
«Así estaba yo cuando mi amigo Eusebio, de regreso de la toilette, me anunciaba que acababa de pedir matrimonio a la camarera»
La última vez que vi a mi amigo Eusebio era primavera y bajaba yo por la calle sumido en mis pensamientos. Que consistían principalmente en cómo sortear los obstáculos que el alcalde había puesto a mala idea para que me rompiera la crisma y las señoras jóvenes con carros de bebé rompieran las sombrillas, y las abuelas derribaran las farolas con el carrito -menudas son- y los niñitos rompieran a llorar. Cómo desearía uno que estas criaturas gozaran en un futuro de una ciudad moderna en la cual poder circular con sus cochecitos sin traba alguna, desde -pongamos por caso- el Café Comercial hasta la Casa de la Villa. Y sin que un guardia urbano con su casco y su guerrera les toque el pito.
Digo que bajaba yo por la calle evitando las baldosas quebradas y las bicicletas asesinas, cuando vi a mi amigo Eusebio sentado en la terraza de una cafetería. A él me dirigí y asombrado le dije:
-Chico, por poco no te reconozco, qué elegante…
-Pues ya me ves, será por el nuevo sombrero de Panamá, único en la ciudad, a juego con el pañuelo. Pero… siéntate, hombre. ¿Qué tomas?
-Lo mismo que tú –le pedí, y al poco ya me arrepentía al engullir de dos tragos el coctel de marras.
-Sí, ya sé que es quizá algo pronto. Pero qué quieres, ¿acaso no es la vida sino un jolgorio perenne, una juventud eterna?
No sabía que mi amigo fuera libador de Negroni, como tampoco sus dotes de poeta y que mostrara ser, además, estudioso de la taurología:
-Oye, Eusebio. Me sorprende que leas esta revista de toros, ¿acaso te gustan? –formulaba yo aquella pregunta algo violenta, como un actor malo metido en un guion lamentable.
-Me encantan. Sucede que no tengo las veinte pesetas para un tendido de sombra en La Chata, así que por dos cincuenta repaso la crónica de Cúchares. Aunque uno está ya de vuelta…
-Ya…
-Porque la prensa, y no sólo la taurina, ya no es lo que era.
Pedimos otra copa que me ayudó a sacar las siguientes conclusiones:
- Que mi amigo era un sibarita empeñado en llevarle la contraria al mundo.
- Que el Negroni estaba demasiado cargado.
- Que en ese local de mozos con chaleco y pajarita la única camarera me estaba empezando a parecer algo mona, pese a no serlo.
Cuando Eusebio se levantó para ir a la toilette –porque este bar era tan chic que tenía toilette– la marquesa viuda de Ruiloba, vecina de mesa, me dijo:
-Disculpe usted, joven: su amigo el del sombrero es reportero, escritor o cronista, ¿no es cierto? ¿Acaso un rico heredero parisino?
No pude responder. Con el dedo en alza y el recuerdo del coctel aún en la nariz, la marquesa no callaba:
-Se nota que tiene mundo su amigo. El otro día leía el diario Lucha, al siguiente el Financial Times, ayer mismo Don José y hoy esa revista tan moderna de sociedad…
De tauromaquia, señora, de tau…
-De toreros, claro, lo que le digo joven. Tengo yo un pariente en Villamanrique que es ganadero…
Mi salvación venía de frente en forma de limpiabotas. Llamé al chico y le solicité una limpieza completa y lustrosa conversación:
-Tarifa doble, señor.
-Lo que haga falta -le dije-, con tal de no aguantar a esta señora tal pelma.
Así estaba yo cuando mi amigo Eusebio, de regreso de la toilette, me anunciaba que acababa de pedir matrimonio a la camarera.
-Con lo exigente que eres tú y lo que te encandilan las chicas guapas…
-Las chicas guapas ya están pasadas de moda, antiguamente le gustaban a todo el mundo. Se lleva otro estilo más a la europea.
(El limpiabotas levantó un segundo la mirada poniendo cara de asombro).
-¿Y qué te ha respondido?
-Que sí.
-Pues nada Eusebio, que sea enhorabuena y me mandas la invitación con tiempo para ir al sastre. Envíala al hotel Castellana Hilton, suite 716; la de Ava Gardner.
-Me quedo sin palabras. Si tú vivías en aquella pensión cochambrosa… ¡y ahora con la Gardner!
-Ya sabes cómo somos la gente ordinaria, Eusebio. Somos una caja de sorpresas, somos un caso perdido.
No le dejé responder. Inicié mi camino de vuelta pensando en el señor alcalde y caminando marcha atrás, como los cangrejos; atropellé a dos ciclistas, aporreando las baldosas rotas choqué tres veces con otras tantas farolas, una con un catedrático jubilado, ochenta y siete con las respectivas mamás -o niñeras- con carrito, y no sé ni cómo acerté a entrar en la pensión en esas condiciones. ¡Ah de la distinción!

