Abandonos estivales. Por Diego Pardos

Abandonos estivales

«Estreché la mano de este don Isidoro que entendía que una cosa es que lo abandonen a uno y otra cosa es abandonarse uno mismo»

 ¿Qué hacemos con la abuela? O con el abuelo. Que de las dos maneras se podría titular una película de Paco Martínez Soria. No es ningún secreto que en las casas habitadas por parejas con siete apellidos europeos proliferan las mascotas (principalmente del género canino) al tiempo que escasean las mascotas del género humano (es decir niños, niñas y también ahora “niñes” gracias a doña Irene Montero Gil). Llegado el anhelado mes de agosto, los propietarios (con perdón) de perros y gatos, lombrices y papagayos se disponen a disfrutar de unas semanas de asueto, vidorra y desenfreno pagando, eso sí, un alto precio por desprenderse de sus animales. Un alto precio sentimental, pues la separación estival siempre es dolorosa, y un alto precio monetario, pues muy por las nubes están los alojamientos para caniches y los hoteles para periquitas. No hablemos ya del multazo que desencadena el abandono del bicho en una sórdida gasolinera o los gastos del entierro en caso (casual) del prematuro fallecimiento veraniego, que sumados a las facturas de todo el año en veterinaria y peluquería hubiera dado, de seguro, para criar a tres o cuatro chavales preconstitucionales. 

 

No todas las parejas modernas se comportan de esta forma egoísta y subdesarrollada. Por ejemplo, unos conocidos míos, matrimonio ejemplar, pactaron como condición para la boda que no entraría un solo animal en su amplio adosado de Las Rozas de Montecanal. Han pasado varios años y el contrato se ha respetado y cumplido a rajatabla. Mientras, la familia aumentó a causa del nacimiento de sus dos hijos varones a la espera de tener (eso dicen) dos hijas mujeres. Con Ana y Marcel (Marcelino) vive el padre de ella (don Isidoro), viudo de doña Concha. Una chica interna y filipina se encarga de las tareas del hogar y hace las veces de enfermera del viejo, que vive a cuerpo de rey, con su Montecristo y su piscina. 

 

Estuve hace poco tomando una cerveza con Ana y Marcel en su jardín y entre otras cosas hablamos del veraneo y recordamos aquel episodio en mi chalé con el llamado Perfumista, que divirtió mucho a la vecindad. Su crónica salió en La Paseata hace un año, poco más o menos. Yo les conté que, chicos, como en casa en ningún sitio, y que mi intención era quedarme todo el mes de agosto a remojo y ahorrando para el negro futuro que ya nos muerde. Como mis amigos están forrados y viven en la luna de Valencia, me dijeron que ya el viernes día 1 la criada se iba de vacaciones (para servir en otra casa) y que, como el año anterior, llevarían a los niños con los padres de Marcel, mientras que don Isidoro pasaría unas semanas de descanso en un resort de lujo cercano al Monasterio de Piedra. 

 

-Es una residencia de ancianos muy confortable -se me ocurrió decir. 

 

-Hombre, hoy en día algunas se asemejan a hoteles de lujo -puntualizó mi amiga Ana. 

 

-Además, ya la conoce, es en la que estuvo el pasado año. Rejuveneció una barbaridad, parecía talmente Felipe González. 

 

-Felipe fumaba Cohibas -aclaré-. Pero sí, además en esos sitios se liga mucho. 

 

Total, que mientras los niños cazaban lagartijas en el pueblo de los abuelos paternos y el materno se iba de cuchipanda al frescor del monte (como la Ayuso en Rascafría), el plan de los Bermúdez-Barroso consistiría en pasar una semana en Vietnam, otra en Niza y un par de días en Cadaqués. 

 

-Ojo, que la inspiración daliniana no le irá bien a la salud mental de las niñas. 

 

-Ese miedo tiene Ana. Pero cree que sería peor la Málaga picassiana porque saldrían feas. 

 

Y en esto estuve pensando mientras contemplaba las buganvillas trenzadas en esa hora cercana al ocaso. Y en qué razón llevaban mis amigos en no aceptar mascotas. ¿Qué hubieran tenido que hacer? ¿Llevárselas a Hanói? ¿Dejarlas en la perrera? ¿Sacrificar sus vacaciones, acaso? 

 

Quisieron que me quedara a cenar, pero entiendo que ellos madrugan y yo también tenía mis planes; así que me fui paseando hasta mi casa. Agradecí la hospitalidad de Ana y Marcel y don Isidoro se empeñó en acompañarme hasta la calle y despedirme con estas o parecidas palabras: 

 

-Qué agradable compañía la de usted. No sabe lo que le aprecio, y el yerno que me perdí… para qué hablar, se lo habré repetido mil veces. 

 

-Hombre, señor Barroso… 

 

-Nada, nada, hijo, la vida es así… 

 

Y ahora, en confianza le diré algo: el pasado verano me llevaron al asilo aquel y allí jugué al parchís y al dominó. Pero este este año, créame, en cuanto se vayan estos dos agarro las maletas y al segundo día a Benidorm en un taxi. 

 

-¡No me diga! 

 

-Está todo hablado. Los del Monasterio de Piedra cobrarán sus buenas pesetas pero a su vez ya tengo yo la reserva en el Gran Hotel Fary. 

 

Le guiñé un ojo al viudo Barroso. Estreché la mano de este don Isidoro que entendía que una cosa es que lo abandonen a uno y otra cosa es abandonarse uno mismo. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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