
“No hay mayor cinismo que el de aquellos que reclaman para sí lo que nunca han dado”. (Jorge González Moore).
No soy un hombre proclive a atesorar convicciones. Para ser honesto, nunca he creído en las verdades absolutas. Lejos de pensar que este es uno de mis innumerables defectos, estoy convencido de que esta es una de las pocas virtudes que me adornan.
Probablemente, es el resultado de la observación. No suelo ir por la vida mirando lo que pasa a mi alrededor, sino observando lo que pasa, que es algo bien distinto. Y, además, procuro sacar conclusiones que, de manera natural, se transforman en opiniones. Quiero pensar que cada día nos levantamos para aprender algo nuevo. Esto no significa que la lección sea siempre edificante; la mayoría de los días, si la vida no te da una ostia con la derecha, te la da con la izquierda, pero yo siempre he defendido que se aprende más en la derrota que en la victoria. Será por eso que cada día soy más sabio.
Y tengo que decir que, en los últimos tiempos, la vida se ha empeñado en demostrarme que tengo razón, tanto la vida pública como la privada, aunque me he prometido a mi mismo hablar menos de mí; hay que tener en cuenta que, para un egocéntrico como yo, esto resulta difícil, pero torres más altas cayeron y barcos más grandes se hundieron. Por lo tanto, centrémonos en lo público, si les parece bien y, si no, también.
Para sentar un poco las bases, nunca he creído en la honestidad de los políticos. Esto no implica que no haya políticos honestos, al menos en su desempeño público, pero, evidentemente, son las margaritas que florecen entre la mala yerba; una minoría identificable a primera vista. Esto, sin duda, viene edificado sobre otro precepto. Nunca he creído en la democracia. Aunque ya me hastía tener que explicar esta afirmación, entiendo que la democracia es un sistema de gobierno, tal como está planteada, que incentiva la corrupción y el abuso de poder. Podría poner como ejemplo muchos casos, públicos y no tan públicos, que he conocido a lo largo de estos años, pero pretendo escribir una simple columna, no la enciclopedia Espasa.
Los casos de corrupción, de diferentes gobiernos, son tan numerosos que me parece baladí enumerarlos ahora, si bien mención especial merece el gobierno actual, de Pedro Sánchez y sus acólitos, que parece que ha creado una red clientelar que afecta a todos los ministros del gobierno y a todos los inquilinos de Moncloa menos el servicio doméstico y los perros. Pero digamos que la corrupción, como he dicho antes, es endémica a la democracia. Mordidas, comisiones, pagos en sobres de papel, conviven con las instituciones como la rémora convive con el tiburón.
Otra cosa muy diferente es el abuso de poder, en ámbitos que trascienden la economía. Y fíjense, que casualidad, los casos más sangrantes de la democracia vienen siempre de la mano del partido Socialista.
Parece que ahora nos hemos olvidado de que durante el gobierno de Felipe González se creó un grupo paramilitar, los GAL, que actuó al margen de la ley, cometiendo atentados, asesinatos, secuestros y toda clase de crímenes amparado en las cloacas de un gobierno que fue incapaz de resolver el grave problema de ETA por los cauces legales y democráticos. No estoy acusando, que quede claro, a Felipe González de ser su creador, pero que fue durante su gobierno, es meridianamente objetivo.
Si me permiten una opinión subjetiva, ole sus huevos. Pero legal, lo que se dice legal, no fue.
José Luis Rodríguez Zapatero se estrenó en la Moncloa, tras haber ganado unas elecciones que nunca debieron celebrarse, dos días después de un atentado de la magnitud del sucedido en Madrid. Dejando a un lado que cualquier democracia que quiera dignificar el término hubiera aplazado la celebración de estas elecciones, a los pocos días del atentado, pruebas de suma importancia de un crimen tan atroz, como los vagones de los metros afectados, estaban en el desguace, sin dar tiempo siquiera a analizarlos.
Destaca, para cualquier observador no muy avezado, la conveniencia de culpar a José María Aznar y su foto en Las Azores de que terroristas islámicos hubieran escogido a España por objetivo; pero, como dijo Zapatero, el político más inepto e ineficaz que ha sufrido la democracia española, les interesaba que hubiera crispación.
Parecía insuperable, hasta que llegó Sánchez. Sánchez no solo ha abusado de su poder para favorecer, presuntamente, causas de corrupción como la que salpica judicialmente a su mujer, a su hermano y, si siguen buscando, a un tío que tiene en América. Sánchez ha vendido la gobernabilidad de España favoreciendo no solo a partidos que lo que buscan, precisamente, es la destrucción del país, sino también a otros, derivados de grupúsculos terroristas, que integran terroristas condenados en sus listas y que han apretado el gatillo contra la nuca de muchos de sus compañeros de partido, entre otros inocentes.
Además, nos ha vendido a la gentuza de extrema izquierda que, por ineptitud o por voluntad propia han perjudicado a todas las causas que dicen favorecer, soltando violadores, propiciando la subida del mercado inmobiliario y, por lo visto últimamente en el caso de Errejón, presunto abusador, presunto pervertido y presunto hijo de la gran puta, ocultando bajo las alfombras baratas de sus despachos y hasta de sus casas la mierda propia, mientras esparcían la ajena con el ventilador.
No sé si ustedes entienden que todo esto justifica no creer en la democracia. Me da igual. Me da igual lo que piensen ustedes.
Yo lo tengo muy claro.

