
«Si la doble moral es el aceite que permite a muchos sobrevivir, los políticos honrados han decidido, en un acto de simpleza conmovedora, renunciar a ese aceite»
En el vasto universo de la política, donde se juega con promesas y se construyen castillos en el aire, existe una habilidad magistralmente perfeccionada: la doble moral. No se trata simplemente de decir una cosa y hacer otra; es una forma de arte, una destreza que separa a los políticos comunes de los verdaderos maestros de la retórica. Si los políticos tuvieran un lema, sería algo así como «lo mío es tuyo y lo tuyo es mío«. Claro, con una pequeña corrección en los términos: «mi bienestar es prioritario, y el tuyo… veremos«. Así, nuestros queridos representantes hacen gala de generosidad, prometiendo recursos, infraestructuras y reformas, pero olvidando que, para cumplir, primero hay que actuar. Pero, ¿quién necesita actuar cuando basta con una buena rueda de prensa?
Qué conmovedor ver a ciertos líderes alzar la voz en defensa de los oprimidos y marginados. Eso sí, siempre que estos oprimidos estén en tierras lejanas y no en el edificio contiguo. Así, mientras el político critica con vehemencia la corrupción, la represión y la falta de transparencia en otros países, olvida amablemente los problemas de su propio jardín. ¿De qué sirve la autocrítica si se puede mirar hacia el vecino?
La habilidad para indignarse selectivamente es otro rasgo digno de admiración en la clase política. Si otro partido comete un error, ¡escándalo nacional! Pero cuando el error es propio, nada que un buen «contexto» y unos «matices» no puedan aclarar. Los principios son, al fin y al cabo, versátiles; hoy es conveniente decir una cosa, y mañana otra. Total, ¿quién puede recordar exactamente qué dijeron la semana pasada?
Cada campaña electoral es una fiesta para los ciudadanos, porque de repente los políticos recuerdan lo importante que es ser transparentes. Abren cuentas, muestran declaraciones, hasta comparten sus listas de compras. Pero como la transparencia en exceso cansa, esta suele desaparecer una vez que se ganan las elecciones. ¿Para qué agobiar a los ciudadanos con cifras y datos cuando es mucho mejor mantener un aire de misterio?
Qué bonito cuando un político dice “hay que apretarse el cinturón”. Claro, refiriéndose a los cinturones de los ciudadanos, porque en sus despachos los muebles de lujo y las cenas exquisitas no parecen estar en peligro. La austeridad, como bien saben, es algo que el pueblo debe practicar con fervor mientras el representante sigue en la misión noble de mantener la apariencia.
No hay nada más impresionante que escuchar a un político defender sus principios con total convicción. A menos que, claro, haya una alianza en puerta que demande un ligero ajuste. Los valores son sólidos como una roca, hasta que necesitan ser tan flexibles como una goma de mascar en manos de un acuerdo. Porque la política es, al final, el arte de defender todo, pero saber ceder un poco, por si acaso.
Con cada acto de doble moral, los políticos nos recuerdan su papel en la sociedad: no están aquí para seguir sus propias palabras, sino para recordarnos lo fácil que es predicar en un púlpito y lo difícil que es vivir con integridad. No se trata de juzgar, sino de reconocer el esfuerzo que implica mantener tantas caras sin perder la sonrisa.
Mientras la audiencia siga atenta y la función continúe, nosotros, los ciudadanos, seguiremos siendo testigos de su increíble habilidad para llevar la coherencia hacia un terreno tan abstracto que sería imposible encontrarla. A fin de cuentas, si ellos no pueden, tal vez es porque ser genuino es para amateurs.
Pero hagamos una pausa. Entre tanta exhibición de retórica vacía y posturas intercambiables, hay que reconocer que, en las sombras de esta farsa política, existen figuras que, por extraño que parezca, se aferran a un concepto casi olvidado: la integridad. No son populares, no se les ve en las primeras planas ni en los almuerzos televisivos, y probablemente nunca lleguen a encabezar el ranking de los políticos más populares en las redes. Pero existen, los honrados poco visibles, los raros especímenes de la política que —sí, vamos a decirlo— intentan hacer lo correcto.
