La Caja de Skinner: La falsa percepción de libertad. Por Gallego Rey

«Dadme un niño, y lo moldearé para cualquier cosa».

Burrhus Frederic Skinner

La Caja de Skinner

«La teoría de Skinner nos invita a reflexionar sobre la ilusión de libertad que muchos de nosotros creemos tener»

Seguramente usted crea que es una persona libre, entendiendo la libertad como el poder de levantarse cada día y saber que sus decisiones son suyas, que sus pensamientos no tienen dueño, que sus actos reflejan lo que realmente quiere, que puede decir lo que piensa sin miedo, elegir su propio camino, aunque se equivoque, etc. Si es así, enhorabuena. Pero permítame decirle que, al igual que la inmensa mayoría, lo más probable es que no sea más que una pieza creada a partir de un molde y, por tanto, ajena a esa libertad.

Porque la libertad —cuya consecución es un ideal y cuyo efecto es la locura— está condicionada en la práctica por factores sociales, culturales, políticos y económicos, aunque nos la vendan como un derecho fundamental que permite a las personas desarrollar su autonomía y dignidad.

Así que le voy a decir lo que pienso: usted, yo y el resto, salvo unos pocos que se escapan de ello, vivimos dentro de una inmensa caja de Skinner. Usted ha sido moldeado para cualquier cosa. Usted ha sido moldeado para obedecer a dos estímulos, a saber: premio y castigo. Usted no tiene autonomía. Usted vive porque se lo permiten y cómo se lo permitan. Asúmalo.

Cuando un individuo —por ejemplo— sucumbe ante los encantos de una máquina tragaperras, a sabiendas de que jamás podrá obtener un beneficio neto, lo que realmente está haciendo es doblegarse ante la «superstición de la paloma», término acuñado por Frederic Skinner en su teoría del condicionamiento operante, en la cual expresó el proceso de ejercer control sobre la conducta de un organismo en un cierto ambiente por medio de la aplicación del refuerzo. Es decir, un individuo aprende a realizar o eliminar conductas en función de las consecuencias que estas representan para él: premio o castigo. Así, los individuos, según Skinner, actuamos en función de los premios o castigos que obtengamos de nuestras acciones. Esto explica por qué la inmensa mayoría de ciudadanos no se rebelaron ante lo absurdo de la pandemia y por qué no nos estamos rebelando —de verdad— ante la deriva de Occidente hacia su autodestrucción. Hemos sido moldeados para no hacerlo, mediante el estímulo del «premio de seguir disfrutando de una aparente comodidad» y del miedo a salir de esa zona de confort, que conllevaría un castigo.

Skinner desarrolló su teoría realizando una serie de experimentos, primero con ratas, luego con palomas y luego con su propia hija. Consistían en encerrar a un individuo de cada especie en una caja, privándolo de alimentos durante varios días para luego permitirle alimentarse solo cuando conseguía accionar un mecanismo alojado en el interior de la caja. De este modo, pudo comprobar cómo las ratas —al principio solo utilizaba ratas para su experimento—, cuando descubrían que accionando el mecanismo obtenían alimento, se adaptaban rápidamente, aprendiendo a accionarlo después de una serie de pruebas y errores. Pero, para poder ir más allá en su teoría, a Skinner no le bastaron estos resultados como concluyentes, así que introdujo una variante, que consistía en que no siempre al accionar el mecanismo el individuo obtenía su premio. De este modo, pudo comprobar que las palomas —esta parte del experimento ya solo la realizaba con estos animales— reaccionaban cada una de un modo distinto: unas caminando dentro de la caja en el sentido de las agujas del reloj, otras aleteando o moviendo la cabeza de un modo concreto, etc., creyendo que ejecutar esas rutinas era lo que les permitía en realidad accionar correctamente el mecanismo que les proporcionaba el alimento —de ahí viene el término «superstición de la paloma»—. Skinner consiguió, mediante estas pruebas, moldear palomas para que se comportasen a su antojo, incluso como armas de guerra, pues logró que actuaran como kamikazes lanzándose contra el enemigo, atrayendo con ello el interés del propio ejército de los Estados Unidos.

