Jugando con amigos. Por Manuel Sanz Real

Jugando con amigos.

«¡Qué guay me lo estoy pasando! ¡Nunca había hablado con una rosa! ¿Me prometéis que vamos a estar aquí todos los días juntos?»

El balón llegó casi sin fuerza hasta los pies del solitario anciano. Una niña que corría tras él levantó la mirada con timidez y preguntó al hombre:

 

– Hola, ¿cómo te llamas?

 

– Pedro -contestó él-. ¿Y tú?

 

– María. Te he visto aquí más días.

 

– Sí, vengo todas las tardes.

 

– ¿Tú no juegas con nadie?

 

– Ya soy muy mayor.

 

– ¿Y no te aburres?

 

– No, me divierte veros jugar.

 

La niña recogió el balón y dio media vuelta para seguir jugando, pero se detuvo sin haber satisfecho su curiosidad.

 

– ¿Y por qué siempre estás solo?

 

– Porque ya no me quedan amigos.

 

– Pues a mí sí me gustaría ser tu amiga. Jugaría contigo todas las tardes… a lo que tu quieras.

 

– ¡Ah, muy bien! Y yo te enseñaría a hablar con las flores.

 

– ¿Con las flores? -preguntó María sorprendida.

 

Pedro se dirigió a una rosa y le dijo: «Cuéntale a María lo que ves todas las tardes». Como si la magia fuera posible, se escuchó una voz que parecía provenir de la flor.

 

– Veo a parejas caminando de la mano, a jóvenes haciendo deporte, a los niños columpiándose y jugando con la pelota.

 

Al escuchar la voz de la rosa, la emoción desbordó a la niña.

 

– ¿Tú tienes poderes?

 

– A veces, María -replicó Pedro-. Poco antes de que tú llegaras, propuse a las ardillas una carrera para ver cuál de las dos llegaba antes a lo más alto del árbol.

 

María, soltó el balón al no poder contener la alegría.

 

– ¡Qué guay me lo estoy pasando! ¡Nunca había hablado con una rosa! ¿Me prometéis que vamos a estar aquí todos los días juntos? -preguntó ilusionada.

 

– No -replicó la rosa-, yo no puedo prometer algo así. Cuando llegue el otoño, empezaré a sufrir una transformación, y seré parte de una dorada alfombra de hojas. Quizá tu misma, paseando, podrías pisarme sin saber que soy yo.

 

– Yo tampoco estaré -contestó Pedro-. Los médicos, no son muy buenos amigos míos, ¿sabes?

 

La niña puso cara de extrañeza.

 

– Me han dicho que ésta será ya mi última primavera – afirmó Pedro.

 

El sol del atardecer tiñó el horizonte de un color anaranjado. María, con una sonrisa, restregándose los ojos con las manos secó sus lágrimas, y al mismo tiempo se dirigió a ambos para despedirse.

 

– Adiós, rosa. Tú siempre estarás en el jardín de mi corazón, donde florecerás todas las primaveras. Y a ti, Pedro, me gustaría darte un beso.

 

Mientras abrazaba a Pedro con fuerza, le susurró al oído.

 

– Gracias por enseñarme a jugar con vosotros.

 

(© 2025 Manuel Sanz Real)

Manuel Sanz Real

Nací en Madrid, en 1958. Mi vida profesional ha transcurrido mayoritariamente en la Administración Pública. He cursado diversos estudios de Derecho Tributario y Asesoría Fiscal. Mi afición por la escritura ha estado siempre latente, escribiendo de forma amateur y realizando diversos cursos tales como: “Creación del personaje en la novela”, “Un relato de terror contemporáneo”, etc. impartidos por el profesorado del Taller de escritura Fuentetaja, convocados por “El Portal del Lector de la Comunidad de Madrid.

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