Ahí están, como susurrando en un mundo de gritos, defendiendo leyes justas y proponiendo ideas coherentes sin esperar a cambio el aplauso ni los reflectores. Para estos políticos de perfil bajo, hacer su trabajo parece suficiente recompensa. Qué iluso aquel que cree que en política “cumplir con la palabra” puede ser un proyecto de vida, pero ahí los tienes, en sus despachos modestos y en sus agendas de trabajo completas, rechazando cortes de cinta y prefiriendo el silencio al ruido. Es casi como si quisieran ser útiles… ¡vaya locura!
Estos personajes no pasan horas en tertulias televisivas ni hacen giras para posar en todos los municipios. En vez de ello, prefieren utilizar su tiempo en algo más innovador: trabajar. Rinden cuentas de su presupuesto, revisan los contratos hasta el último centavo, buscan soluciones para los problemas de sus distritos, y, en el colmo de lo increíble, escuchan a sus votantes. Sí, escuchan, ese viejo y anticuado método de contacto que consiste en atender lo que sus electores tienen que decir, incluso si no hay cámaras de por medio.
Dicen que «prometer es gratis«, pero cumplir tiene un costo, especialmente cuando los honrados del oficio están demasiado ocupados trabajando para recordar el marketing detrás de cada promesa cumplida. Su falta de interés por autopromocionarse hace que, a veces, sus logros pasen desapercibidos, diluidos en el remolino de titulares protagonizados por otros más escandalosos. Los ves aprobar leyes sensatas, liderar proyectos que funcionan y cumplir con sus promesas iniciales; pero si no lo presumen, ¿alguien se entera?
Los políticos honestos parecen encarnar una especie de romanticismo quijotesco, creyendo en la política como servicio, incluso cuando saben que podrían hacer más dinero en una consultora o llevando un canal de opinión en Internet. Pero ahí están, defendiendo proyectos, enfrentándose a las lógicas de la doble moral, negándose a jugar con las reglas del espectáculo, creyendo que la política tiene un sentido y un propósito más allá del beneficio personal. Y claro, en un mundo tan pragmático como el político, esos principios apenas suenan como un eco lejano.
Quizás la razón por la cual los políticos honrados se esconden de la opinión pública es porque realmente están trabajando, y si la doble moral es el aceite que permite a muchos sobrevivir, ellos han decidido, en un acto de simpleza conmovedora, renunciar a ese aceite. No necesitan pulir sus discursos ni afinar sus expresiones para las cámaras. Trabajan desde la conciencia tranquila, sabiendo que probablemente su legado será pequeño, pero genuino.
Así que aquí estamos, reconociendo, aunque sea con esta breve mención, la existencia de aquellos que se niegan a doblegarse ante la doble moral. Que, aunque no suelen recibir condecoraciones, saben que, al final del día, podrán ir a casa y mirarse al espejo con tranquilidad. Porque aunque no sean muchos ni salgan en la foto, los hay, y aunque no reciban laureles, al menos pueden dormir con la conciencia limpia, seguros de que ellos representan lo que la política podría ser si algún día la coherencia y el compromiso fueran la norma.
Estos políticos invisibles son los que, con una paciencia admirable, nos muestran que aún hay esperanza. Aunque sea difícil de ver, en cada ley que mejora la vida de la gente y en cada pequeño acto de honestidad pública, ellos resisten la tentación del espectáculo. A ellos, los honrados poco visibles, les damos una ovación, en voz baja y con respeto, conscientes de que están luchando, contra viento y marea, para recordarnos que otro tipo de política es posible.
Si la política fuera solo un servicio público temporal, estaríamos hablando de un cambio profundo y revolucionario en la manera en que entendemos el poder y el liderazgo. Convertir la política en un trabajo transitorio, sin la expectativa de una carrera de por vida, pondría de cabeza el sistema que actualmente, en muchos casos, prioriza la supervivencia política sobre el servicio genuino.
