
«Una melodía quedaba difuminada por el murmullo intrascendente y por las voces de los vendedores que exhibían en el suelo sus mercancías»
La muchedumbre avanzaba mecánicamente, como las propias escaleras que nos conducían hacia el exterior.
Una melodía quedaba difuminada por el murmullo intrascendente y por las voces de los vendedores que exhibían en el suelo sus mercancías.
A medida que avanzábamos iba aumentando el volumen de la música, lo que ponía de manifiesto su cercanía.
Una chica muy joven hacía sonar un pequeño órgano. Sus dedos finos y largos parecían hechos a la medida para tocar ese instrumento. Su delicadeza era tal que apenas parecía apoyarlos sobre las teclas. Un cabello descuidado mostraba en ella la crudeza de la calle, en contraste con una expresión inocente en su cara, a la que había que añadir el elocuente candor de quien fue educada en el amor de una familia.
Aprovechaba el momento de mayor afluencia de gente para intentar agradar más, esbozando una ligera sonrisa, esperando que alguien depositara una moneda sobre el gorro de lana que había en el suelo. Cerca de ella, un chico la acompañaba con una guitarra.
Él parecía más castigado por la vida callejera. Mostraba cierta indiferencia por su trabajo. Tal vez un tiempo muy prolongado en esas condiciones le había robado la alegría, y su cara parecía reflejar haber estado atrapado por la droga. Apenas miraba a su compañera.
De vez en cuando, algún empujón en la espalda me hacía reaccionar durante el tiempo que yo observaba a aquella joven.
Saqué un papel para escribir unas frases que terminaban con la palabra “perdóname”. Con suavidad dejé caer la nota sobre aquel ajado gorro. Con el corazón encogido, me fui alejando.
La música dejó de sonar y sin retroceder volví la cabeza. Allí estaban los dos mirándome fijamente. Les fui perdiendo de vista envuelto en un enjambre de gente, con la única idea en mi pensamiento de poder volver a apretar mi mejilla contra la suya, como cuando era una niña y la tenía entre mis brazos.
(© 2024 Manuel Sanz Real)
