«De las consecuencias del crimen sin resolver, sin verdad y sin justicia, claro ejemplo de que paras las hechuras de la maldad no importan las víctimas inocentes»
El Requiem de Verdi me acompaña toda la mañana de hoy, -vigesimoprimero aniversario del 11-M– y la tormenta de trompetas del estribillo del Dies Irae me sobrecoge con su evocación del juicio final. Recuerdo también a Eugenio Trías (31 de agosto de 1942 – 10 de febrero de 2013) con su apuesta sonora de la violencia desatada contra la maldad. Porque el filósofo nos recordó que nadie ha descrito la maldad con tanto acierto como el genial Verdi gracias a su personaje operístico Jago, el fiel vasallo de Otello, camuflado de bufón y auténtico urdidor del mal, capaz de destruir todas las opciones de los demás a la buena vida, o sencillamente al derecho a la vida. Escribe Eugenio Trías en «La imaginación sonora»: «Una y otra vez incita el Dios de este mundo a la locura. No actúa, deja su poder en manos de sus agentes secretos. Estos arrojan veneno a sus víctimas. Luego pueden retirarse por momentos de la función y contemplarla como apuntadores irónicos. Siempre trabajan. Son infatigables. Pero lo hacen en la sombra». pag. 361. Op. cit.

Palabras, solo palabras de significado tan aparentemente oculto como las bombas de los trenes que esta mañana puedo sobrellevar gracias a esa Misa de Réquiem que Verdi escribió a la muerte de su compatriota Alessandro Manzoni, un hombre comprometido como el propio autor con la unidad de Italia. La primera frase del texto es Requiem aeternam dona eis, Domine, es decir, «dales el descanso eterno, Señor» y se me vienen a la memoria esos casi 200 muertos del atentado político que oficialmente homenajean los responsables de los bandos enfrentados en esta desunida España. Paradoja fatal de las consecuencias del crimen sin resolver, sin verdad y sin justicia, claro ejemplo de que paras las hechuras de la maldad no importan las víctimas inocentes.

