
“Oh, have i come to the point of no turning back, ori s it still time to get into then swing of things ”. “Oh, he llegado al punto en el que no hay vuelta atrás, o todavía hay tiempo para volver al ritmo de las cosas”.(“The swing of things”. A-ha).
No se si ustedes habrán tenido la misma experiencia, pero yo he descubierto, en un reciente viaje a Nueva York, que muchas veces hay que mirar con perspectiva a ciertas cosas, desde la distancia, para apreciarlas realmente en toda su magnitud. A veces, las más de las veces, diría yo, la cercanía no facilita la observación. El estar en el epicentro de algo, puede dañar la perspectiva y ofrecernos una realidad sesgada o incompleta. En el sentido físico, admirar la línea del cielo de Manhattan desde el bello barrio de Hoboken, en New Jersey, fue lo que me permitió comprender su magnitud y su belleza, mucho mejor que entre la mole de sus rascacielos, en la misma Times Square.
Es asombroso como, en ciertas ocasiones, estas sensaciones empíricas, físicas, son trasladables a otras mucho más teóricas e incluso metafísicas. A poco que uno reflexione, las respuestas más complejas obedecen a preguntas muy sencillas, del mismo modo que una incógnita, no descubierta pese a grandísimos esfuerzos, se resuelve del modo más extemporáneo, más inesperado, en un abrir y cerrar de ojos.
Hace apenas trece meses, yo era poseedor de uno de esos títulos inapreciables e inapreciados, que sin embargo te sostienen como un andamio sostiene a un edificio en ruinas. Hace apenas trece meses, yo era hijo. Parece algo sencillo y obvio. En este mundo, todos somos o hemos sido hijos de alguien. Es, de hecho, el único parentesco cierto y universal. Todos los demás, hermano, primo, suegro, abuelo e incluso padre o madre son circunstanciales, en tanto que nadie te asegura que tendrás hermanos, yernos, nietos o hijos. Sin embargo, los padres vienen de serie, por lo que todos, insisto, hemos sido o somos hijos de alguien.
Y probablemente sea por esa certeza, por esa obligatoriedad física, que ser hijo es, en principio, el menos apreciado de los parentescos, desde el punto de vista sintáctico y desde el punto de vista real. Es algo que damos por hecho, desde la inconsciencia. Nadie, por ejemplo, es consciente de la imprescindibilidad del oxígeno, hasta que estás a treinta metros de profundidad y se te acaba la bombona. Entonces te das cuenta de que has estado dando por descontado algo imprescindible, pero que hasta las cosas imprescindibles terminan desapareciendo.
O puede que sea también porque en el escalafón de los parentescos, ser hijo es la base de la pirámide, como ser soldado raso, mientras que todos los demás son ascensos en el status social, que vienen dados por la circunstancia o la edad.
Hace unos trece meses, como ya he dicho, yo era hijo. No voy a decir que vivía esa circunstancia con la inconsciencia del neonato, pero si es cierto que la cercanía de la situación no me permitía apreciar con perspectiva la magnitud del privilegio que esto suponía, del mismo modo que estar en Manhattan no me permitía apreciar los rascacielos.
Es ahora, desde la perspectiva de estos doce meses que me arrancaron los galones, desde la distancia de mi Hoboken particular, cuando puedo apreciar la magnitud que suponía esta situación, con la diferencia con respecto a lo físico de que lo metafísico del asunto es que aquello que ahora aprecio en la distancia, ya no existe.
Y este tiempo me ha demostrado, a mi pesar, que quizá no fui consciente de mi suerte, en su momento. Que quizá no comprendí que tener alguien en tu vida que se preocupe más por ti que por sí mismo es una situación que raramente vuelve a darse cuando pierdes a tus padres, aunque tú no seas consciente de ello, de que están ahí, como el guardián entre el centeno, vigilando tus pasos para que no tropieces; que, aunque no siempre sean capaces de impedir tu caída, siempre, sea cual sea la circunstancia, te ofrecerán, al menos, su mano para levantarte y poder seguir. Que lo darán todo, aunque a veces se oculten bajo la máscara de la hosquedad, aunque su sonrisa ante tus avances, también a veces, no llegue a aflorar a sus labios.
Nadie es más generoso que un padre, que una madre. Y nadie es más egoísta que un hijo, en todas las circunstancias. Quizá, por eso, huérfano sea, en este inapreciable escalafón, la más infame de las opciones.
«¿Cómo puedo dormir con tu voz en mi cabeza?» (“The swing of things”. A-ha).

