La servidumbre voluntaria. Por Gallego Rey

La servidumbre voluntaria.

«Cuando la evidencia de la gravedad de los hechos no es suficiente para mover a una catarsis colectiva, solo queda esperar la muerte del enfermo y creer en la otra vida»

Aviso para los lectores: Este artículo es un conjunto de divagaciones en apariencia inconexas entre sí, que lo han de llevar a un punto de encuentro en algún lugar febril de mi pensamiento. Si llegan hasta allí, avísenme, para que pueda reconocer el camino de vuelta.

En la próxima «fiesta de la democracia» de la Comunidad Valenciana, los resultados del escrutinio no diferirán mucho de los anteriores. No ha diluviado lo suficiente para que algo cambie. La idiotez contemporánea no reacciona ante las desgracias, ni siquiera ante las propias. Volverán los oscuros votantes a las urnas para defecar en ellas sus almas podridas: unos, para que al menos «no gobierne la derecha»; otros, para que siga gobernando la otra izquierda; y algunos, los menos, creyendo que podrán cambiar lo que, por su naturaleza, es inmutable.

¡Votad, hijos míos! El Estado os necesita.

En un ejemplar del Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne De La Boétie que tengo por casa, rescatado de la basura, por cierto —qué maravillosa alegoría—, encuentro una nota en los márgenes, manuscrita a lápiz, que dice: «Esto está pasando hoy». Y lo que dice que está pasando hoy reza de tal modo: «¡Qué vicio, o más bien qué desdichado vicio, ver a una infinita cantidad de personas, no obedecer, sino someterse; no ser gobernadas, sino tiranizadas; sin poseer ni bienes, ni padres, ni mujeres, ni hijos, ni una vida propia que les pertenezca…».

Los que nos gobiernan sí leen los clásicos de las ciencias políticas. Los que nos gobiernan no son los que aparentan gobernar(nos). La cúspide de la pirámide ya no es el lugar donde solo acceden los sumos sacerdotes y la casta dominante para escenificar —con los sacrificios humanos a los dioses— su poder sobre el pueblo. Los que nos timonean han aprendido —por su propio bien— a esconderse en las sombras, desde que los españoles enseñaron al mundo que se puede acabar con los sacrificios humanos cortando las cabezas de los de arriba. Y desde esas sombras han reconstruido los cimientos de su poder, invirtiendo las pirámides. Así, el pueblo, creyéndose ungido de soberanía, habita las cúspides, donde cabe casi todo el mundo y existe la creencia de tocar el cielo con las manos. Y votan para elegir —una manía moderna de suicidio colectivo— a quienes han de gestionar tanta planicie, en cuyos bordes acaba el mundo y da comienzo el abismo. El hombre ya no mira hacia arriba para implorar a los dioses, sino que teme mirar hacia abajo para evitar convertirse en humano: «no tendrás nada y serás feliz».

Serás Dios, pues.

En la novela La máquina del tiempo del escritor británico H. G. Wells, lo más destacable es la elucubración que el autor nos ha dejado a modo de advertencia, en el sentido del peligro que alberga para la humanidad el capricho de la complacencia y el hedonismo. Pero también nos deja una extraña esperanza: la de convertirnos en una suerte de antítesis de la humanidad, habitando para ello el inframundo. Claro que esto suena feo, oscuro, acaso deprimente. Pero, toda vez agotada la luz como fuente de salvación, tal vez nuestro destino sea abrazar las sombras, para expulsar de ellas a quienes nos gobiernan. Y vuelta a empezar.

En la próxima «fiesta de la democracia» de la gobernanza general del aún Reino de España, los resultados del escrutinio tampoco diferirán mucho de los anteriores.

Mis contemporáneos no entienden que para que las cosas cambien deben cambiarse las cosas. Suena a perogrullada, y aunque parece un juego de palabras simplón, los estragos de cuatro décadas de destrozo del sistema de enseñanza colectivo han hecho que lo que otrora era de comprensión fácil —incluso para los menos dotados de luces intelectuales— hoy sea un verdadero reto inasumible para la media. Cuando la evidencia de la gravedad de los hechos no es suficiente para mover a una catarsis colectiva, solo queda esperar la muerte del enfermo y creer en la otra vida.

La otra vida es un lugar cojonudo; un planeta Wu Wei, que diría el maestro y uno de los padres de la ciencia ficción española Gabriel Bermúdez. La otra vida es un lugar debajo de este edén de felicidad sin nada. Gabriel Bermúdez dejó escrito en su novela Viaje a un planeta Wu Wei cómo ha de ser ese lugar, enfrentándose a las mismas conclusiones que H. G. Wells en la suya, pero con el toque español que nos diferencia de los anglosajones, tan dados a acabar con todo. La otra vida de Gabriel Bermúdez es un regreso a los principios de libertad con la asunción de sus consecuencias, donde el individuo no es menos que el colectivo y el colectivo solo es la suma voluntaria de sus individuos, y donde no se vota ni elige a quienes serán títeres de un poder en las sombras, que está, pero mantenido a raya por ese principio de voluntad del individuo de gobernarse a sí mismo. Digamos que el principio rector de ese mundo es el de «que las cosas hay que cambiarlas si se quieren cambiar las cosas»; o mejor: «el individuo debe cambiar si quiere cambiar las cosas».

Y aquí llego al epicentro de mi delirio. Si no hay un hecho lo suficientemente grave que haga cambiar de opinión a una mayoría de individuos sobre cómo se gobiernan a sí mismos y en lo colectivo, si todo lo malo es asumido como un sacrificio que merece la pena sufrir a cambio de seguir fingiendo poseer el Olimpo, ¿qué nos queda a los tuertos que nos ancle a este lugar donde los lugareños se arrancan los ojos para no tener que ver los despojos que son?

Regresando a La Boétie, yo os digo: «por bueno que sea lo natural, si no es mantenido, se pierde, mientras que la costumbre siempre nos moldea a su manera, a pesar de nuestras inclinaciones».

No os creáis que es tan fácil ser tuerto en estas circunstancias. Hay que tener estómago para ver la putrefacción reinante y una fuerza de voluntad formidable para no unirse a esta Santa Compaña de almas en pena —en vida— que es la ciudadanía española.

A diferencia de la servidumbre voluntaria que describe Étienne De La Boétie, la de hoy es verdaderamente lastimosa. Nos hemos equivocado, señores y señoras, reconozcámoslo. Hemos sustituido a Dios en un quítate tú que me pongo yo, y eso debía tener sus consecuencias. Y no voy a ser yo quien defienda regresar a tiempos de sotanas, entiéndase la expresión. No soy dado a cabalgar péndulos. Pero reconozcan conmigo que, al menos, hay que recuperar algo de apocalipsis en defensa propia, y, volviendo a La Boétie, «la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre», y no puedo evitar pensar que la costumbre adquirida por los españoles raya en la idiotez colectiva.

Ahora, juzguen ustedes estas mis divagaciones: ¿soy merecedor de encontrar el camino de vuelta o estoy destinado al limbo de los locos?

Continuará…

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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