
«¡Qué guay me lo estoy pasando! ¡Nunca había hablado con una rosa! ¿Me prometéis que vamos a estar aquí todos los días juntos?»
El balón llegó casi sin fuerza hasta los pies del solitario anciano. Una niña que corría tras él levantó la mirada con timidez y preguntó al hombre:
– Hola, ¿cómo te llamas?
– Pedro -contestó él-. ¿Y tú?
– María. Te he visto aquí más días.
– Sí, vengo todas las tardes.
– ¿Tú no juegas con nadie?
– Ya soy muy mayor.
– ¿Y no te aburres?
– No, me divierte veros jugar.
La niña recogió el balón y dio media vuelta para seguir jugando, pero se detuvo sin haber satisfecho su curiosidad.
– ¿Y por qué siempre estás solo?
– Porque ya no me quedan amigos.
– Pues a mí sí me gustaría ser tu amiga. Jugaría contigo todas las tardes… a lo que tu quieras.
– ¡Ah, muy bien! Y yo te enseñaría a hablar con las flores.
– ¿Con las flores? -preguntó María sorprendida.
Pedro se dirigió a una rosa y le dijo: «Cuéntale a María lo que ves todas las tardes». Como si la magia fuera posible, se escuchó una voz que parecía provenir de la flor.
– Veo a parejas caminando de la mano, a jóvenes haciendo deporte, a los niños columpiándose y jugando con la pelota.
Al escuchar la voz de la rosa, la emoción desbordó a la niña.
– ¿Tú tienes poderes?
– A veces, María -replicó Pedro-. Poco antes de que tú llegaras, propuse a las ardillas una carrera para ver cuál de las dos llegaba antes a lo más alto del árbol.
María, soltó el balón al no poder contener la alegría.
– ¡Qué guay me lo estoy pasando! ¡Nunca había hablado con una rosa! ¿Me prometéis que vamos a estar aquí todos los días juntos? -preguntó ilusionada.
– No -replicó la rosa-, yo no puedo prometer algo así. Cuando llegue el otoño, empezaré a sufrir una transformación, y seré parte de una dorada alfombra de hojas. Quizá tu misma, paseando, podrías pisarme sin saber que soy yo.
– Yo tampoco estaré -contestó Pedro-. Los médicos, no son muy buenos amigos míos, ¿sabes?
La niña puso cara de extrañeza.
– Me han dicho que ésta será ya mi última primavera – afirmó Pedro.
El sol del atardecer tiñó el horizonte de un color anaranjado. María, con una sonrisa, restregándose los ojos con las manos secó sus lágrimas, y al mismo tiempo se dirigió a ambos para despedirse.
– Adiós, rosa. Tú siempre estarás en el jardín de mi corazón, donde florecerás todas las primaveras. Y a ti, Pedro, me gustaría darte un beso.
Mientras abrazaba a Pedro con fuerza, le susurró al oído.
– Gracias por enseñarme a jugar con vosotros.
(© 2025 Manuel Sanz Real)

