
«En ese maremágnum de olvido de nuestro pasado y sus figuras reivindiquemos a hombres como Liniers, Agualongo y Boves»
Si buscamos en las redes leeremos que Santiago Liniers era un ‘militar francés’ a quien se presenta en una actuación exclusivamente en defensa local al decir que: «como jefe de una milicia organizada por él mismo, lideró la reconquista de Buenos Aires en 1806 tras la primera invasión inglesa, siendo aclamado como héroe local y llegando a ser Virrey del Río de la Plata. Su defensa, apoyada por la población y milicias como los Patricios, culminó con la rendición del ejército británico que había ocupado la ciudad».
Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, noble militar y católico caballero de la Orden de San Juan y de Montesa. Su familia se colocó al margen de la Ilustración francesa y en aplicación del Tercer Pacto de Familia de 1761 se incorporó a las empresas españolas como uno más, en igualdad de derechos y obligaciones como el resto de los españoles. Ingresó en la Escuela Militar de la Orden de San Juan, donde después de tres años se graduó, en 1768, obteniendo la cruz de caballero de Malta. Tras su participación en el intento fallido de toma de Argel y ya de regreso en Cádiz ingresó en 1776 en la «Real Compañía de Caballeros Guardias Marinas», en noviembre del citado año obtuvo el grado de alférez de fragata pasando a participar en el patrullaje naval por el Mediterráneo.
Tras su primera estancia en el Río de la Plata bajo las órdenes de Pedro de Ceballos participando el 23 de febrero de 1777 en la toma de la isla portuguesa de Santa Catalina y en el ataque a Colonia del Sacramento el 22 de mayo del mismo año, posición que se lograría conservar definitivamente bajo la soberanía española.

Tras su regreso a la península ibérica, entre 1779 y 1781, fue oficial del navío San Vicente, perteneciente a la escuadra hispano francesa a bordo de la cual luchó contra la flota inglesa. Por su acción en el sitio de Mahón y en la conquista de Menorca, fue ascendido a teniente de navío. El 13 de septiembre de 1782 participó en el ataque a Gibraltar como segundo a bordo de la batería flotante Talla Piedra que se hundió después de 17 horas de estar bajo fuego británico. Liniers salvó su vida arrojándose al agua. Posteriormente, al mando del bergantín Fincastle, capturó al navío corsario inglés Elisa y por dicha acción fue ascendido, el 21 de diciembre de 1782, a capitán de fragata.
Tras contraer matrimonio y viajar al Río de la Plata, y enviudar organizó una flotilla de cañoneras y años después, Liniers dirigió la fortificación de Montevideo y en 1796 obtuvo el grado de capitán de navío de la Real Armada Española como jefe de la escuadrilla española.
Tras su gobernación de las Misiones Guaraníes regresó a Buenos Aires, sería comandante general de Armas de Buenos Aires, virrey del Río de la Plata y, ya en 1807, caballero de la Orden de Montesa.
Como consecuencia de su destacada actuación en los dos intentos fallidos de invasión inglesa al virreinato rioplatense, fue nombrado virrey del Río de la Plata desempeñando su cargo entre 1807 y 1809; siento agraciado en ese último año mediante real cédula con el título de conde de Buenos Aires. Ocupa el penúltimo lugar como virrey del Virreinato del Río de la Plata.

El 26 de agosto, en el Monte de los Papagayos, cercano a la posta de Cabeza de Tigre, cerca de la actual Los Surgentes en el sureste de Córdoba, Liniers fue fusilado junto con los demás jefes militares que se mantenían leales al Rey, Juan Gutiérrez de la Concha, brigadier de la Armada; Victorino Rodríguez, asesor; Santiago Allende, coronel de milicias, y Joaquín Moreno, oficial real, salvándose únicamente el obispo Orellana, debido a su estado sacerdotal.
Tanto los restos de Liniers como de Gutiérrez de la Concha fueron llevados a España en 1862, donde fueron recibidos con honores militares y sepultados en San Fernando, Cádiz, en el Panteón de Marinos Ilustres. La República Argentina donó una placa de bronce, ubicada en el mausoleo, que contiene la frase final del libro Santiago de Liniers, Conde Buenos Aires, de Paul Groussac: «Los últimos héroes de la Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva. Homenaje de la Marina de Guerra Argentina. Agosto de 1960».

