
«Quiero recordar que existe un brindis que al hacerlo, se sella un compromiso de lealtad hacia España y que llevan muchos años haciendo algunos soldados de nuestras Fuerzas Armadas»
Las Aspas de Borgoña o Cruz de San Andrés es el símbolo militar más antiguo de los Ejércitos de España al que le tienen declarada la guerra ciertos partidos plagados de insectos, ignorantes y miserables, partidos que en un país democrático estarían ilegalizados por ir a favor de la destrucción de España, tarea por la que reciben incomprensiblemente un sueldo que pagamos todos.

En la imagen el estandarte imperial de Carlos I de España y V de Alemania. A la izquierda podemos contemplar al Apóstol Santiago venciendo al turco, en el centro los símbolos del Imperio con el águila, el escudo y las columnas, a la derecha San Andrés y las aspas sobre la que fue martirizado y que algunos diputados comunistas y separatistas llevan pidiendo desde 2013 que se eliminen de la simbología militar española por considerarlos un símbolo fascista.
Realmente nuestras autoridades políticas y culturales ¿No tienen cosas importantes a las que atender y de las que preocuparse para ganarse el sueldo de verdad?
«Las Aspas de Borgoña o Cruz de San Andrés es el símbolo militar más antiguo de los Ejércitos de España al que le tienen declarada la guerra ciertos partidos»
Cada 31 de enero se celebra la emotiva y desconocida Fiesta de los Tercios, el que fue cuerpo del legendario ejército español, porque en esa misma fecha, el gélido 31 de enero de 1578, tuvo lugar la batalla de Gembloux, en Flandes, dentro de la dolorosa y sangrante Guerra de Flandes, conocida por los holandeses como Guerra de los 80 Años (del 23 de mayo de 1568 al 30 de enero de 1648, es decir 79 años, 8 meses y 7 días) que supuso el agotamiento militar español de los Austrias. En esta batalla, Don Juan de Austria y su sobrino Alejandro Farnesio derrotaron a 25.000 soldados enemigos con tal sólo 17.000 hombres auténticos leones. Esta batalla, hoy día bajo el manto del olvido social e institucional, constituye un emotivo testimonio del poder de la Infantería Española y, al mismo tiempo, una muestra del desconocimiento que muchos españoles y responsables políticos tienen de nuestra propia historia.
La denominación «tercio» se considera que nació del agrupamiento de tres combatientes diferentes aunando el fuego, el movimiento, la pica y la espada, como fueron los arcabuceros, piqueros y los espadados pero también se argumenta que el nombre podría provenir de las fuerzas o ejércitos que primero adoptaron este nuevo modo de combatir en los siglos XVI y XVII como fueron los de Sicilia, Nápoles y de Lombardía.
Sabemos que el gran inspirador y creador de los Tercios fue don Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido con el sobrenombre de El Gran Capitán, apodo que no le fue dado de forma casual y decisivo en la reconquista de Granada y en las campañas de Nápoles. Pero, fundamentalmente esta nueva visión transformó el concepto de la guerra medieval, pasando de la caballería pesada y de carácter nobiliario con una infantería despreciada por su humilde extracción, quedaron arrumbadas por una infantería ligera que revolucionó la táctica militar al combinar las distintas armas y sus combatientes. Una Infantería española cuajada de nobles de toda condición que infundieron al soldado el sentimiento nobiliario y la idea de ser soldado infante como un timbre de nobleza al que aspiraban desde su alistamiento.

La bandera de los Tercios, que aquí tratamos, era la de la Casa de Austria, es decir, la Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña, una representación de la Cruz de San Andrés, símbolo del martirio de este santo quien fue crucificado en una cruz formada con dos troncos formando una «X». En ella se aprecian los nudos de los troncos que forman la cruz y aunque el fondo de las banderas y estandartes variaba en cada Tercio para diferenciarse de los otros, la Cruz de Borgoña permaneció como emblema distintivo de estas tropas situándose en todos los campamentos, ciudades y las fortificaciones españolas de todos los continentes.
Los Tercios constituyeron el primer ejército profesional de la historia, a diferencia de las tropas de leva, reclutadas forzosamente y con una efectividad notablemente menor, los Tercios eran soldados entrenados, organizados y remunerados con un sueldo fijo, lo que garantizaba una mayor disciplina y eficacia. Su éxito no solo se debía a su estilo de combate y a sus excepcionales líderes, sino también a su capacidad de movimiento y combinación de las tres armas picas, espadas y arcabuces siendo capaces de desplazarse con disciplina y estoicismo a lo largo de miles de kilómetros en un corto espacio de tiempo, protegiendo los territorios dispares del vasto Imperio español que formaban islas territoriales sin frontera común.
