(Y II) Tarde para morir (Una idea para El crack tres). Por Diego Pardos

Una idea para El crack tres.

«Areta estuvo a punto de decir algo mientras sostenía el filo de la puerta. La cerró en silencio. Pero es que las cosas no eran de otra manera. Y ya era tarde para morir» 

Llegar a casa por la tarde, casi a la hora de cenar y encontrar allí a Carmen y oler a ella; dejar el revólver en el cajón, entristecerse viendo a Maite en la foto; como si la niña aún estuviera en su cuarto, abrazada al peluche, durmiendo… 

-Bueno, pero qué es esto, ¿dónde están los libros esos de los dibujitos? 

-Hoy nada de anatomía, estoy haciendo una tortilla de patata sensacional. Por cierto, ¿no llegas un poco pronto? 

-Sí, es que me fui a comprar un paraguas y luego estuve jugando al escondite con unos tipos que querían matarme. 

-¿Y el paraguas? 

-No lo compré, son muy caros. ¡Ah!, mañana he quedado con don Ricardo. 

Tras un pequeño silencio, algo cabizbaja, Carmen protestó. 

-Otra vez… 

-Nada importante -respondió Germán intentando tranquilizarla-. Esos tipos que me siguen, eh, que iba en serio. Verás, esos tipos resulta que son de la Policía, o eso creo, pero quiero estar seguro. 

No era justo romper la sonrisa de Carmen, pero en aquel momento terminó desvaneciéndose. 

-Mira, Germán: En una ocasión me dijiste que te fastidiaría que encontrase a alguien y que tenía todo el derecho. Pues ese hombre eres tú, un detective con bigote, con largas pestañas y con una voz muy bonita… de verdad, y no me mires así, con cara de tonto. 

-Usted tampoco está nada mal. 

-Lo que quiero decirte, Philo Vance, es que a mí sí me fastidiaría que te pasara algo. 

Sonaba de fondo un programa de radio, que la pareja no oía. Germán abrazaba a Carmen con timidez, lentamente y con la vista fija en la pizarra de la cocina: “Comprar huevos, garbanzos, cerillas y café. Mirar la cartelera de cine”. 

A él, por vez primera también le daba un poco de miedo morir. Y para eso cualquier tarde era mala. 

 

(Fundido a negro) 

 

Don Ricardo había llegado el primero, como de costumbre. Llevaba un traje marrón, ligeramente rayado, ya pasado de moda, y había engordado aunque seguía teniendo el gesto y la seguridad que tanto imponían. Desde el amplio ventanal se oía el tránsito de los coches, el trasiego de los peatones, el aire que tanto sabía de todo y la boca del Metro de Santo Domingo. Desde la cafetería del Emperador se veía la ciudad como en una gran sala de cine. 

Areta se acomodó frente a su antiguo jefe y pidió un cortado, en taza y con la leche caliente. 

-Es que si no me escapo, reviento, Germán. No sabes tú lo que es vivir en el campo. Y menos mal que el fin de semana aquello se anima y hasta puedo acercarme al pueblo a echar una partida de mus. 

-Claro, el Guadarrama, los pajaritos, su mujer… 

-Hay veces que pienso… ¿Has visto esa película, “Las verdes praderas”? Pues una pareja tiene una casa similar a la mía y al final… 

-Vamos, Abuelo, ¿no me irá usted ahora a hablar de cine? 

Don Ricardo volvió a encender un cigarrillo. A través del cristal se oía el discurrir de los vehículos. 

-Verás: Mientras estabas en Italia (perdóname pero te pareceré un sentimental), no dormía pensando en ti, como si fueras mi hijo, ya sabes, estaba preocupado. Le pedí a Frutos que a tu regreso te pusiera una escolta discreta, unos días, por si iban a por ti. 

-Ya sabe que no aguanto a Frutos, y ese don Gregorio me aseguró… 

-Escucha, Piojo, a mí eso me da igual, lo que yo quería era estar seguro de que don Gregorio -o alguien desde más arriba- no os iba a causar problemas. Incluyo a Carmen. Toma el café y atiende: En la Brigada han montado un equipo nuevo, de gente joven, o eso me dicen porque, ya me ves que estoy, como ahora se dice “en otra onda”. Se ve que trabajan con unos seguimientos copiados de los israelíes. 

-Los de verde ya los hacen, con tres hombres. Pero vamos, por lo que dice están practicando conmigo. 

-Bueno, es una forma de verlo, pero es una manera como otra cualquiera de protegerte, sin llamar la atención. 

-Si usted lo dice… 

-Mira, Germán, hazme un favor. En una hora te presentas en la Dirección General y hablas con Frutos. ¡Joder, Piojo, no me hagas quedar mal! Ya le he avisado, así que date un paseo. 

-Don Ricardo, que estoy ya hasta las narices de pasear. ¿Ve a aquel tipo en la esquina de San Bernardo? El del pantalón de pana y la cazadora negra. Cuando yo salga por la puerta se pondrá en marcha. Aunque si soy rápido y desaparezco por la escalera del Metro… 

-¡Lo que no sepas tú! Pero hombre, no les hagas esa faena, que no estamos para jueguecitos. 

-Abuelo, muchas gracias. ¡Ah! La próxima vez le traeré una corbata, las hacen ahora muy modernas. 

 

(Fundido a negro) 

 

-Germán. 

-Frutos. 

-Siéntate, ¿qué tal en Italia? 

-No está mal, pero tienen un acento raro. 

-Te habrá contado don Ricardo… 

-A eso venía, a darte las gracias. 

Frutos hizo una mueca de satisfacción. El despacho es grande, como corresponde a un comisario importante del Cuerpo Superior de Policía. Por vez primera, el antiguo inspector Areta se siente extraño, intimidado entre esas cuatro paredes. Frutos lo notaba y disfrutaba el momento. 

-Oye, Germán, tenemos nuestras diferencias, pero no íbamos a permitir… una cosa es echar tierra al asunto y otra que nos maten al Piojo. 

-¿Y tus chicos? 

-No te preocupes, los tendrás unos días contigo, ahora a más distancia. Creemos que no van a por ti. 

-Pero mataron a Cárdenas. 

-Con eso les bastaba, ¿no crees? Mira, hace unos días hemos entrado en la casa  de don Gregorio, una cosa sencilla. Oye, vaya mansión ¿eh? 

-No me digas que ha volado. 

-Debías haberte quedado en la Brigada. No se te escapa una, Piojo. 

La mirada del detective recorrió la estancia mientras se estiraba los pelos del bigote. 

-Quizá sea mejor así, estos despachos no están muy ventilados. 

-La casa estaba vacía, con un cartelito en la entrada: “Se alquila”, igual que en las películas americanas -le informó Frutos. 

-Vamos, que tras el incendio del laboratorio y los asesinatos, don Gregorio buscó un negocio mejor en otro país más bonito. 

-No me irás a decir que sabes algo más… 

-Intuición, Frutos, intuición. 

-Estate tranquilo, Germán -zanjó el comisario levantándose para estrechar la mano del detective. 

-Gracias otra vez. 

-Siento lo del Moro, de veras que me gustaría que las cosas fueran de otra manera. 

Areta estuvo a punto de decir algo mientras sostenía el filo de la puerta. La cerró en silencio. Pero es que las cosas no eran de otra manera. Y ya era tarde para morir. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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