
«Con todo, lo más bochornoso ha de ser sin duda encargar el texto a un negro y que lo haga peor que uno mismo»
O causalidades, como diría nuestro añorado Fernando Sánchez Dragó. Que son dos, de ayer mismo. Pues resulta que mantuve este jueves una conversación telefónica con el periodista Manuel Artero, donde le agradecía el bonito detalle navideño con que me obsequiaba. Y hablamos de la Navidad, la escritura, de Informe Semanal y de María Antonia Iglesias. De la preocupación gramatical y ortográfica que me atormenta al escribir mis columnas y de aquellos tiempos en los que, en los medios de comunicación, se corregían los textos antes de llegar a las prensas. Hemos de pensar que si el mejor escribano es capaz de echar un borrón, qué no haremos los bienintencionados aficionados a la pluma. Pues hete aquí que al día siguiente me encuentro en la red social “X” un comentario de doña Aurora Pimentel Igea (traductora, profesora, amante de los pájaros y la cocina) enmendando la plana al Diario de Ávila, en el cual una colaboradora había escrito “aremos”, que es imperativo del verbo “arar” cuando tendría que haber utilizado el futuro de indicativo “haremos” del verbo “hacer”. A este respecto nos indicaba la doctora en Filología Teresita (que también se prodiga en La Paseata) como “urgente la figura de los correctores en los medios escritos”. ¡Cuántas meteduras de pata no habré coleccionado yo en mi breve trayectoria literaria!… Y qué cierto es eso de que “en boca cerrada no entran moscas”. Ni en tintero sellado. Con todo, lo más bochornoso ha de ser sin duda encargar el texto a un negro y que lo haga peor que uno mismo. No sé de ningún caso -que los habrá- pero me encantaría traer esa información a estas páginas.
Otra casualidad la encuentro en que, durante la citada conversación con mi editor, me lamentaba de que no tenía la menor idea del tema a tratar en el artículo de hoy. Por un oído le entró y por otro le salió. La tarea del columnista es un trabajo solitario, donde nadie te ayuda y donde no existe la piedad. Ni un triste café con leche te ofrece el director cuando llegas tembloroso y anémico al periódico. Decía que se produjo otra casualidad, o más bien causalidad, pues esa misma noche le echaba un vistazo por internet al Diario de Teruel deteniéndome en una columna de Raquel Fuertes titulada “Vacío”. En ella confesaba por segunda vez en diecisiete años que se había encontrado con “el vacío más absoluto” a la hora de escribir su columna. Y eso que si no nos engaña la periodista, tenía en su cabeza desde el día anterior “varias columnas (que) eran brillantes, oportunas, atractivas y entretenidas”. Todo ello se había esfumado en unas horas. ¿A quién no le ha pasado alguna vez? Quien esto escribe por ejemplo, no tiene aún ni idea de lo que ha de enviar a la Redacción para publicar el sábado. Pero no me pongo a llorar como Raquel Fuertes, que parece mentira siendo de la recia Calamocha que encima le eche las culpas al peluquero. Yo por mi parte dejo en paz a mi peluquera, quizá porque no sea de Bildu como la que tuvo don Javier Maroto cuando era alcalde de Vitoria.
Y miren que es sencillo. En una ocasión le preguntaron a ese escritor tremendo que era don Camilo José Cela qué tenía que hacerse para escribir. Había que tener agallas y oficio para entrevistar al autor de La Colmena porque podía soltarte cualquier barbaridad o una flatulencia. Pero curiosamente don Camilo se mostró como hombre sencillo que era a la par que educado dando poco más o menos esta respuesta: “Tener algo que decir”. De modo que si un columnista no tiene preparados los cuatro párrafos a que está obligado es cosa clara que no tiene nada que decir, blanco y en botella que diría aquél. Y que aquí (por seguir con otro gallego) no hay tutelas ni tutías y lo que hay que hacer es ponerse a trabajar de firme. Porque el lector espera nervioso, y caramba, ha pagado sus buenas cuarenta pesetas por su diario de confianza. Y no valen excusas ni vacíos; ni tan siquiera sirve el temor al donoso escrutinio a que nos somete doña Aurora Pimentel.
