Doctor Pipo. Por Manuel Sanz Real

Doctor Pipo. Foto de Flickr

«Ante alguna provocación cómica del payaso, todos a coro voceaban al unísono, desgañitándose hasta conseguir que su voz fuera la que más sobresaliera»

Correteaba por los largos pasillos del hospital, con la misma agilidad y velocidad de una liebre haciendo quiebros. 

Su cabeza, sin un solo cabello, advertía de la dureza de los tratamientos usados en él y de la severidad de su enfermedad. Pero Iván, ajeno a todo aquello, se divertía como en el mejor parque infantil. 

Cuando me veía llegar se ocultaba con sigilo, invitándome a jugar al escondite, mientras con un inocente disimulo, comenzaba a asomarse y estallando de alegría me tomaba la delantera hasta decir gritando con su balbuceo: ¡casa! 

Con insistencia me agarraba la mano, tirando con fuerza de mí, para invitarme a participar en alguno de sus inagotables juegos. 

A lo lejos todas las tardes sonaba un pito. A medida que éste se iba escuchando con más nitidez por la cercanía, Iván interrumpía cualquier actividad para mirarme con cara de sorpresa, señalando con su suave y fino dedo hacia la procedencia de aquel sonido. Esbozaba como siempre su ya habitual sonrisa, al mismo tiempo que dejaba entrever los blancos dientes que asomaban en su boca. 

Inquieto, iba a su habitación a recoger algún juguete para intercambiarlo con otros niños.  

Se trataba del Doctor Pipo, un payaso que todas las tardes se acercaba a actuar para ellos. Como si de una ceremonia se tratara, se sentaban con gran atención a su alrededor formando un círculo. De vez en cuando, ante alguna provocación cómica del payaso, todos a coro voceaban al unísono, desgañitándose hasta conseguir que su voz fuera la que más sobresaliera.  

Iván era de los más participativos, no paraba de hablar, era el típico parlanchín sumergido en sus ingenuas fantasías de mil cuentos. 

Otras veces, al advertir mi presencia se hacía notar para agradarme. Pateaba una pelota hacia adelante mientras hacía equilibrios para no caerse. Saltaba y se paraba sobre un pie durante unos segundos, despilfarrando alegría, una alegría mucho más rebosante al enseñarme con toda ilusión, los dibujos que había colgado en su habitación. 

Echándose a correr, al final daba un fuerte salto tirándose encima de mis brazos, con la intención de que yo le cogiera y pegara su cara a la mía, con un gesto lleno de ternura y cariño, acentuándose más al percibir la limpidez de su mirada, con sus enormes ojos abiertos. Para terminar siempre con un beso mío lleno de pasión, en sus acolchadas mejillas. 

Agotado por tanto trajín, le acurrucaba en su cama y sumergido ya en un sereno sueño, observando su inocencia, yo me preguntaba con curiosidad por lo que soñaría un niño, desde su más hondo descanso. 

Todos los días oigo tu voz jaleando al Dr. Pipo, mientras este hacía sonar su divertido silbato.  

Todos los días escucho tus felices risas inagotables. 

Todos los días veo tu fino y delicado dedo, apuntando hacia algún horizonte cargado de ilusiones y esperanza.  

Todos los días siento tu cara junto a la mía, con aquel gesto cargado de tanta ternura. 

Todos los días huelo tu piel a dulce vainilla. 

Todos los días sueño contigo. 

Todos los días te sigo queriendo, cada vez más. 

Todos los días, desde el mismo momento que dejé de verte, vengo como siempre a depositar este ramo de rosas blancas para ti, hijo mío. 

 

(© 2024 Manuel Sanz Real) 

Manuel Sanz Real

Nací en Madrid, en 1958. Mi vida profesional ha transcurrido mayoritariamente en la Administración Pública. He cursado diversos estudios de Derecho Tributario y Asesoría Fiscal. Mi afición por la escritura ha estado siempre latente, escribiendo de forma amateur y realizando diversos cursos tales como: “Creación del personaje en la novela”, “Un relato de terror contemporáneo”, etc. impartidos por el profesorado del Taller de escritura Fuentetaja, convocados por “El Portal del Lector de la Comunidad de Madrid.

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