Tebeos. Por Diego Pardos

Tebeos.

«Si uno sostiene la afición a la lectura es gracias a los cuentos para niños primero y luego a los tebeos»

No es nada frecuente ver a una señora (qué decir de un hombre) en un lugar público acompañada de un libro. Menos aún a una muchacha, a la que yo aconsejaría, aprovechando la circunstancia -dichosa en este caso- de que suelen ir con unos grandes bolsos donde alojan cachivaches tecnológicos, instrumentos de higiene y belleza, pañuelos de papel, caramelos refrescantes y pistolas discretas del tipo Walter PPK, tan aconsejables en estos tiempos inciertos. Digo que yo les aconsejaría a estas chicas jóvenes ir provistas siempre de un libro y cuando se sienten en una cafetería lo exhiban bien a la vista. Es un complemento chic que siempre impresiona. Lo de menos es su lectura; incluso puede estar editado en una lengua desconocida por su propietaria; ahora, eso sí: su autor ha de ser muy minoritario, un raro; o tener el prestigio de un clásico del Siglo de Oro español o de la novela rusa del XIX. Nada de premios Planeta ni ficticias memorias escritas por un negro. 

 

Quedamos en que el libro ha sido desterrado de la vida social, apartado a la luminosa biblioteca doméstica. Sucede lo mismo, sólo que esta vez de un modo total, con los tebeos, los cuentos infantiles o las novelas juveniles. Si uno ha sido capaz de coger algún gusto por la lectura (¿alguien recuerda, creo que fue él, al dibujante socialista José Ramón, que nos aconsejaba a los niños televidentes: “Si quieres aventura, lánzate a la lectura”?), si uno sostiene esa afición es gracias a esos cuentos para niños primero y luego a los tebeos. El primero que tuve quizá, una “Heidi” pintarrajeada con lápices de colores, que todavía conservo. Eran para mí uno de los mejores entretenimientos, fuente de diversión y de sueño -en su doble significado, el del sopor y el de la ilusión-. Esas revistas tipo Pulgarcito nos ofrecían una tras otra las historietas de varios dibujantes (Ibáñez, Vázquez, Escobar…) y un sinfín de pasatiempos. Hemos crecido con Mortadelo y Filemón, con El botones Sacarino, Las hermanas Gilda, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio o el agente secreto Anacleto. Los tomos lujosos de Super Humor eran más escasos por ser de más precio. Y mi admiración por los superhéroes, excepción casi hecha con El Guerrero del Antifaz, no es muy clara en mi memoria. 

 

No dejamos nunca morir del todo al niño que fuimos: De mayor compré una colección facsímil de Roberto Alcázar y Pedrín, que ni siquiera leí, pero qué quieren, es una cuestión de una cierta bibliofilia. Más tarde me hice con todos los tomos de Tintín, desde el primero en el país de los Soviets hasta el incompleto sobre el Arte Alfa. La edición es de Casterman, de pequeño formato y por ello de costosa lectura y no se aprecian como merecen las viñetas, más grandes en la editorial Juventud. Como todo lleva su proceso, con la Primera Comunión llegan los libros de la casa Molino, y cambiamos la simpática revista Don Miki por los sucesos extraordinarios de la cuadrilla de Los Cinco. Me llamaba la atención que una chica se llamara Jorgina y que bebieran cerveza de jengibre, cuando la cerveza era cosa de mayores y quién sabía qué era esa cosa del jengibre, que hasta galletas había si la cabeza no me falla. Cosa de extranjeros. Gracias al antecedente de Enyd Blyton y ya adulto, pude recrearme en la lectura de Dorothy L. Sayers y ahora en los crímenes de Van Dine (cuyo caso de los asesinatos de los Greene estoy leyendo). Tanto me divertí más tarde con los disparates de Juan Muñoz Martín que no es de extrañar mi amor -literario- por Jardiel Poncela o Álvaro de Laiglesia. 

 

También yo he caído en el abandono del libro de papel, incluso del periódico de papel al acomodarme en un café. Confieso mi traición y me siento como un desgraciado pasando el dedo por la ridícula pantallita de un teléfono portátil. Yo, que todavía tengo en casa en perfecto estado y ya sólo para oír la radio, un bonito ejemplar de Nokia 3210, que es el de James Bond y Florentino Pérez. Y al ser hombre no me cabe siquiera el recurso de llevar de un lado para otro en mi bolso un ejemplar intacto de las Novelas a Marcia Leonarda, pongamos por caso. 

 

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Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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