Hacia una sociedad sodomizada. Por Antonio E.

Hacia una sociedad sodomizada.

«Se avecinan semanas decisivas, donde todos y cada uno de nosotros tendremos que emplearnos a fondo, en nuestras críticas, y nuestra forma de expresarlas»

Se avecinan semanas decisivas, donde todos y cada uno de nosotros tendremos que emplearnos a fondo, en nuestras críticas, y nuestra forma de expresarlas. Bordearemos el umbral entre lo permisible, y lo tolerable. Hoy toca sosiego, aunque el tema sea tan importante o más que, lo que nuestros dedos puedan redactar con recalculada grandilocuencia. Cuando un régimen sobrepasa lo legal, adentrándose en lo criminoso, la salida de esa situación puede ser altamente explosiva, sobre todo cuando la cúspide de la trama se juega todo a una sola carta. Nos están asfixiando, sin que la ciudadanía se dé cuenta, o sí, el caso es que la mayoría no hace nada por evitarlo. De la frialdad con que lo afrontemos dependerá que salgamos de ella sin derramamiento de sangre. Al loro. 

Hasta entonces qué mejor que hablar de cómo han estrangulado la personalidad de la ciudadanía española, alienando a nuestra juventud mientras, silentes y rendidos, esperamos la tormenta que se está fraguando sobre nuestras cabezas. 

Carolina Marín.

Nuestro único objetivo es ganar una medalla de oro”. Esto fue lo que declaró Lebrón James, jugador de baloncesto estadounidense, antes de los JJOO de París. Imagino que, como yo, perciben la determinación que destilaron aquellas palabras, era innegable. En contraste, si quieren, pueden perder el tiempo buscando esa determinación en las declaraciones de los deportistas españoles en relación al mayor evento deportivo a nivel mundial. No las encontrarán, la propaganda de la prensa nunca gana medallas, más bien adormece las ganas por conseguirlas. 

Tenemos honrosas excepciones, como Carolina Marín, que compitió para ganar, y de ahí sus lágrimas de rabia y frustración tras lesionarse cuando estaba a punto de clasificarse para la final de bádminton. Sin embargo, lo de Carolina, ese gen ganador, es una excepción, lo típico en España es prometer “esforzarse al máximo”, cosa que se traduce en un indeterminado número de diplomas olímpicos (reconocimiento oficial por haber quedado entre los 8 primeros de cada disciplina), de los que además presumimos. O sea, lo habitual. 

Si lo anterior lo trasladamos a la política, el panorama es aún más desolador, ya que en este caso el político juega con el presente y el futuro de toda la ciudadanía, poniendo como modelo su repulsivo pasado. El ejemplo más claro es el actual, donde el máximo responsable, al parecer, de lo único que se ha ocupado es de amasar maldad odio sectarismo y poder, sobre todo poder, y fortuna para los suyos. Puede que esta maldición sea merecida y, en general, no merezcamos nada mejor, pero demostraríamos una gran miopía si detenemos nuestro análisis en este punto, y no vemos que no es una casualidad, si no una tendencia. 

En la sociedad española se ha instalado, cual humedad en el techo del salón, una suerte de conformismo que alcanza a todos los ámbitos de la vida. A nivel deportivo, la participación se ha convertido en el fin último, cuando hace tiempo había que haber inculcado algo de competitividad a los niños que comienzan a hacer deporte. El mal llamado progresismo lo ha proscrito, que los perdedores se sientan eufóricos por perder, es la regla. 

En colegios, institutos y universidades se penaliza el esfuerzo, dar lo mejor de uno mismo ya no supone una diferencia respecto del que tienes al lado, destacar, es un delito. Al fin y al cabo, el aprobado está asegurado, así que resulta más satisfactorio a nivel personal continuar explorando la estupidez humana en la pantalla del móvil, en lugar de estudiar. 

Mimetizar al estudiante con el político es todo un hallazgo, sobre todo para los que siendo nada, aspiran a serlo todo. La izquierda extrema iguala por abajo, cuanto más abajo, mejor. 

El hecho de que me haya referido a la juventud de este país no es baladí. Son el futuro, lo que la sociedad siembre en ellos ahora, será lo que se recoja en el futuro. De momento, está claro que imperan el conformismo, una voluntad de cristal y una intolerancia a la frustración que, convenientemente aliñada con la cultura de los videojuegos y la molicie individual, está derivando en violencia. Gran victoria la del socialismo, crear un rebaño donde antes había hombres y mujeres libres e iguales, hoy día adefesios sin substancia sin principios y sin obligaciones. 

Sin embargo, esto no significa que el problema se haya pospuesto, ya está aquí. Nos hemos acostumbrado a que los servicios públicos, pagados cada vez con más impuestos, funcionen cada vez peor, pero pocos protestan. En los hospitales las listas de espera para una operación aumentan, llamas a cualquier organismo público para recibir atención y lo que recibes es ignorancia, en todos los sentidos posibles. Imbéciles amanerados te ignoran, o directamente te atiende un ignorante que ha accedido al puesto por pedigrí sindical. La policía no está donde tiene que estar, no se puede molestar al delincuente. Los profesores y la educación de tus hijos son cada vez peores, los trenes ya no llegan a su hora, las ayudas del estado ya no son para los que más las necesitan, porque “cobrar el SMI es ser clase media” tal y como dijo la vicepresidenta. 

Ya lo avisó hace años Margaret Thatcher: “el socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero… de los demás”. España en este sentido está tiesa, y lo peor de todo, dormida sobre las ruinas de su deuda… pero tú tranquilo que todo va bien, hasta que la sociedad descarrile sobre la basura que con tanto cariño ha esparcido la izquierda atemporal. 

