
“La casualidad es quizá el seudónimo de Dios, cuando no quiere firmar”. ( Anatole France ).
Soy un hombre de costumbres, siendo demasiado laxo en el juicio. En realidad, soy un hombre de hábitos obsesivos, que en ciertas etapas de mi vida han llegado a condicionar, si bien levemente, ciertas acciones y comportamientos. Quizá todo venga dado por mi fijación de ocultar mis debilidades, como buen leo que soy, y la búsqueda de esa seguridad en rituales y supersticiones de ámbito, eso sí, privado.
No voy a enumerar aquí mi nómina de manías, por llamarlas de algún modo, pero si he de reconocer que gran parte de ellas derivan de mi convicción de que acciones nimias, que se ejecutan de forma automática en nuestra rutina, pueden condicionar enormemente nuestra vida, actual y futura. Este no es un convencimiento vacuo, sino que viene condicionado por la experiencia. Es demostrable que una acción mínima, como quedarte dormido un día determinado, salir dos minutos más tarde por que no encuentras el móvil o las llaves, o que no te arranque el coche, puede significar la diferencia entre vivir o morir. Es más, puede significar la diferencia entre que otros vivan o mueran. Suena desazonante, pero es así.
Corría el 19 de febrero de 1985, cuando el padre de mi amigo Jordi, al que conocí años más tarde en la facultad, se subió a un avión de Iberia, en el aeropuerto Madrid-Barajas, con destino a Bilbao, en un vuelo que debía durar poco más de media hora. El padre de Jordi no volaba nunca a Bilbao, necesariamente, pero era perito de una compañía de seguros y, ese día, acudía allí a peritar un siniestro, ocurrido días atrás.
Llegando ya a Bilbao, por un error humano, el avión colisionó con una antena de Euskal Telebista que se había instalado en el monte Oiz, perdiendo el control y estrellándose en el citado monte. Ciento cuarenta y ocho personas, entre tripulantes y pasajeros perdieron la vida en ese accidente, entre ellos el padre de mi amigo Jordi.
Piénsenlo. Mi amigo se quedó sin padre porque días antes alguien tuvo un accidente en Bilbao. Si ese alguien no hubiese sufrido ese accidente, si se hubiera levantado un minuto antes, o después, si no le hubiese arrancado el coche o hubiese tenido que parar a echar gasolina, mi amigo no hubiera perdido a su padre a los quince años de edad.
Este fenómeno, conocido como el efecto mariposa, nos indica hasta que punto el azar influye de modo determinante en nuestra vida, motivando que acciones nimias cambien radicalmente nuestra existencia, sin nosotros saberlo.
“Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la casualidad”. ( Jorge Luis Borges ).
No es cuestión de ser catastrofista. Muchas veces, entiendo que casi todas, el indescifrable algoritmo de la casualidad nos lleva por caminos insospechados a la felicidad o el éxito. Yo mismo, por ejemplo, puedo decir que conocí a mi mujer, con la que tengo tres hijos, además, porque la nota de la selectividad no me dio para entrar en una facultad pública. Es más, un amigo que me llamó ese día, me habló de una facultad privada en la que, finalmente, me matricularía y conocería a mi mujer. Sin esa nota negativa, sin esa llamada y la lucidez de mi amigo, probablemente no hubiera conocido a mi mujer, no existirían mis tres hijos y mi vida sería otra. Si lo analizamos bien, resulta escalofriante.
La historia, pasada y reciente, se encuentra llena de casualidades, la historia global y la personal. Piensen en los trabajadores de las torres gemelas que ese día no acudieron al trabajo, porque tenían médico, porque se durmieron o porque el tren se retrasó tres minutos, que los hubo y muchos. Piensen en aquellos que cogieron o perdieron los fatídicos trenes de Madrid, aquel once de marzo de 2004. Es más, si lo analizamos, cada accidente es fruto de la confluencia de tantos factores que es imposible ser consciente de cuantas variables nos han llevado al resultado final.
Por eso, entre mis incontables hábitos, yo nunca corro si se me escapa el metro o el autobús, porque en cogerlo o no cogerlo puede estar la diferencia entre la vida y la muerte, entre el fracaso y el éxito. Y yo no creo que el futuro esté escrito, eso implicaría la existencia de un dios caprichoso y cruel, empeñado en ponernos en situaciones límite, en favorecernos o perjudicarnos de forma absolutamente arbitraria. Si fuese así, prefiero pensar que estamos a merced del azar más absoluto, como realmente ocurre.
O no.
“Nada sucede por casualidad. En el fondo las cosas tienen su plan secreto, aunque nosotros no lo entendamos”. ( Carlos Ruiz Zafón ).

