
«No hace falta señalar todo el tiempo lo que se muestra tal cual es. Lo que hay que desenmascarar es lo que pretende disfrazarse»
Llega un momento en la vida en el que la exhibición de testosterona como forma de hacerse notar deja de ser atractiva o cómoda. Si, además, va acompañada de un lenguaje soez, rayano en lo tabernario, resulta imposible querer leer o escuchar ciertas apologías de mal gusto sobre la realidad política y social en la que vivimos.
Cada uno es libre de expresar sus pensamientos e ideas como le plazca, pero además del contenido, conviene atender al continente. En nuestros espacios particulares —un blog personal, una página web, un perfil en redes sociales— somos soberanos para escribir lo que queramos. Sin embargo, cuando participamos en espacios comunes, cabría observar ciertas normas de comportamiento. Las personas de bien normalmente huyen de aquellos espacios tomados casi al asalto por quienes, en vez de reflexionar sobre lo que dicen, lo expresan de forma abrupta, buscando más un efecto que anida en lo más primitivo del ser humano que la atención de un auditorio, el cual, por simple inercia, acaba siendo de igual condición que el orador.
Ya no quedan más insultos que dedicar a Pedro Sánchez y demás políticos, ni más denuncias que hacer sobre su gestión. A estas alturas de la política española, nadie disimula lo suficiente como para que no se adviertan sus intenciones y el rumbo que pretenden imponer. Pero gritar más fuerte o competir por ver quién insulta de forma más grosera a nuestra clase política no conseguirá que su acción dé un giro hacia la honradez y la lealtad con los ciudadanos. Sabemos perfectamente lo que hay, lo que tenemos y lo que podemos esperar de cada político. El trabajo que nos queda a quienes nos exponemos públicamente expresando opiniones es aportar la sensatez que ellos no tienen. Y eso implica no caer en la chabacanería para no igualarnos a aquello que pretendemos denunciar.
Escribir todos los días sobre lo mismo y del mismo modo provoca hartazgo. Muchas personas interesadas en cuestionar la acción política terminan guardando un decoroso silencio, apartándose de la opinión publicada, esa enorme jaula de grillos donde nadie se entera de nada, ni siquiera de lo que uno mismo dice.
Los análisis de media página, plagados de faltas de ortografía y desconocimiento de las normas gramaticales más elementales —a los que alguien, con sorna, llamó en su día «capitán a posteriori»— solo sirven para inflar el ego de quienes no tienen nada que aportar. Escribir unas líneas aquí y allá o alzar la voz con opiniones que cualquiera podría firmar no convierte a nadie en referente. Pero algunos creen que, por hacerlo, se elevan sobre pedestales de oro cuando, en realidad, se sostienen en la demagogia, el aburrimiento o el simple afán de figurar.
Internet podría definirse como la era de los charlatanes. Parole, parole. Y parece que no nos basta con los que pululan por programas de televisión, tertulias radiofónicas o columnas de opinión en la prensa. Ahora, cualquiera opina sobre todo sin saber de nada, como si existiera una imperiosa necesidad de exhibir su ignorancia en cualquier tema de actualidad. Lo dictan el hashtag, el trending topic, la tendencia del momento, que en cuestión de horas los obliga a un esfuerzo constante para soltar la lengua o aporrear el teclado. Olvidan que lo esencial es lo importante y lo accesorio, un adorno, un pasatiempo o un asunto de barra de bar y corrillos de cotilleo. Pero lo esencial requiere tiempo: hay que estudiar, informarse, desarrollar un pensamiento crítico y, sobre todo, saber callar para que al menos quede la duda de si uno es ignorante o solo lo parece.
Tal vez por eso resulte tan difícil encontrar hoy textos críticos con la acción política que valgan la pena. Haberlos, haylos, sin duda. Pero quedan soterrados bajo una avalancha de baratijas. Salvo excepciones, que ni se acercan, ya no podemos leer a un equivalente de Umberto Eco, Stefan Zweig, Bertrand Russell, Julio Camba, Cansinos Assens o Larra. En su lugar, nos toca soportar un desfile de personas que se expresan con tacos, insultos y argumentos de taberna, como si eso sirviera para insuflar en la sociedad valores que nos diferenciasen de la clase política, cuando en realidad solo nos iguala a ella. La política merece ser retratada con inteligencia, elegancia y saber estar.
Hay que ser clasistas, señores y señoras. Pero clasistas en el sentido de saber comportarse y expresarse. No hace falta señalar todo el tiempo lo que, por su propia naturaleza, se muestra tal cual es. Lo que hay que desenmascarar es lo que pretende disfrazarse.
Y si no somos capaces, entonces más vale dejar paso al silencio.