Imaginemos un modelo en el que todos los cargos, desde las más altas magistraturas hasta los representantes locales, estuvieran ocupados por ciudadanos que ingresan temporalmente, como quien cumple con un deber cívico: entran, trabajan con intensidad durante su período designado y, luego, regresan a su vida cotidiana. Esto podría desencadenar una serie de efectos fascinantes.
Si la política fuera temporal, el concepto de “carrera política” desaparecería, y con él, el impulso de aferrarse al poder a toda costa. El incentivo sería hacer el mejor trabajo posible durante el tiempo disponible, ya que no habría futuro político que preservar ni alianzas permanentes que cuidar. Los políticos serían menos proclives a seguir ideologías de partido y más apegados a un sentido de responsabilidad directa hacia sus comunidades, buscando resolver problemas inmediatos en lugar de acumular influencia.
La corrupción, en su mayoría, crece en las estructuras de poder que permanecen inamovibles durante décadas. Si un funcionario supiera que, tras su período, deberá volver a la vida civil sin privilegios ni inmunidades especiales, la tentación de desviar fondos públicos o negociar beneficios a espaldas de los ciudadanos podría reducirse considerablemente. Claro, siempre habría quienes intenten aprovechar el corto plazo, pero la rotación constante haría que esos intentos tengan menos probabilidades de éxito a largo plazo.
Si la política no fuera una profesión sino un servicio público temporal, habría espacio para que personas con distintos perfiles, edades y experiencias de vida puedan acceder a cargos. Profesores, médicos, científicos, estudiantes, obreros: cada uno podría aportar su visión y, más importante, estarían menos alienados de las realidades cotidianas, lo que permitiría un gobierno realmente conectado con las necesidades de su tiempo. La política dejaría de ser ese mundo lejano y privilegiado para convertirse en un reflejo más auténtico de la sociedad que pretende representar.
Si solo existiera el servicio público temporal, la idea misma de la “lucha por el poder” perdería peso. En lugar de perpetuar a líderes que pelean por mantenerse, la estructura de gobierno podría dedicarse a la planificación de políticas de largo plazo, basadas en el bien común, y no en la carrera de una persona o un grupo. Los ciudadanos temporales que lleguen a los cargos públicos tendrían una sola misión: contribuir a un proyecto general para el bienestar de todos, conscientes de que su paso por el poder será breve.
Si ser político fuera una responsabilidad temporal, servir se convertiría en una etapa formativa en la vida de cualquier ciudadano, casi como una enseñanza moral. Así, al igual que aprendemos sobre ética o valores en la escuela, pasar por el servicio público inculcaría una responsabilidad compartida y, sobre todo, una empatía hacia la labor de gobernar. Este sistema podría hacer que la ciudadanía fuera más comprensiva y crítica a la vez, al haber experimentado de primera mano las complejidades del servicio.
Sin la necesidad de asegurar una “carrera”, los políticos temporales podrían concentrarse en simplificar y hacer transparente su gestión, puesto que sus logros o errores no serán moneda de cambio para su propio beneficio. La rendición de cuentas sería un proceso más ágil y obligatorio, ya que cada funcionario estaría constantemente bajo el ojo de una ciudadanía que lo considera “uno de los suyos”, alguien que está de paso y que deberá explicar lo que hizo o dejó de hacer.
Imaginemos un sistema donde el poder político sea realmente compartido, donde nadie pueda perpetuarse en su cargo y donde la alternancia sea la regla, no la excepción. Esto podría suponer un nivel de participación ciudadana mucho más activa, una sociedad en la que todos conocen y experimentan el valor de trabajar por el bien común y, al mismo tiempo, donde la figura del líder mesiánico o del caudillo se diluye.
Porque si el poder se convierte en un recurso compartido, temporal, la sociedad puede vivir de forma más horizontal. Gobernar no sería una plataforma para ascender, sino una oportunidad para contribuir y volver a integrarse en la comunidad, algo más cercano a un acto de colaboración que a una ambición.
Quizás, en esta utopía de la política temporal, recuperaríamos lo que significa el servicio público. Y, con suerte, los ciudadanos entenderíamos que gobernar es, ante todo, un acto de responsabilidad hacia los demás.