Por cierto, no teman: aunque Skinner experimentó con su propia hija y fue tremendamente criticado por ello, no lo hizo bajo estos términos y condiciones, sino exponiéndola a estímulos sensitivos que no pusieron en ningún momento en peligro su integridad.

Ahora que ya sabe qué es la caja de Skinner, sigamos desarrollando mi ofensa hacia usted al decirle que no es más que una pieza creada a partir de un molde. Porque usted no es más que eso y, repito: asúmalo.

Seguramente muchas personas piensen que no es así, que no son piezas creadas en serie para obedecer a estos estímulos. Allá ellas. Por sus protestas airadas las conoceréis. Pero la realidad es que desde la más tierna infancia somos introducidos en nuestras respectivas cajas de Skinner. ¿O qué piensa usted que es el sistema de educación pública? ¿Acaso no se estimula a los alumnos desde el principio con recibir premios o castigos para amoldarlos a lo que de ellos espera la sociedad?

Sin extenderme en los múltiples casos que le podría enumerar, es incuestionable que del estudio de Skinner se han valido gobiernos e instituciones de todo el mundo para aplicar su modelo de psicología conductista: repito el ejemplo del ludópata, que a pesar de ser consciente de que jamás podrá ganar, sigue jugando, atrapado por la «superstición de la paloma», creyendo que accionando la palanca o pulsando el botón de forma adecuada recibirá su premio. Esto lo saben quienes diseñan las máquinas tragaperras, los casinos, etc.

Esto no es una broma y tiene implicaciones muy graves para todos cuando se exceden los límites de lo tolerable. Hace poco hemos sabido que la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) ha financiado a periodistas e instituciones de todo el mundo para que ejercieran influencia en resultados electorales, desestabilización de gobiernos o la implantación de la Agenda 2030.  Lo dicho, poca broma. La USAID ha aplicado el refuerzo del premio para comprar voluntades, añadiendo el miedo a negarse, «porque si me quedo fuera del juego no voy a poder comer, o me pueden pasar cosas peores». 

Pero centrémonos en usted, que parece que no termina de verlo claro y piensa que esto no le afecta. Usted cree que es una persona libre, cuyos actos son fruto de esa libertad y que no es influenciable. Pero usted, sin embargo, se manifiesta cuerdo, es decir, rechaza la idea de que pueda estar loco, y además vive de acuerdo con las reglas y convenciones sociales. Algo falla, entonces.

Y si usted no está loco, que es el estado natural de la libertad, entonces es una pieza más del molde.

Solo los locos se salvan de ser culpables. Porque solo los locos —personas que perciben la realidad de una forma distinta a la mayoría o que desafían las normas establecidas— alcanzan el ideal de libertad. Y además aprenden de sus propios errores. Y si usted no está loco, que es el estado natural de la libertad, entonces es una pieza más del molde.

A modo de Epílogo o advertencia

1-La teoría de Skinner nos invita a reflexionar sobre la ilusión de libertad que muchos de nosotros creemos tener. Según el concepto de condicionamiento operante, nuestras conductas, deseos y elecciones no son producto de la libertad, sino que están influenciadas por los refuerzos y castigos que nos imponen desde nuestro entorno.

Hoy, en un mundo donde el consumo masivo, las redes sociales y la tecnología determinan gran parte de nuestras decisiones, es fácil sentirse como si fuéramos individuos autónomos, tomando decisiones libres. Sin embargo, la teoría de Skinner nos recuerda que hemos sido moldeados por recompensas externas: la validación social, la gratificación instantánea, el éxito medido por parámetros ajenos a nuestra voluntad. Nos enseñan qué comprar, qué pensar, qué desear, y, en última instancia, nos vemos atrapados en un ciclo donde nuestras «elecciones» son el resultado de estímulos que hemos aceptado.

