
«Con todo respeto, Majestades: ¿Le parece bonito su comportamiento de entonces, don Melchor? ¿Estaban buenos los mantecados de Felipe II, don Baltasar?»
Majestades:
Rompo mi silencio por imperativo moral y por un deber de conciencia. Demasiado he callado durante estos años y el malestar por haber ocultado la verdad durante largo tiempo me corroe. Bien es cierto -como más adelante explicaré- que la culpa me corresponde sólo al 25% y a Sus Majestades hay que atribuir el restante 75% (un 25% por corona). Supongo que lo recordarán, porque episodios como ese no se han producido nunca, que se sepa. Hasta el más remoto poblacho de la más perdida región del país más oculto de la gretaesfera han llegado puntualmente de madrugada los regalos para los niños. Sus cartas son claras y precisas y sus deseos son inocentes y puros como la misma infancia. No siempre se satisface sus peticiones, pues aunque ustedes son magos también son sabios y viejos y tienen que atender a diversas coyunturas de todo tipo.
Aquella noche -y esto, insisto, es una primicia- era fresca y apacible en la pequeña localidad de Vivar del Rastrojo. Tras una copiosa cena se había hecho tarde. Mi mujer y mi hija se habían retirado a sus aposentos para dormir esperando la sorpresa de la mañana. Yo me quedé sentado en la butaca viendo la televisión, todavía con el fuego del hogar crepitando. Sobre la mesa, unos turrones y dulces y una botellita de oporto añejo recién abierta, gracias a la cual realicé mi digestión divinamente. Tanto es así que no tardó en llegar el sueño. En el trascurso del duermevela creí oír ruido, voces extrañas, el tintineo de unas copas y hasta algún ronquido que -cosa absurda- confundí con mi propio ronquido.
Al día siguiente, el alguacil del pueblo aseguró que al pasar antes del amanecer por la calle vio tres camellos en la puerta de mi casa y otros tantos sirvientes haciendo aspavientos, parece ser que a causa del frío. Pero el suceso no le extrañó pues pensó -con toda lógica- que Sus Majestades estaban de reparto. El escándalo se produjo durante el día al descubrirse que la mayoría de los niños no habían recibido sus regalos, ni siquiera el consabido carbón que penaliza las malas conductas de los pequeños. Con decir que hasta el hijo de la alcaldesa se quedó in albis… Lo que a escape atribuyó la corregidora a una acción coordinada por la ultraderecha local. Y así se ha fabricado y creído a pies juntillas la versión oficial hasta que hoy me decido a escribir esta carta y hacerlo público.
Con todo respeto, Majestades: ¿Le parece bonito su comportamiento de entonces, don Melchor? ¿Estaban buenos los mantecados de Felipe II, don Baltasar? ¡Dieciocho envoltorios yacían desperdigados por el suelo del salón! Claro, como eran unos mantecados monárquicos… Del turrón, ni las migas. ¿Y la botella de vino, don Gaspar? Ni una gota quedó. Así que cuando conseguí abrir un ojo les vi a ustedes durmiendo a falda suelta en el sofá… ¿Y los pobres pajes? Toda la noche a la intemperie, custodiando los paquetes y tranquilizando a los pobres animales (que, dicho sea de paso, dejaron la acera hecha una porquería). Si no hubiera sido por mi oportuno y falso bostezo todavía seguirían Sus Majestades tan ricamente en mi domicilio. Salieron precipitadamente por la ventana montando un escándalo notable, ¿lo recuerdan?

Con el jaleo se despertó mi familia, que no daba crédito al panorama devastador y que, también hasta hoy mismo, me atribuían el desorden, la ingesta del licor y el atracón de chucherías. Menos mal que ya habían dejado ustedes a los pies del árbol y antes del banquete una preciosa barriguitas negra de Famosa con todos sus complementos. No tuvieron esa suerte en otras casas, fue grande el disgusto en el pueblo, y el descrédito para la institución, tan tradicional en España, de los Reyes Magos, redundó en beneficio de personajes tan pesados como Santa Claus o el Olenchero y su amiga Mari Domingi, pues la noticia salió en la prensa y hasta en el telediario. Por eso con esta confesión y esta carta creo servir a la verdad desvelando lo que sucedió realmente con la esperanza de que no se vuelva a repetir.
No me guarden rencor y sean bienvenidos a mi pueblo, que es el suyo, y a mi casa, donde no faltará un mantecado y un vaso de vino caliente para ustedes y sus sirvientes. Pero no por ello eviten realizar su trabajo, que es un trabajo muy bonito. Dejen a los niños sus regalos y a nosotros, los mayores, una España y un mundo mejores. ¡Feliz año, Majestades!

