la Dirección General y hablas con Frutos. ¡Joder, Piojo, no me hagas quedar mal! Ya le he avisado, así que date un paseo.
-Don Ricardo, que estoy ya hasta las narices de pasear. ¿Ve a aquel tipo en la esquina de San Bernardo? El del pantalón de pana y la cazadora negra. Cuando yo salga por la puerta se pondrá en marcha. Aunque si soy rápido y desaparezco por la escalera del Metro…
-¡Lo que no sepas tú! Pero hombre, no les hagas esa faena, que no estamos para jueguecitos.
-Abuelo, muchas gracias. ¡Ah! La próxima vez le traeré una corbata, las hacen ahora muy modernas.
(Fundido a negro)
-Germán.
-Frutos.
-Siéntate, ¿qué tal en Italia?
-No está mal, pero tienen un acento raro.
-Te habrá contado don Ricardo…
-A eso venía, a darte las gracias.
Frutos hizo una mueca de satisfacción. El despacho es grande, como corresponde a un comisario importante del Cuerpo Superior de Policía. Por vez primera, el antiguo inspector Areta se siente extraño, intimidado entre esas cuatro paredes. Frutos lo notaba y disfrutaba el momento.
-Oye, Germán, tenemos nuestras diferencias, pero no íbamos a permitir… una cosa es echar tierra al asunto y otra que nos maten al Piojo.
-¿Y tus chicos?
-No te preocupes, los tendrás unos días contigo, ahora a más distancia. Creemos que no van a por ti.
-Pero mataron a Cárdenas.
-Con eso les bastaba, ¿no crees? Mira, hace unos días hemos entrado en la casa de don Gregorio, una cosa sencilla. Oye, vaya mansión ¿eh?
-No me digas que ha volado.
-Debías haberte quedado en la Brigada. No se te escapa una, Piojo.
La mirada del detective recorrió la estancia mientras se estiraba los pelos del bigote.
-Quizá sea mejor así, estos despachos no están muy ventilados.
-La casa estaba vacía, con un cartelito en la entrada: “Se alquila”, igual que en las películas americanas -le informó Frutos.
-Vamos, que tras el incendio del laboratorio y los asesinatos, don Gregorio buscó un negocio mejor en otro país más bonito.
-No me irás a decir que sabes algo más…
-Intuición, Frutos, intuición.
-Estate tranquilo, Germán -zanjó el comisario levantándose para estrechar la mano del detective.
-Gracias otra vez.
-Siento lo del Moro, de veras que me gustaría que las cosas fueran de otra manera.
Areta estuvo a punto de decir algo mientras sostenía el filo de la puerta. La cerró en silencio. Pero es que las cosas no eran de otra manera. Y ya era tarde para morir.

