Si yo fuera periodista. Por Diego Pardos 

Si yo fuera periodista.

«Si fuera periodista escribiría hermosas historias sobre políticos. Porque está visto que es la mejor manera de darse a conocer»

 “Moro, si fueras poeta escribirías una hermosa historia de amor con lo que me acabas de contar. Pero como no lo eres…” -sentenciaba socarrón el detective Germán Areta en la película El Crack. Y a mí me pasa lo mismo, sólo que en mi caso si fuera periodista escribiría hermosas historias sobre políticos. Porque está visto que es la mejor manera de darse a conocer, de hacerse un nombre, de saltar a la fama o al vacío de las rotativas. Aguijonear y cornear al político siempre da resultado. Cuál sea este resultado es cosa incierta, hasta el punto de que el redactor de la diatriba, el escribidor del oportuno epíteto, el pintor de la caricatura cruel es a menudo calumniado a su vez por otros periodistas, cuando no zaherido por los propios servidores de la cosa pública (que es oficio bien antiguo, conocido y que no pasa de moda). Ni siquiera cuando alabé el buen gusto de nuestra estimada Tatiana Zdanoka, eurodiputada letona, al ponderar el atractivo de Oriol Junqueras merecí una nota de prensa por el atrevimiento. 

 

Como no soy periodista, de nada ha valido hasta la fecha dedicar una parte de mis columnas a la señora Ayuso, doña Natividad, poner de manifiesto su afición por los dibujos animados y la querencia por el traje de deporte y las zapatillas alabando su trote urbano por la capital de España. Tampoco glosar el aspecto juvenil de la ministro Isabel Rodríguez me ha aportado beneficios, ni el éxito literario me ha acompañado a pesar de escribir una cuarteta en honor de Josefina Millán. Ni nombrar a don Oscar Puente o a Gabriel Rufián (citando a María Durán) da resultados, menos aún a Pachi López, el de Vizcaya. Lo intenté incluso con el jeltzale señor Esteban y… que si quieres. De nada sirve, como digo, escribir sobre la ropa íntima de Macarena Olona. Quizá se piensa el lector que esto es cosa frívola y sin importancia, propia del Hola o del Semana, una vez desaparecido el Interviú. Y claro, no lo toman a uno en serio, con lo que se enfadarían nuestros políticos si un periodista les hace unas preguntitas de nada, del tipo: “¿A qué obedece que su lencería sea de color morado?, ¿podría justificarlo? ¿Es un guiño a futuros pactos con la bancada rival?” 

 

Lo he intentado casi todo. En X -antes Twitter- he llegado a interpelar a las mayores cabezas de la política, sin resultado. Me he cansado de decir que doña Cuca Gamarra me cae muy bien y recordé en otra ocasión, con Ángel Antonio Herrera, a la inolvidable Pam, doña Ángela. Califiqué de “ágrafo” al presidente Salvador Illa, sin ser merecedor siquiera de una querelleta o en caso de la alcaldesa de Llodio, señora Gastaka Martínez, de una salaketa. No me tiene en cuenta don José Luis Martínez Almeida, a pesar de que también sale en mis escritos ora por el Madrid Central, ora por la Cuesta de Moyano (cuyo centenario celebramos). José Luis Ábalos, María Jesús Montero, Natalia Chueca, Miguel Sebastián… la lista de políticos es densa, es pesada, es más que suficiente para convertirme en un hombre temido, escribir en El País y ser contertulio de Ana Rosa Quintana. 

 

Mi cabeza se descabeza, discurre dentro de ella el verdadero motivo de esta omisión que padezco, de esta injusticia que el mundo de los medios de comunicación en comandita con los poderes del dinero y de la política hace conmigo y con la revista La Paseata. Y mi conclusión llega hasta una palabra llamada tibieza. La tibieza, sí, el exceso de amabilidad que es nuestra perdición. Cuando uno pugna por entrar en Lhardy presto a calentarse con una tacita de caldo y pretende hacer lo mismo un diputado o senador, en lugar de quitarse el sombrero y decir “usted primero” lo que toca en estos tiempos es el codazo, el empujón, la falta de consideración. Sé que no lo merecen; afortunadamente sus señorías pertenecen a unas promociones de políticos que gozan de una alta estima por parte de los ciudadanos. Pero el periodista que triunfa es aquel que no tiene piedad, como voy dejando claro. No basta con hablar de los calzoncillos del señor Ortega Smith, no hace uno nada de particular refiriéndose al sostén de doña Jone Belarra o a la ausencia del mismo. O al hecho de que compre en La Garbancita Ecológica. Inútil, asimismo, encariñarse de doña Francina Armengol.

 

Si yo fuera periodista escribiría hermosas historias, y podría escribir también sobre Emma Buj, sus máquinas de fregar suelos y su “Teruel Central”. Pero como no lo soy… 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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