El ejemplo de esta movilidad es el Camino Español, la ruta terrestre que permitió conducir tropas hasta Flandes desde Italia atravesando los Alpes. Iniciado bajo el reinado de Felipe II, fue recorrido por el duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, temido por sus enemigos y admirado por sus tropas.
Cruzar el Canal de la Mancha atravesando el Cantábrico y sus galernas, añadiendo los piratas y corsarios franceses e ingleses era mucho más peligroso aunque posiblemente podía ser más rápido. Los Tercios partían en barco desde la costa española levantina hasta Italia, avanzaban a pie desde Milán hasta los Países Bajos y atravesaban los Alpes, Saboya, el Franco Condado, Lorena y Lieja hasta alcanzar a Flandes. En total, una heroica marcha de 1.000 km que completaban tan solo en 50 días, cumplimentando una media de 20 km diarios. Este enorme esfuerzo logístico, acompañado de una hábil diplomacia, fue clave para mantener la presencia militar en Europa demostrando un respeto ganado a pulso por esos bravos soldados.
El espíritu de los Tercios se basaba en la lealtad y en un férreo sistema de valores en el que el honor, la Patria, el Rey y el compañerismo emanado de ese término tan militar como es la camaradería, nacido de la convivencia de los soldados dentro de la habitación o cámara que les era asignada en un acantonamiento generando un apoyo mutuo hasta en las más dramáticas situaciones. Estos fueron los pilares morales de su éxito y de ahí su resistencia y eficacia en combate hasta en situaciones que se daban por perdidas. Sin embargo, también afrontaron muy serias dificultades y complicaciones logísticas, especialmente cuando los sueldos se retrasaban cuando el dinero era asaltado en el Cantábrico por piratas y corsarios enemigos, lo que generaba momentos de crisis y motines que provocaban serios castigos y disoluciones de unidades.
Aun así, su misión estaba clara y la cumplían hasta el final, conscientes del primero al último combatiente de que si una espada se hundía en su costado era como si se clavara en el costado del mismo Emperador, lo que dio origen al famoso lema: «España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura«.
Conocemos a soldados ilustres de los Tercios de Infantería Española como Miguel Cervantes, Pedro Calderón de la Barca, hoy ridículamente reclamados como infantes de marina, y Garcilaso de la Vega. Sabemos de otros heroicos como Diego García de Paredes, conocido como «el Sansón extremeño» por su increíble fuerza, y líderes como Don Juan de Austria o Alejandro Farnesio, Luis de Requesens, Pedro Ernesto de Mansfeld, Carlos Coloma de Saa, el coronel Cristóbal de Mondragón, adorado por su tropa, capitanes como Julián Romero, Alonso de Contreras, Cristóbal de Lechuga, o los soldados como Juan de Urbieta, Diego de Ávila, Alonso Pita da Veiga o Juan de Aldana que competían en ser los captores de Francisco I en la batalla de Pavía, preso en la torre de los Lujanes y a cargo del capitán Hernando de Alarcón, conocido como el coronel. El hecho lo podríamos contemplar en El Prado, en obra de Antonio Pérez Rubio (1888), cuadro que representa a Francisco I de Francia, con aspecto arrogante, acompañado del virrey de Nápoles y del capitán Hernando de Alarcón, encargados de custodiarle. Desgraciadamente esta obra figura en el catálogo como “no expuesta”. Esa es la forma y el estilo de los guardianes de nuestra Historia.

Entre algunas de las victorias más memorables de los tercios se incluyen:
Batalla de Ceriñola (1503)
Batalla de Pavía (1525)
Batalla de Mühlberg (1547)
Batalla de San Quintín (1557)
Batalla de Gravelinas (1558)
Batalla de Jemmingen (1568)
Batalla de Lepanto (1571)
Batalla de Gembloux (1578)
Batalla de Empel (1585)
Batalla de Fleurus (1622)
Batalla de Wimpfen (1622)
Batalla de Höchst (1622)
Batalla de Nördlingen (1634)
Batalla de Rocroi (1643)
Sin olvidar las obras de la Serie de Batallas que decoraban el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, para escritura permanente de nuestra memoria.
