El apartamento. Por Diego Pardos

El apartamento.

«No cuesta mucho trabajo imaginar que de nuestros impuestos hayan salido los carísimos bolsos de piel de cocodrilo y la ropa íntima»

 La semana pasada me quedé sin la sesión doméstica de cine y no pude ver El apartamento desde el sofá de mi salón. Recuerden que cambié el plan por un paseo saludable en busca de inspiración para mi columna. Esta vez me he dicho que por ahí no paso, y me he limitado a caminar un poco hasta la farmacia y regresar a casa. Es El apartamento una película muy de moda, divertida y tierna, que acaba además bien. Sólo puedo adelantar al espectador que a Fred McMurray se le queda cara de ministro cesante, no les digo más. Claro que si los protagonistas del filme no trabajaran en una gigantesca aseguradora neoyorkina sino en la madrileña carrera de San Jerónimo -y es sólo un suponer-, nos quedaría más cercana la historia -o las historias-, y nos quedaría también más a mano para contemplar este año a un nuevo grupo que haría bulto en las manifestaciones del 8-M: el de “esposas enfurecidas”, que se sumaría a la recién constituida “Liga de Feministas Víctimas del Piropo”. Una versión castiza y española de la cinta hubiera exigido el protagonismo de José Luis Ozores y Elvira Quintillá, pongamos por caso, bajo la dirección de Juan Antonio Bardem. 

 

Digo que está muy de moda (y qué clásico no lo está) la película de Wilder, como podrá comprobar el lector atento a nada que espigue por los diversos medios de comunicación que todavía no han sido censurados, ahogados o multados merecidamente. Porque también en Madrid existen esas garçonnières que tanta felicidad proporcionan a sus inquilinos. También, como en El apartamento, sus ocupantes entran y salen sin aparente orden de fechas ni horas. También lo hacen acompañados de señoritas, presuntamente he de decir. Dejo en el aire la duda, la insidia, y no me atrevo a afirmarlo o desmentirlo, que para ello tienen formación y oficio los cronistas parlamentarios, siempre incisivos en sus preguntas, incómodos con sus señorías, feroces sabuesos que muerden la noticia y el escándalo. No ha de faltar en la capital ese pisito donde preparar una copa y poner el tocadiscos. No ha de faltar, porque no falta quien pague los alquileres, las bebidas y los taxis. ¿Cuántos miles o millones de C. C. Baxter tiene España corriendo con los gastos, mientras esperan en la calle somnolientos horas antes de entrar a trabajar? Sin el triste consuelo, encima, de beber el último trago de martini sobrante en la jarra. 

 

El apartamento de las afueras que alquilaron para sus encuentros extramatrimoniales Fiorella Faltoyano y José Sacristán en Asignatura Pendiente resultó ser un lugar muy triste. El apartamento de Calvin Clifford Baxter estaba “a cuatro pasos de Central Park”, en el Barrio Oeste de Nueva York. Y era en cambio un lugar entrañable, con una casera de las de antes y unos vecinos cascarrabias y paternales. Lo que no estaba muy bien era el asunto de esos adulterios ni los bolsos de piel de cocodrilo. Aunque -admitámoslo-, la exageración en torno a esa llave viajera quizá no sea más que la improbable situación cómica que envuelve de humor el drama. Aquí, en cambio, no ha habido ningún drama. Parece ser que aquí, por la calle de Atocha existe también cierto apartamento donde se realizaban placenteras transacciones, encuentros amistosos entre seres de ambos sexos, que los hubo antaño en hoteles populares del viejo Madrid. Era como una extensión de aquella Costa Fleming de Ángel Palomino pero sin novela y con todo incluido, que alcanzaba la plaza de España ya a todo lujo y con exclusividad de querida fija, en un país que parece mentira. Tan mentira parece que no podría hacerme ya a la idea de una simpática película que termine bien, sino -como todos hemos pensado- de una entrega barata de la saga Torrente, donde todo allí será feo y sórdido, desde el guion hasta las juergas y los rostros. Porque nadie puede pensar que en este lodazal pestilente pueda una bonita chica llamada Fran Kubelik devolver sus cien dólares al gran embaucador que era Jeff D. Sheldrake; y sin embargo no cuesta mucho trabajo imaginar que de nuestros impuestos hayan salido los carísimos bolsos de piel de cocodrilo y la ropa íntima. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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