Liniers es un olvidado de una personalidad extraordinaria, olvidado fruto del abandono español de sus principios básicos de orgullo de lo español y desconocimiento de la propia Historia.
Sorprendentemente este héroe no tiene un monumento en España pero traidores como Bolívar, cuyo perfil de ajusta a la definición como psicópata genocida, y San Martín tienen estatuas en nuestras calles y parques. Y como Liniers tenemos otros personajes heroicos olvidados como Juan Agustín Agualongo, que murió por el rey, y José Tomás Boves, tratado por algunos como un demonio, reivindicado por muy pocos, no existen en nuestro catálogo de héroes españoles y en este caso hispanoamericanos, borrados bajo el espeso barro esparcido de la Latinoamericanidad.
Esto no nos puede detener en el esfuerzo reivindicativo de su memoria y poner cada cosa en su lugar. El caso único de este problema español, concretamente, e hispanoamericano, en general, no solamente en el Río de la Plata no es otro que el secuestro, manipulación y reescritura de nuestra Historia que tiene como consecuencia la creación de un relato, de una historia falsa, que ha tenido como consecuencia una brutal y enfermiza alteración de nuestra identidad histórica y así los relatos pedagógicos tanto americanos como ibéricos presentan a los españoles como monstruos enseñando en las escuelas que los americanos, desde Norteamérica al Cono Sur, no tienen nada que ver con España renegando de la propia sangre común, afirmando que los españoles solo fueron a robar el oro, saquear, masacrar, torturar y asesinar, torturar y esclavizar hasta que llegó la liberación con las mal llamadas ‘gloriosas’ independencias que significó la nueva esclavitud de la que aún Hispanoamérica no se ha liberado. Esas independencias americanas fueron la mayor desgracia que sobrevino a los virreinatos y que el marxismo celebró, como el marxista y sandinista Augusto Zamora exembajador de Nicaragua en España cuando dijo aquello de «¿Algo, en verdad, que celebrar?», autor de ‘Ensayo sobre el subdesarrollo. Latinoamérica, 200 años después’.
Los que serían nombrados como ‘libertadores’ eran un puñado de ricos hacendados, educados en Europa y unidos en su devoción hacia lo británico. Todos desfilaron por Londres, pidiendo la intervención inglesa, para alcanzar su idea independentista. No debe, pues, extrañar la tradición de las oligarquías criollas de recurrir a la intervención extranjera como medio de mantenerse en el poder.

Los padres fundadores hispanoamericanos cometieron en grave error de entregar sus economías nacionales a potencias extranjeras, así los gobiernos de Buenos Aires, Bogotá y Río de Janeiro, a los que seguirían todos los demás, firmaron, entre 1810 y 1815, antes de la conclusión de las guerras independentistas, tratados de libre comercio como pago por el apoyo británico. Inglaterra pasó a controlar las economías emergentes y esos tratados de libre cambio provocaron la desaparición de las industrias locales y, con ello, cualquier germen de industrialización a pesar de la riqueza de las tierras. Los nuevos países quedaron obligados a ser exportadores netos de materias primas y en ello continúan, e importadores de manufacturas. Las lanas de alpaca pasaron a Londres mientras que los indígenas andinos llevarían telas y enseres inglesas de mala calidad, quedando así inaugurado el neocolonialismo británico. No se construyeron estados nacionales, sino que se crearon estados oligárquicos, basados en el latifundismo, la exclusión de los pueblos, antes protegidos por la Corona Española, la dependencia extranjera y el oscurantismo. No quedó sitio para la Ciencia ni lo científico quedando arruinada la sólida red universitaria y educativa establecida por España durante siglos.
Debe de caer el gran mito de que las independencias liberaron a los pueblos americanos de la opresión pues en realidad pasaron de una libertad y florecimiento cultural hoy olvidado bajo una nueva opresión económica. La independencia solo fue formal, pues la liberación de la presunta opresión española trajo consigo el dominio de las oligarquías de Londres, primero británicas y luego estadounidenses, pues cuando EEUU irrumpió en la región, convirtiéndola en su patio trasero de juegos, las oligarquías locales aceptaron sin traumas al nuevo amo.
La suerte corrida por los indígenas fue la página más negra de la independencia y, por supuesto, una de las más desvirtuadas. Las Leyes de Indias, con todas sus carencias, reconocían y protegían los derechos de los pueblos indígenas que ninguna otra potencia colonial reconocería jamás en siglos posteriores. Derecho a la lengua y a sus leyes, reconocidos por la Corona, derecho a territorios propios conocidos como ‘repúblicas de indios’, y protección legal ante los abusos de los encomenderos y patrones, existiendo la figura legal de la ‘protectoría de los indios’, figura administrativa de la Monarquía Hispánica responsable de atender el bienestar de las poblaciones de los indígenas americanos.

