El fuego y la mala gestión, que no cesan. Por Gusarapo

El fuego y la mala gestión, que no cesan.

«El fuego necesita alimento, sin él, no prospera, no medra, no crece. Imagino que algún día alguien se dará cuenta. Alguien de los que mandan»

Por aquí siempre se ha dicho aquello de «a buen hambre no hay pan duro«, y de hace unos días a esta parte se lo aplico a diario a las ovejas, que están apañándose con la poca hierba seca que no quisieron comer verde en la primavera.

La oveja, al igual que cualquier otro animal, incluidos nosotros, tiene gustos y preferencias, y suele comer las hierbas tiernas y agradables a su paladar, despreciando o desestimando aquellas que no le son gratas o apetecibles, pero cuando el calor del estío agosta los campos, y más aún en un año de gran sequía como el actual, se agarran a lo poco que encuentran, por malo que les resulte, ortigas incluidas.

Estos días de mucho calor, se meten entre el arbolado y los matorrales buscando la sombra y también hojas verdes que les llenen la panza.

Hasta un metro veinte o treinta, aproximadamente, han ramoneado todo lo que había, es decir, que han comido las hojas y tallos más tiernos de las ramas.

Las cabras son más hábiles y vivas, y como saben ponerse a dos patas, siempre llegan más arriba que las ovejas y consiguen mejores bocados.

Este año va con un mes o más de adelanto. Antiguamente, y todavía en algún sitio, en el tiempo del agostamiento, allá por mediados a finales del mes de agosto, en los prados y zonas húmedas de por aquí, pastores y vaqueros se subían a los fresnos para desmocharlos y alimentar con el ramón de fresno a los ganados.

Siempre se tuvo a la hoja de fresno por buen pienso, buen alimento.

A una altura variable, que depende de la formación del árbol y del gusto del personal que lo manejaba, bien por uso o bien por capricho, entre dos y tres metros, se practicaba una poda muy severa de todas las ramas que conformaban la copa. Esta poda recibe el nombre de desmoche o escamonda.

El ganado gusta mucho de comer las hojas de fresno o freniza. Las ramas peladas, ya sin hojas, se utilizaban para distintos usos, principalmente para leña de braseros y chimeneas.

Al fresno desmochado se le conoce con el nombre de fresno trasmocho, y se caracteriza por tener la cabeza, la parte donde se desmocha, más gruesa que el resto del tronco.

Muchas de las fresnedas de zonas de ribera están compuestas por fresnos trasmochos. Por aquí el más abundante es el Fraxinus angustifolia o fresno de hoja estrecha.

También se desmochaban los robles, Quercus robur. Aquí, en la sierra, el Quercus pyrenaica.

La encina se dejaba para más adelante, para el invierno, para el tiempo de los hielos, aunque si hacía falta, cuando tocara.

En estos campos la relación entre la flora y el ganado ha sido estrecha y directa desde tiempos ancestrales. Y de su relación ha surgido una gran biodiversidad. Aquí todo está íntimamente unido.

Donde pastan mis ovejas el campo está limpio de fusca, de maleza, de hierba seca. Quiera Dios que no tengamos que verlo, pero si hubiera fuego, aquí causaría poco daño.

El fuego necesita alimento, sin él, no prospera, no medra, no crece. Imagino que algún día alguien se dará cuenta. Alguien de los que mandan, claro, porque de los que no mandamos creo que todos lo tenemos claro.

Les he hablado de fresnos. Esta mañana estando con el empleado de un amigo, le pregunté si conocía a alguien de la zona que siguiera haciendo «porros«. El porro es un palo largo y grueso que remata en un engrosamiento que forma una bola. Con el porro algunos conducían y manejaban las reses. Y con él, algunos, se ocultaban tras una pared, y se hacía pasar junto a ella a la res, y entonces se descargaba sobre la frente del animal la bola del porro con gran fuerza, a fin de atontarlo y hacer perder el pie, y una vez en el suelo, inconsciente, se le metía el cuchillo al cuello para que se desangrase.

