El chistoso. Por Diego Pardos 

El chistoso. Cosme Pérez, «Juan Rana», El cómico que destacó en el Siglo de Oro Español.

«Su último año de vida lo dedicó a estorbar al personal del comercio y de la banca, al vendedor de pipas y al barrendero, al conductor de autobús y a la frutera»

Siempre fue un muchacho alegre y divertido. Se llamaba este buen hombre Willy Albares Rodrigo y repartía la risa allá donde iba. Cualquier ocasión era propicia para el chiste; cualquier evento era adornado por su jocundia; cualquier ceremonia bendecida por su talento. No se había inventado aún El Club de la Comedia cuando toda la vida misma de este santo varón era comedia y abuso de la chanza y la guasa. Ya desde sus tiempos de estudiante era el gracioso de la clase, que lo mismo dibujaba con la tiza una inconveniencia en la pizarra que soltaba en mitad del ejercicio de trigonometría: “¡Vivan las patatas fritas!”. 

 

Su último año de vida lo dedicó a estorbar al personal del comercio y de la banca, al vendedor de pipas y al barrendero, al conductor de autobús y a la frutera. Así, entraba en una camisería y solicitaba media docena de botones con ancla y cuando la amable mercera se afanaba en abrir la caja Willy le inquiría muy serio: 

 

-Oiga, joven: ¿no es este el comercio de don Leoncio García-Tolón? 

 Y ante la negativa de la chica gritaba: 

-¡Pues vaya tozolón! -y salía a la calle muerto de la risa. 

 

Cierto día le preguntó a un guardia si era urbano y ante la extrañeza del agente de la autoridad, que era policía local, le importunó: 

 

-Pues cójame de la mano -y bajó por Marqués de Urquijo partiéndose el pecho. 

-¿Pasa hoy consulta la doctora Piña? -tuvo a bien inquirir a un portero de campanillas del barrio de Salamanca. 

-Pues dígale que ya no es una niña. 

 

Willy Albares Rodrigo no tenía oficio conocido y vivía de las rentas familiares con su anciana madre viuda en un barrio acomodado. De modo que fue deslizándose en su último año de vida -como ya hemos dicho- por el filo de la navaja de un presunto humor que ya era un caso obsesivo.  Sin rumbo fijo, lo mismo aparecía por el mercado de San Isidro, en el popular barrio de Carabanchel que por la Glorieta de Bilbao. Un día, en el Café Comercial abordó a la señora Aguirre, que se encontraba en compañía de unas amigas, y sin ningún respeto le preguntó por “don Cirilo Jadraque Utensilio”. Y ante la extrañeza de doña Esperanza el gamberro aún le dio “recuerdos de parte del señor Albares”. 

 

Su audacia no tenía freno. En otra ocasión se presentó en el despacho de un notario y tras solicitar información sobre testamentarías increpó al secretario: 

 

-Pero bueno, ¿qué clase de establecimiento e éste? Yo creía que el titular de la plaza era el señor Jadraque Utensilio, compañero mío de pupitre en el colegio del Pilar… Y bajó las escaleras con gran estruendo de carcajadas hasta la misma acera de la calle. Allí abordó a una joven con niño: 

-Por cierto, señorita -dijo el maleducado entre sofocos-, ¿no será usted la mamá de Cirilo Jadraque, por un casual? Y siguió su camino rojo de la diversión, a punto de darle ya un ataque de satisfacción, ante la mirada perpleja de los transeúntes. 

 

Había perfeccionado tanto su técnica que ya la combinaba con el sablazo. Una tarde fría de noviembre, tras una agotadora jornada de trabajo, sin reservas ya de oxígeno en los pulmones quiso probar suerte por última vez. La víctima llevaba un abrigo de paño  gris, sombrero y unos zapatos negros a juego. 

 

-Sí, ¿qué desea? -se ofreció el desconocido. 

-Pues verá, es que mi amigo Cirilo no tiene para comer. Me pregunto si usted sería tan gentil de darme un billete para él. 

 

El caballero le miró con unos ojos profundos y sin expresión, que parecían ocultos en una cueva. Sin decir nada sacó de su cartera un billete y sin pronunciar palabra tocó el ala del sombrero en señal de respeto y se dio la media vuelta. Quedó Willy con el dinero en la mano y en el suelo brillando una tarjeta de visita seguramente caída de la billetera. Se agachó intrigado Albares, con una lentitud más propia de la vejez o la enfermedad e inexplicablemente sin ganas de reírse. Leyó a la luz ya mortecina del atardecer los rótulos de la tarjeta de visita: 

 

Cirilo Jadraque Utensilio 

-Gerente- 

         Pompas Fúnebres Jadraque 

  Madrid 

       “Mantenemos su buen humor” 

 

Desde ese aciago episodio ya no fue el mismo. Su pobre madre le hacía sopas de ajo y tortilla francesa. Bajaba con su hijo a pasear por las cercanías del domicilio, alejadas de los escenarios que le habían servido de entretenimiento.  Willy Albares Rodrigo no llegó a la Navidad. Ni volvió a preguntar por don Cirilo Jadraque Utensilio. 

 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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