
«El final fue épico, nadie había visto hasta entonces una ejecución al estilo Polo Checo, menos plástica y estimulante que una ejecución formal al estilo americano»
Qué español metido en cierta edad, no oyó hablar cuando era joven de Don Marcial Lafuente Estefanía, maestro entre maestros, o de Don Miguel Oliveros Tovar, oculto bajo varios de sus seudónimos, entre ellos el más conocido de Keith Luger. O del último en fallecer hace unos años, Don Francisco González Ledesma, dando lustre a novelas del oeste, también del género policiaco, con el sobrenombre de Silver Kane. Los tres, grandes en su género, entretuvieron con sus relatos no pocos momentos de millones de españoles, hoy día la molicie se refugia en programas basura, menos dignos y más cutres.
Pero no es de estas personas ya desaparecidas de las que toca hablar esta vez, si no de la similitud entre aquellos forajidos que tan magistralmente describieron, con los que hoy día tenemos que compartir, a la fuerza, nuestras cada vez más lúgubres y miserables existencias. Qué mejor homenaje hacia esas personas que rememorar una de sus obras, quizá la menos conocida, la titularon “La banda de Peter”, de la cual hago la siguiente sinopsis.
“¿Se imaginan un territorio donde la única ley que se aplicase fuera la que ostentaba el jefe de una despiadada banda? ¿Se imaginan que todos los organismos oficiales estuvieran al servicio del dueño y señor del territorio, con capacidad para nombrar jueces sheriffs fiscales y abogados? ¿Se imaginan que el jefe de los bandidos nombrara personalmente todos los cargos públicos, con el único afán de perpetuarse en aquel territorio? Si su imaginación les está siendo útil, déjenla que vuele sola.
Ni que decir tiene que aquel territorio era el paraíso terrenal para forajidos, cuatreros, tahúres, criminales y demás calaña. Por si fuera poco, la población estaba a merced de cualquier tipo de expolio, robo con fuerza o incautación, a mayor gloria del jefe de la banda, único legislador del territorio. Incluso el derecho de pernada estaba a punto de legalizarse, al exigirlo como pago extra, los aliados preferentes del bandido, en su caso, lugartenientes de conveniencia.
La atmósfera era irrespirable, debido a los continuos atropellos y arbitrariedades ¿Qué hacer? Empezaron a preguntarse las fuerzas vivas de los poblados, personas de mentes exiguas, moral estrecha y alma tan vacía como sus polvorientos bolsillos. A los seis años de aquella ignominia las gentes empezaron a irse, hasta que el jefe de los criminales cayó en la cuenta de algo que le alertó. “Si las gentes se van ¿Quiénes van a trabajar para nosotros?”
Fue a partir de esa fecha cuando el bandido empezó a mandar partidas de pistoleros y lacayos con la orden de incendiar periódicos y cerrar fronteras. Incluso hubo varios asesinatos a manos de los aliados preferentes del bandido, expertos en anteriores hazañas.
La incertidumbre y el terror empezaron a adueñarse del ánimo de aquellas gentes, hasta que un día llegó un jinete al que nadie conocía. Se llamaba John Hairstyle, juez federal enviado por la Justicia, para imponer el orden en aquel antro delincuencial.
Lo primero que hizo al llegar fue notificar al sheriff local que estaba suspendido, tras lo cual ordenó encerrarlo incomunicado. A continuación, nombró diez comisarios entre los más valientes, a los diez días tenía treinta grupos de a diez por grupo, a los dos meses sus comisarios pasaban de tres mil. El pueblo empezaba a unirse en una causa que a todos competía, recuperar la dignidad, preámbulo de la ansiada libertad.
Al no tener noticias de su delegado en el poblado, el jefe de la banda, escoltado por sus mejores pistoleros, partió raudo y veloz hacia el poblado, diríase que lo hizo volando. El forajido se dirigió al salón, donde sus furcias impartían clases de sexualidad, que naturalmente eran caras y obligatorias. Tras recibir la recaudación de la semana, se dirigió hacia la oficina de su sheriff, sin saber que éste estaba detenido. Nada más entrar sintió como la puerta se cerraba a su espalda, en ese momento fue detenido por orden del juez, allí presente.
El juez, vestido de toga imponente, empezó a interrogarle. Al principio con educación, tacto y buena disposición, pero al ver como el facineroso iba creciéndose, su comportamiento hacia él cambió. La primera prueba concluyente le rompió la sonrisa, quedando tan hierática como su alma. Al octavo mandoble legal, la actitud de aquel tarado cambió ostensiblemente. Su ego empezó a cotizar por los suelos, su sonrisa de petimetre empezó a ser un vago recuerdo, su apuesta figura, otrora apolínea y cursi hasta la náusea, empezó a perecerse la de un guiñapo encorbatado, lo que siempre fue.
Lo peor para el detenido fue cuando el juez nombró a doce de sus comisarios para que ejercieran como jurados ante el inminente juicio. Lo patético vino cuando el rufián de taberna, rendido y desmadejado como una vulgar comadreja oyó su sentencia. El despojo fue condenado a muerte, la sentencia se ejecutaría no antes de cinco minutos ni después de seis. El escombro empezó a llorar de forma harto desagradable, como si posara. Su rostro, de por sí tumefacto y repulsivo, pasó del gris ceniza al bermellón cuando oyó como iba a terminar sus días
El final fue épico, nadie había visto hasta entonces una ejecución al estilo Polo Checo, reminiscencia eslovaca del magistrado por parte de madre. Esta forma de pasaportar a los delincuentes habituales, es menos plástica y estimulante que una ejecución formal al estilo americana, donde el gran salto antecede al acabose, en el caso que nos ocupa el acabose empieza desde el principio, al no haber salto. El resto es historia, los bandidos desaparecieron como por ensalmo, la banda se disolvió e incluso los que estuvieron sirviendo a aquél degenerado renegaron de él.
El que no haya puesto cara al energúmeno de la historieta es porque le falta imaginación, o tal vez será porque a mí me sobra.”