A final de mes recibirás la nómina y tirarás para adelante con la menguante cifra de la esquina inferior derecha, con la que tú y tu familia tendréis que sobrevivir el siguiente mes. Mientras tanto, a tus hijos les recomiendas que anden con cuidado y que no pisen el parque que tú has pagado con tus impuestos, porque resulta que ahora lo frecuentan un grupito de jóvenes nada convenientes, de los que se espera que algún día paguen tu pensión. Sí piensas que será así, duerme tranquilo progresista, que el futuro lo tienes asegurado, al otro lado de las puertas del infierno. 

Recientemente tuve la oportunidad de tomarme un café con un amigo de la infancia. Después de ponernos al día sobre nuestras vidas familiares, me relató cómo había ascendido en su negociado, omitiendo seguramente el método utilizado. Mi antiguo amigo es el típico funcionario de alta alcurnia, exceso de labia, trepa de izquierdas que no ha dado un palo al agua en su vida, pero que supo arrimarse al árbol conveniente. Ahora tiene una casa en las afueras de la ciudad, un Tesla de 95000 euros en su garaje y un perro de cuya raza no supo darme señas. 

El susodicho es un personaje literalmente insoportable, incluso para los suyos, que con treinta años más a sus espaldas ha ido a peor. Un necio impenitente parapetado tras una supuesta superioridad moral de cartón-piedra. Resulta que el tipo, previsible en todos y cada uno de sus comentarios, me comentó al calor de una cerveza fría, lo preocupado que estaba porque su hija mayor, la joya de su corona, llevaba dos meses saliendo con un marroquí ocho años mayor que ella. “¿Y eso qué tiene de malo?” le pregunté cínicamente. Por una vez en su vida, el personaje desvió la mirada y respondió que la chica llevaba un par de semanas rara y que además su mujer la había visto moratones en ambos antebrazos.  “Eso te puede pasar con uno de aquí”, acerté a improvisar en un comentario lo más bienintencionado posible, a lo que él me respondió que ya lo sabía, pero que la situación no le gustaba un pelo. “Lógico”, le respondí, con naturalidad. 

En ese punto, empecé a sentir por dentro que, inevitablemente, iba a ajustar un par de cuentas con mi antiguo compañero. Yo vengo de una generación, dolorosamente él también, donde el conformismo no existía, sí el respeto por los demás, y por las reglas que dicha generación se había dado a sí misma, dadas las circunstancias. Por lo que sentí pena era por su hija, los hijos nunca tienen culpa de los errores de sus padres. 

Respirando hondo le dije: “Mientras la gente como tú movía los hilos, legislaba y votaba para que el novio de tu hija lo tuviera fácil para llegar hasta mi barrio, para hacer lo que les viniera en gana, tú te reías. Ahora, querido compañero, vas a probar lo que yo y los míos llevamos años soportando. Te deseo lo mejor, pero, por fin, tu hipocresía te ha alcanzado”. 

Al instante lamenté haberle dicho lo que pensaba de él, y de sus correligionarios, pero pesó más mi rabia que la disculpa que sin duda tenía que darle. 

La hipocresía, el cinismo y la estupidez del votante de izquierdas nos ha alcanzado a todos, en esta sociedad moralmente destartalada que proyectó el social-comunismo gobernante como remedio a sus males. Lo que nadie imaginó al votar a estos indeseables es que con ellos irían a peor, no es una frase hecha, es una certeza apabullante. Una cosa es que el elefante esté en tú habitación y no quieras verlo, y otra muy diferente es que el elefante haya empezado a pisar cabezas y sepas que ahora te va a aplastar la tuya, pienses lo que pienses y votes lo que votes. La realidad te ha alcanzado. 

La sociedad conformista, apática, ignorante, hipócrita, buenista e idiota hasta límites insospechados, ha fraguado en lo que hoy día podemos ver, un amasijo de imbéciles y retrasados funcionales. Esto incluye al votante de izquierdas medio que, curiosamente, vive de puertas para adentro como uno de derechas. Adora el orden, preserva lo conseguido, y no gasta más de lo que tiene. Seguramente cierra la puerta con dos vueltas de llave y dos cerrojos, antes de dormir. Que su mala conciencia y estulticia le hayan hecho votar durante décadas la misma mierda, a sabiendas o no de lo que iba a pasar, ya es irrelevante, sabe que no va a salir del pozo que él mismo ha contribuido a crear. 

La realidad nos manda un mensaje muy claro, tenemos que salir a la calle a trabajar cada vez más, por menos. Comprar más caro, por peores productos. Pagar cada vez más impuestos por peores servicios, prescindir de lo que hasta hace pocos años era normal, y… seguir votando a los verdaderos culpables. Tener un presidente tan guapo y tan sodomizado políticamente por la peor ralea de este país, no sale gratis, y aunque parezca que esta sociedad ha tocado fondo, sigue excavando ignorando que desde hace varios años vive sodomizada por lo que unos vulgares chorizos denominan progresismo, la coartada perfecta. 

 

Antonio E.

“Lo valioso no es lo conseguido, lo verdaderamente importante es mantenerlo”. Nacido en Valladolid, diplomado en el noble arte de trabajar y doctorando en la disciplina más importante que existe: conseguir ser un buen español. Autor de varios libros, desde siempre me gustó leer la historia de mi país, aprenderla, estudiarla y compartirla. Su desconocimiento nos aboca, irremediablemente, a tropezar en las mismas piedras de siempre. Odio la doblez, la traición, el engaño y la cobardía, rasgos que abundan cada vez más en nuestra sociedad.

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