Pero la libertad no se encuentra en la ilusión de ser dueños de nuestros actos, sino que pasa por la capacidad de entender cómo estamos siendo moldeados. El peligro radica en no ser conscientes de este proceso. Nos creemos libres, pero en realidad, somos el producto de un molde que nos forma, nos ajusta y nos condiciona, haciéndonos pensar que somos únicos cuando, en realidad, estamos siguiendo patrones predecibles. Es por esto que debemos cuestionarnos: ¿realmente elegimos lo que queremos, o simplemente respondemos a lo que nos enseñan a desear? Quizás, el primer paso hacia la libertad es reconocer que la mayoría de nuestras decisiones no son tan libres como creemos.

2-El peligro de dejarnos llevar por ideas inflamables, como el deseo de ir a la guerra o la solución de los problemas mediante aislacionismo y nacionalismos excluyentes, radica en cómo esas ideas pueden ser fácilmente moldeadas y amplificadas por los estímulos externos. Al igual que las palomas en la teoría de Skinner, nuestras reacciones y creencias pueden estar condicionadas, y en algunos casos, con ideas extremas que nos prometen soluciones rápidas y simplistas ante problemas complejos. Estas ideas, aunque atractivas por su aparente claridad, no son más que una respuesta automática a las presiones sociales y políticas que nos bombardean.

Tomemos, por ejemplo, el deseo de ir a la guerra en Ucrania. La retórica belicista puede ser el resultado de un condicionamiento mediático que crea una percepción de amenaza o una necesidad de intervención, sin considerar las consecuencias reales ni el costo humano y social. Las emociones infladas como el patriotismo exacerbado o el miedo al «enemigo» nos ciegan, llevándonos a decisiones que, bajo el influjo de la debida reflexión podríamos rechazar.

El nacionalismo cerrado o el aislacionismo funcionan de manera similar. Nos ofrecen la falsa promesa de que, al cerrarnos al mundo, al «defendernos» de los demás, encontraremos seguridad y estabilidad. Pero estas respuestas son reacciones condicionadas. Nos moldean para creer que, al buscar el refugio en nuestras propias fronteras, eliminamos los riesgos. Sin embargo, esta visión es peligrosa, porque en un mundo interconectado, el aislamiento no solo es insostenible, sino que perpetúa la ignorancia y el odio hacia lo diferente.

Lo más peligroso es que estas ideas inflamables alimentan aún más los ciclos de violencia, conflicto y división, así que solo a través de la conciencia y el entendimiento de estos condicionamientos podemos evitar caer en la trampa de las soluciones simplistas y peligrosas que nos mantienen dentro de la caja. 

A modo de cierre

A Skinner, como he dicho, lo criticaron mucho por usar a su propia hija en sus experimentos. Lo más singular de estas críticas es que no se centraban en el hecho de haber empleado a un ser humano, sino en haber equiparado a las ratas con las personas. Y aquí es donde surge la reflexión más inquietante de todo este asunto, pues en su respuesta, Skinner dejó una afirmación tan contundente como certera: en realidad, las ratas y los humanos no son iguales, porque la principal diferencia es que las ratas aprenden de la experiencia… y las personas no.

Frederic Skinner

Burrhus Frederic Skinner fue un psicólogo y conductista estadounidense, conocido principalmente por sus trabajos sobre el condicionamiento operante y la teoría del comportamiento. Pueden acceder a más información aquí.

 A modo de anécdota, los creadores de la famosa serie Los Simpson le dieron el nombre de «John B. Skinner» al profesor de la serie como una referencia a Burrhus Frederic Skinner.  Este guiño es una especie de homenaje a Skinner, ya que el personaje del profesor tiene una personalidad que podría reflejar algunas de las ideas conductistas de Skinner. De hecho, en algunos episodios, el profesor Skinner (el personaje) aparece como un hombre estricto y con un enfoque muy riguroso hacia la enseñanza, algo que podría estar relacionado con la teoría del control del comportamiento.

 

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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