Un «protector de indios» era un cargo y figura, a menudo un religioso o jurista, establecido por la Corona para defender legalmente y atender las necesidades y derechos de las poblaciones indígenas en América, con el objetivo de protegerlas de la explotación y asegurar su libertad y bienes. La figura del «protector de indios» existió en la estructura administrativa de la Monarquía Hispánica hasta su desmantelamiento, momento en el que fueron desprotegidos, masacrados y desposeídos de tierras por sus nuevas autoridades locales. Todo este sistema legal fue suprimido de un plumazo por las oligarquías. Sumidos en un desamparo total, las tierras indígenas cayeron en manos de latifundistas y extranjeros, se les negaron todos sus derechos y, por último, se les masacró sin piedad hasta el día de hoy, ya sea por cuestiones agrícolas o mineras.
En 1824 comenzó, en Argentina, la primera “campaña del desierto”, guerra de exterminio para expoliar de sus tierras a los indígenas. No obstante, el primer genocidio planificado de la era contemporánea ocurrió en Uruguay en 1831. Ese año, el presidente Fructuoso Rivera reunió con engaños a los nativos charrúas en un lugar macabramente bautizado después como “Salsipuedes”, donde 1.200 soldados exterminaron a los indígenas. Entre 1860 y 1885, los mapuches sufrieron una guerra implacable del ejército chileno. Todavía hoy, los pueblos indígenas luchan denodadamente por que se reconozcan sus derechos, que mantenían con la Corona Española, y no pocos de ellos invocan los títulos y reconocimientos recibidos de la misma como prueba de sus derechos a las tierras ancestrales. Los indígenas, mayor componente de las fuerzas realistas frente a las independentistas, fueron los grandes derrotados, sacrificados y olvidados de las guerras de independencia.

Los nuevos países se vieron sumidos en cruentas, destructivas e interminables guerras civiles, que antes no existieron, golpes de estado, cuartelazos y descaradas intervenciones extranjeras con turbios intereses económicos. Así México perdió, en 1849, la mitad de su territorio. Brasil obtuvo cerca de dos millones de kilómetros cuadrados de sus vecinos. En fraccionamiento impuesto en los territorios hispánicos, las guerras limítrofes, alentadas por Inglaterra, fueron una inmensa tragedia para todos y por ejemplo para Paraguay, en 1870, y para Bolivia, en 1883. Inglaterra pasó a apoderarse de las Malvinas, Guyana, Belice y la Mosquitia. Así nació latinoamérica, en 1860, la anteriormente rica Hispanoamérica, ahora más pobre, arruinada y postrada que nunca.
En contra de lo que aún a día de hoy se dice, las guerras de independencia no fueron ni muchos menos revolucionarias pues constituyeron el mayor movimiento contrarrevolucionario que alejó a Hispanoamérica, ahora latinoamérica, de todos los procesos económicos que sucedieron en Europa y Norteamérica entre 1830 y 1890. Hoy día los países hermanos americanos siguen siendo la neocolonia británica y norteamericana sin ser poseedoras de su propio futuro.
Podemos concluir que la independencia fue lo peor que le podía suceder a los nativos americanos, algo que ya empieza a ser reconocido. Durante el reinado de la Corona Hispánica todos los territorios no eran de España eran España misma, y sus capitales virreinales tan importantes o más que Madrid, no había guerras civiles y había paz.
Los nuevos reyezuelos se atacaban unos a otros, el propio Bolívar quiso ser el nuevo dictador, reyezuelo de Hispanoamérica, aspirando a la dictadura vitalicia, al poder omnímodo. Simón Bolívar defendió y promovió la idea de una presidencia vitalicia con derecho de sucesión en su proyecto de Constitución para Bolivia, justificándola como una necesidad para el orden y la estabilidad en las repúblicas ‘latinoamericanas’, pero esta propuesta fue vista por muchos de sus contemporáneos como una forma de dictadura o monarquía. Bolívar argumentaba que el modelo de un presidente vitalicio con sucesión predeterminada era la forma más sublime de gobierno republicano, necesaria para asegurar la continuidad del mando y evitar la anarquía que dominaba a las nuevas repúblicas.

El escrito francés Marius André trata el tema en su obra «Bolivar et la démocratie», y luego en su obra «El final del Imperio Español en América» cita erróneamente a este personaje como ‘víctima de la barbarie democrática’, expone que Bolívar ayudó a los ingleses a destruir el Imperio y dividirlo en veintitantas repúblicas siempre enfrentadas entre sí en beneficio de los ingleses, definido como racista y asesino de indios.
Si nos fijamos en la superpotencia de los Estados Unidos de América, nacidos de las Trece Colonias, y pensamos qué habría pasado si los virreinatos, México, Perú, Nueva Granada y Río de la Plata, hubieran logrado una soberanía manteniendo su idea de Hispanidad, con la riqueza de sus tierras, su agricultura, su ganadería, su minería, sus Universidades, solo podemos concluir que habría irrumpido en primera línea del concierto global de naciones.
En ese maremágnum de olvido de nuestro pasado y sus figuras reivindiquemos a hombres como Liniers, Agualongo y Boves.