Parece bestial y cruel, pero el animal, tras recibir el golpe, no sufría. Eso sí, había que tener fuerza y puntería. Aunque no se puede negar que las gentes ganaderas de antes, quienes manejaban los ganados, que no es lo mismo que los ganaderos, tenían muchas energías y fuerzas, y eran hábiles y solían tener buena puntería a base de tirar muchas piedras al ganado y por aburrimiento a lo largo de los días de pastoreo.

Hoy en día se utilizan otros medios.

Resultó que no conoce a nadie que siga haciendo porros por aquí. El los hacía de joven. Me estuvo contando de qué forma cavaba alrededor de los retoños que salían a los pies de los árboles en pleno invierno, con las manos y la tierra heladas.

Me dijo que aún conservaba cuatro de aquellos que él hizo, aunque están carcomidos y empochecidos de tenerlos tirados en una vieja casa de pueblo. Le pedí que me vendiera o regalara uno. A ver si hay suerte.

Así se hacían antes las cosas, por uno mismo. Los astiles o mangos de azadas y picos, de palas y hachas, se elaboraban con frecuencia en las casas. Se iba al monte, se escogía, se cortaba y se llevaban para casa los futuros mangos. Luego se pelaban y se dejaban orear y secar al fresco.

En una ocasión, un amigo me preparó el mango de un destral de tres kilos. Lo hizo de roble, desbastando y afinando con un cepillo de carpintero y una lima la forma del palo en toda su longitud. Una virguería. En su casa todo se hacía por ellos.

El porro también puede hacerse de roble o de encina, Quercus robur y Quercus ilex, y es mucho más duro y fuerte, pero también más pesado y con más posibilidad de abrirse, rajarse.

El peso se debe a la densidad. La madera de encina es muy densa, 960–1.045 Kg/m³, la del roble algo menos, 770 kg/m3, la del fresno, 690 kg/m3, la de pino, 500 kg/m3, la del Chopo, 480 Kg/m3, la de ébano, por curiosidad, es de 1.050 kg/m3.

A menor crecimiento mayor densidad. A menor crecimiento más precio, porque la madera se vende, si se quiere y si te dejan cortarla. A mayor densidad, mayor retención de agua.

Tras un incendio las quercineas tienden a rebrotar pero las coníferas no. Las coníferas se regeneran en un campo quemado a partir de las semillas diseminadas por el fuego.

En los años cuarenta del siglo pasado se inició una ardua tarea de repoblación de terrenos públicos con extensión a privados, en base a las propuestas realizadas por D. Joaquín Ximénez de Embún y Oseñalde y D. Florentino Azpeitia Florén, ingenieros de montes, como principales redactores del Plan General de Repoblación Forestal de España de 1939.

Los objetivos de este plan eran reforestar unos cuatro millones de hectáreas para reducir la erosión y abastecer de madera a sectores muy demandantes de ella.

Al inicio del plan, la demanda de madera era de unos tres millones setecientos mil metros cúbicos cuando la oferta nacional era de aproximadamente un millón cuatrocientos mil metros cúbicos.

Se pasó de una perspectiva naturalista a otra productivista.

Se generaron miles de puestos de trabajo y una red estatal de funcionarios públicos encargados de ejecutar y supervisar los trabajos y el seguimiento y conservación de las áreas forestales y naturales.

Hoy se critican las plantaciones a base de coníferas, pino sobre todo, pero se hace desde la perspectiva y conocimientos actuales, olvidando la situación del país en aquel momento, recién salido de una guerra y en ruina, y los conocimientos que tenían, pero aquellos trabajos fueron un gran éxito y hoy seguimos disfrutando de paisajes de gran belleza y de verdaderos pulmones y gran diversidad gracias a ellos.

Hace tiempo que se abandonó una adecuada gestión y un adecuado mantenimiento de las masas forestales al pretender que la naturaleza se rija por sí misma cuando se trata del resultado de una intervención humana. Mismo caso que todo lo que vemos y nos rodea cuando salimos de la ciudad.

Año tras año el campo se quema, los pueblos se vacían y las actividades agrarias se van a andonando. Probablemente estoy equivocado, seguro que lo estoy, pero no creo que tanta gente lo esté y mucho menos aquellos que durante siglos vivieron y trabajaron formando y modelando todo cuanto vemos y disfrutamos.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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