El huevo fantástico. Por Manuel Sanz Real

Huevo fantástico . Imagen de Roberto Latxaga

“Cuando se recibe tanto daño, hasta alguien tan inofensiva como yo, puede convertirse en la peor de tus pesadillas”

Con cautela, como era su costumbre diaria, volvió a entrar la ya familiar comadreja en el desvencijado corral, rebuscando entre los rincones algún exquisito huevo. 

Enterrado entre la hojarasca de un pequeño recoveco, no tardó en descubrir uno. Aquel huevo llamó la atención de manera especial al pequeño ladronzuelo, percatándose que no era como los demás, su forma y color eran perfectas. Al momento apareció una blanca gallina con la cola abierta en forma de abanico, dando muestras de una elegante belleza. Rogó a la intrusa que volviera a dejar aquel huevo en el mismo sitio: “estoy segura de que de ahí saldrá un hermosísimo gallo” suplicó la gallina a la alimaña. Aquel glotón se apiadó de sus desesperados ruegos, abandonando el gallinero por el mismo sitio por el que entró; no sin antes depositarlo otra vez con delicadeza. 

Con el crepúsculo, una octogenaria anciana ataviada de un riguroso luto y cubierta hasta la cabeza con un pañuelo negro, recorría con codicia los ponederos del corral. Acompañada por su cesta de mimbre los iba colocando con sumo cuidado, algunos de ellos todavía calientes.  

La anciana se detuvo en seco al descubrir un huevo escondido entre la broza. Sorprendida al ver el lugar en donde estaba, lo recogió con escrupuloso celo, fascinada por la asombrosa forma tan perfecta que éste tenía.  

La afligida gallina se interpuso en su camino suplicando con angustia que no se llevara aquel huevo: “es mi bien más preciado” repetía sin cesar una y otra vez. La abuela, impasible, apartó a la desconsolada gallina de un puntapié.  

Mientras avanzaba por un oscuro pasillo hacia la cocina, escogió una pequeña sartén que colocó encima de unas requemadas trébedes. Atizó el fuego con un fuelle y echó abundante aceite. Sus surcadas manos y mugrientas uñas tomaron aquel huevo tan perfecto, y golpeándolo secamente contra el borde de un plato, lo arrojó sobre el humeante aceite. No tardó el huevo en extenderse a lo ancho de toda la superficie. Chisporroteando entre la burbujeante clara, emergió en el centro como un iceberg, una yema anaranjada inflándose más y más, a medida que la anciana lo rociaba con una espumadera, añadiendo una pequeña cantidad de sal.  

Con un largo y afilado cuchillo, partió unas rebanadas de una hogaza de pan, casi a la par que sacaba el huevo de la sartén. Reventó la yema con un buen trozo de ese pan, sin poder reprimir una pequeña sonrisa de felicidad al ver aquella maravilla.  

Al saborear ese bocado tan esperado, de inmediato notó cómo un amargo sabor semejante a la cicuta invadía hasta el último rincón de su desdentada boca. Sus músculos empezaron a paralizarse, apenas podía articular palabra para pedir ayuda. La sensación de ahogo iba en aumento, sintiendo que la vida escapaba de su cuerpo hasta dar la última bocanada de aire, desplomándose del taburete.  

En los estertores de la muerte, aún pudo oír una voz cavernosa  que resonando en el aire le decía: “cuando se recibe tanto daño, hasta alguien tan inofensiva como yo, puede convertirse en la peor de tus pesadillas”. 

 

(© 2024 Manuel Sanz Real) 

Manuel Sanz Real

Nací en Madrid, en 1958. Mi vida profesional ha transcurrido mayoritariamente en la Administración Pública. He cursado diversos estudios de Derecho Tributario y Asesoría Fiscal. Mi afición por la escritura ha estado siempre latente, escribiendo de forma amateur y realizando diversos cursos tales como: “Creación del personaje en la novela”, “Un relato de terror contemporáneo”, etc. impartidos por el profesorado del Taller de escritura Fuentetaja, convocados por “El Portal del Lector de la Comunidad de Madrid.

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