De las doce victorias militares conmemoradas en el Salón de Reinos, cinco son del año 1625, considerado el annus mirabilis del reinado de Felipe IV:
El cuadro de La expulsión de los holandeses de la isla de San Martín por el marqués de Cadreita (1633), de Eugenio Cajés, perdido. (Recuperación de San Martín 1633). Desaparecido desde la Guerra de la Independencia en manos de los generales saqueadores franceses al igual que otras obras religiosas robadas y actualmente en el Louvre.
Expugnación de Rheinfelden (1633), de Vicente Carducho.
El socorro de Brisach (1633), obra de Jusepe Leonardo.
El socorro de la plaza de Constanza (1633), de Vicente Carducho.
La recuperación de San Juan de Puerto Rico (1625), de Eugenio Cajés.
La recuperación de la isla de San Cristóbal (1629), de Félix Castelo.
La recuperación de Bahía de Todos los Santos (1634), de Juan Bautista Maíno.
El socorro de Génova por el II marqués de Santa Cruz (1625), de Antonio de Pereda y Salgado.
La victoria de Fleurus (1622), obra de Vicente Carducho.
Rendición de Juliers (1622), de Jusepe Leonardo.
La rendición de Breda o Las Lanzas (1625), de Diego Velázquez.
La defensa de Cádiz contra los Ingleses (1625), obra de Francisco de Zurbarán.
Quiero recordar que existe un brindis que al hacerlo, se sella un compromiso de lealtad hacia España y que llevan muchos años haciendo algunos soldados de nuestras Fuerzas Armadas y cuyo presunto autor es Diego Hernando de Acuña, capitán de los tercios de Flandes. Dice así:
No os preguntarán por mí,
que en estos tiempos a nadie
le da lustre haber nacido
segundón en casa grande;
pero si pregunta alguno,
bueno será contestarle
que, español, a toda vena
amé, reñí, di mi sangre,
pensé poco, recé mucho,
jugué bien, perdí bastante
y, porque esa empresa loca
que nunca debió tentarme,
que, perdiendo ofende a todos,
que, triunfando alcanza a nadie,
no quise salir del mundo
sin poner mi pica en Flandes”.
«¡Por España!
y el que quiera defenderla,
honrado muera.
Y el traidor que la abandone,
no tenga quien le perdone,
ni en Tierra Santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos.
Con respecto a este famoso «Brindis de los Tercios» se ha venido atribuyendo su autoría a Diego Hernando de Acuña (1518-1580) soldado y poeta, e incluso también se atribuyeron estos versos a Lope de Vega amigo personal de muchos bravos soldados como el capitán Romero. No sé si sería fascinante que así fuera, no me importa, me quedo en todo caso con su contenido y significado…
Parece ser que una confusión con el nombre de ese soldado ha hecho correr como la pólvora su atribución a Diego Hernando de Acuña. El famoso brindis lo encontramos en líneas de Eduardo Marquina en su obra «En Flandes se ha puesto el sol» (1910), que pone en boca de un personaje de ficción llamado Diego Acuña de Carvajal, capitán de los Tercios españoles en Flandes.
Quedémonos con la parte final que encontramos concretamente hacia el término del acto tercero de la obra de Marquina y hagamos gala de ella cuando nos reunamos:
¡Por España!
y el que quiera defenderla,
honrado muera.
Y el traidor que la abandone,
no tenga quien le perdone,
ni en Tierra Santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos.
Estamos aquí porque nos oponemos a ese visión corta del XIX y a esa situación ‘umbraliana’ donde las haya que recuerda a esa zarzuela de Barbieri, titulada «Pan y toros», en cuyo acto II, al final, de forma crítica se aborda la muerte con la frivolidad propia del género chico: «¡No es nada! Un soldado muerto, puede el baile continuar»… Nosotros aquí porque nos importan, damos nuestros sencillo homenaje a nuestros soldados y a aquellos líderes como cabeza de cientos de españoles soldados olvidados cuya memoria reivindicamos y que combatieron a sus órdenes, sirvieron y dieron su vida no en balde y a los que reconocemos pues construyeron una España de la que surgimos nosotros. Y aunque de forma trágica y fatalista pero con la cara levantada y su mirada directa esbozando una sonrisa afirmaban aquello de: España mi natura, Italia mi ventura, ¡Flandes mi sepultura!
