Cansinos y Ruano, antagonistas. Por Diego Pardos 

Cansinos y Ruano, antagonistas. Fotografía de Pezibear. Pixabay

 «Más allá de los negros títulos que han sido premiados antes de ser recibidos, pueden leer también a Cansinos y a Ruano, antagonistas» 

 Que no protagonistas. Porque “Protagonistas” fue el programa radiofónico que dirigía Luis del Olmo en Onda Cero y en donde se alojaba el jocoso “Debate sobre el Estado de la Nación”, iluminado por humoristas de la talla de Luis Sánchez PolackTip”, Chumy Chúmez o Antonio Mingote. De modo que el calificativo de “antagonista” nada tiene que ver sino acaso con una leve morfología de ambas palabras o con el propio significado del antagonismo que tales personajes se profesaban de manera cordial en la célebre tertulia del pasado siglo. 

 

Es raro que el lector pueda hallar los libros de aquellos autores que le hagan feliz compañía en su soledad y que estos le remitan, a su vez, a otros que multipliquen su interés por el hecho literario, reflexivo y pleno, de encontrar el tono intemporal que adorne su biblioteca. Quiero decir que el azar difícilmente puede llevarnos a esos descubrimientos, a ese sendero por el que transitar. El hombre que ha perdido el sentido entre tanta mercancía de saldo, vendida gracias a las grandes campañas de marketing (¿se dice así?) y el poder de los números, se abre paso, aunque sea ya a punto de embarcar para cruzar las aguas estigias, salvando acaso su alma en ósmosis con la de los literatos que le revelan verdades universales y el sentido último de la poesía íntima. Y es cierto que hemos tenido la fortuna de, siendo estudiantes, recibir el consejo de nuestros profesores. Que fue escrito el Libro de buen amor, y el Quijote y La Regenta; y existieron Berceo y Garcilaso. Y hubo Lazarillo y El Buscón. Y algunos tuvieron noticia de Cicerón, Suetonio y Aristófanes. Eso bastaba, porque si la juventud desdeña esta herencia, quizá en la madurez se busca con emoción y agradecimiento. 

 

No recuerdo en qué ensayo Aquilino Duque hablaba de Cansinos Assens y de González-Ruano, tal vez en clave introductoria para comprender el interesante medio siglo que discurre por sus respectivas obras La novela de un literato (periodo que arranca en 1900 y termina con el inicio de nuestra guerra civil) y Mi medio siglo se confiesa a medias (que se extiende hasta 1950). Memorias de estilos diferentes, como distinta es la personalidad de los autores, son las de Rafael Cansinos más profusas en personajes. Es una radiografía madrileña de tipos, cafés, imprentas y periódicos, que terminan por marear a un tiempo que nos provoca admiración tal registro de la vida intelectual y bohemia retratada, a veces de una manera cruel por este traductor y en cierto modo omnisciente animador cultural de la época. Deja ver a las claras, en muchas de sus páginas, algunas fobias, unas valoraciones de republicano referidas al rey Alfonso XIII o al general Primo de Rivera, de cuya dictadura “alegre” pondera -sin embargo- el hecho de que gracias a ella las mujeres hubieran “acortado sus faldas hasta por encima de las rodillas”. Muestra animadversiones en las que insiste, entre ellas por el cronista Mariano de Cavia (a quien trata de borracho peligroso) o por el mismo González-Ruano (al que califica de jovencito intersexual y cleptómano de libros y relojes), que yo sitúo como cierto antagonista suyo. 

 

Si en una ocasión seguí los consejos de Duque para leer la obra de los hermanos Villalonga (Lorenzo y Miguel), hice también lo propio con los anales que comento. Confieso que disfruté más con la lectura de Ruano (y no sólo por ser “más bueno que casi todo el mundo”, como le dijo a Manuel Alcántara), sino por parecerme más alto escritor que Cansinos. Éste, en palabras de Juan Manuel de Prada (Desgarrados y excéntricos) era el “padre adoptivo de todos los mandrias y bohemios que habitaban las calles de Madrid”; de madre católica y hebreo por ascendencia paterna, no sé si víctima del movimiento ultraísta, principal exponente de él. César González-Ruano (que con la excusa de hablar de ese ultraísmo en el Ateneo, montó un escándalo a propósito de Cervantes), redimido de lo que fueren sus pecados de juventud, era periodista más elegante, corresponsal en Roma, en Berlín y hasta encarcelado en el París de la Gestapo. Con árbol genealógico de montañesa aristocracia, fiel a la monarquía, tuvo su particular encontronazo con Primo de Rivera, hasta el punto de que una entrevista a su prometida Niní Castellanos provocó la rotura del compromiso entre el militar viudo y la actriz. Gozó -sin entusiasmarle la política- de la amistad de José Antonio, cuyas ideas no debían de ser muy del agrado de Rafael Cansinos Assens, que tildaría al fundador de la Falange de “fascista y nazi”. Para sus recordados tiene una consideración más humana y más generosa Ruano, y de casi nadie habla mal (acaso, por decir algo, no tenga buena estima, en lo personal, de la persona de Pablo Ruiz Picasso). En cambio, creo que algún rencor social corroe a Cansinos hasta el punto de parecer, en ocasiones, disolverse en el ambiente de los hampones que vagaban por los cafetines de la Puerta del Sol. 

 

Es grande el interés de ambos libros para conocer parte de la vida de los literatos del primer siglo XX, aquellos sucesos que por pertenecer a la intrahistoria -en palabra de Unamuno-, o al menos a la pequeña historia no se hallarán en otros textos. Capítulos que, ya sólo ellos, darían para una novela sean ciertos o exagerados, como el aparecido en La alegría de andar y en las Memorias de González-Ruano relatando su amistad en Italia con el extravagante trotamundos alemán Wolfgang Meiners, de cuya belleza de enamoró una americana y cuyas fantasías darían como digo para una novela, merecedora sin duda de haber sido escrita por su caro César. 

 

Así que más allá de las patrocinadas recomendaciones literarias que nos ofrecen los periódicos, las vistosas novedades que pueblan las mesas de las librerías, pagadas por las editoriales, más allá de los negros títulos que han sido premiados antes de ser recibidos, hay toda una vida por soñar desde la Eneida a Bearn, y de La Celestina a Miss Giacomini . Y si lo desean, pueden leer también a Cansinos y a Ruano, antagonistas. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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