La Era del Homo Virtualis. Por Gallego Rey

La Era del Homo Virtualis.

«No somos dueños de nuestras percepciones, como tampoco lo somos del mundo; más bien, habitamos nuestras percepciones como habitamos nuestro cuerpo y nuestro mundo». Maurice Merleau-Ponty.

Hace unos días, en un foro de internet, se hablaba de un comercio de mi pueblo natal, uno de esos ejemplos, cada vez más raros, de establecimientos que han sobrevivido a varias generaciones y que estaban homenajeando por ello. Gracias a su actividad, los niños de distintas épocas aprendimos a asociar el aroma que emanaba de sus instalaciones con el concepto de chocolate. Para mí, el chocolate es aquel olor que, en el instante en que me crucé con la conversación, regresó de forma inequívoca.

Las experiencias de la infancia marcan la manera en que entendemos el mundo. Crecer en contacto con lo tangible, con el ritmo de lo que «lleva su tiempo», nos permite habitar los procesos en lugar de solo asimilar los resultados. En mi infancia se aprendía observando, tocando, oliendo, saboreando, equivocándose y comprendiendo a través de la experiencia y la repetición. Se sabía cuándo era tiempo de cosecha por el olor del campo, cuándo se acercaba la lluvia por el peso del aire, cuándo una fruta estaba madura sin necesidad de leer una etiqueta. La relación con el entorno no dependía de intermediarios artificiales, sino del cuerpo y la presencia.

«¿Será el Homo Virtualis el vencedor en esta nueva lucha por la supervivencia, y en consecuencia el hombre del futuro?»

Hoy el aprendizaje sucede cada vez más a través de pantallas. El conocimiento llega empaquetado, sin necesidad de exploración ni de experiencia directa. Se accede a imágenes, descripciones y simulaciones que muestran el mundo, pero sin el requisito de habitarlo. La mediación tecnológica construye una experiencia distinta a la mía, más veloz, más accesible, pero también más desvinculada del cuerpo y del espacio. Lo que se aprende no está enraizado en lo vivido, sino en lo representado.

Mis recuerdos de infancia, como afirmo en el ejemplo del chocolate, tienen que ver con la habitabilidad. Por tanto, lo que he ido aprendiendo es fruto de ese estar en el mundo, formando parte como sujeto —entendido como cuerpo, mente e interacción—, y no como un objeto anexo a una existencia parcial, donde habita la mente sin la necesidad de la experiencia a través del cuerpo.

 

El cuerpo como sujeto y no solo objeto

«No veo con mis ojos: a través de ellos, participo en una visión que es anterior a mí, en un campo visual que me envuelve y me sitúa. Del mismo modo, no poseo un cuerpo como poseo un objeto; soy mi cuerpo y, a través de él, estoy en el mundo». Maurice Merleau-Ponty.

El filósofo francés Maurice Merleau-Ponty afirmaba que la conciencia está siempre ligada a la corporalidad y que no se puede entender el pensamiento sin el cuerpo que lo sustenta, rechazando la dicotomía cartesiana entre mente y cuerpo: «La percepción no es una simple recopilación de datos sensoriales, sino una experiencia encarnada en el mundo». Además, desarrolló la idea de la «intencionalidad motriz», es decir, que percibir no es solo recibir información, sino actuar en el mundo a través del cuerpo. No somos observadores pasivos, sino que nuestra experiencia surge del movimiento, de la acción y de la interacción con el entorno.

Esta relación no se limita al desplazamiento o a la manipulación de objetos, sino que involucra todos los sentidos. El olor del pan recién horneado no es solo un estímulo aislado, sino que despierta recuerdos y nos sitúa en un tiempo y un espacio concretos. La textura de la tierra húmeda bajo los pies descalzos después de la lluvia o la sensación del viento frío en el rostro no solo informan sobre el entorno, sino que generan una conexión con él. Merleau-Ponty sostenía que el cuerpo es el punto de anclaje de nuestra experiencia, el medio a través del cual habitamos el mundo. Sin la riqueza sensorial que nos vincula a lo real, la percepción se empobrece, convirtiéndose en una mera recepción de datos sin arraigo en la vivencia.

Hoy en día, sin embargo, la información que se recibe, sobre todo los más jóvenes, casi desde su nacimiento, no genera mayor conexión con la realidad, sino que la suple. No es que considere que la tecnología sea negativa en sí misma, pero sí que el uso que se le da nos moldea a una forma distinta de estar en el mundo. La inmediatez reduce la necesidad de paciencia, la imagen sustituye la materia, la información reemplaza la experiencia. Cuando todo se obtiene a través de una interfaz, la realidad se vuelve algo que se mira, no algo que se toca, huele o saborea. Ni siquiera se intuye o anticipa.

Y no se trata de nostalgia ni de afirmar que antes era mejor. Se trata de entender cómo cambia nuestra relación con la realidad cuando la vida se experimenta a través de pantallas. Cómo se transforma la memoria cuando lo que recordamos no es lo que hemos vivido directamente, sino lo que hemos consumido visualmente. Cómo la percepción del tiempo y del espacio se altera cuando todo está disponible al instante, pero casi nada deja huella.

El compromiso con la realidad

«El ser del hombre es un estar-en-el-mundo. No estamos ante la realidad, estamos dentro de ella». Martin Heidegger.

En estas circunstancias, creo acertado decir que la humanidad se enfrenta a uno de los mayores desafíos adaptativos de su historia, porque no hablamos de un cambio de modelo de vida, como el ocurrido en la Revolución Industrial, sino de un salto evolutivo como especie. Desde sus orígenes, nuestra evolución ha estado determinada por el uso de herramientas. La Edad de Piedra marcó el inicio de este proceso, cuando la fabricación de utensilios permitió a nuestros ancestros modificar su entorno y ampliar sus posibilidades de supervivencia. Con el avance hacia la Edad del Bronce y del Hierro, la relación del ser humano con el mundo cambió nuevamente: la técnica refinó sus habilidades, la agricultura y la guerra redefinieron su organización social, y el cuerpo siguió siendo el vínculo esencial con la realidad, aunque cada vez más condicionado por sus creaciones. Pero ahora, por primera vez, la herramienta ya no es una extensión del cuerpo, sino un filtro entre el individuo y el mundo, que desdibuja el entorno alterando la experiencia de lo real.

En este sentido, el filósofo alemán Martin Heidegger advertía que la tecnología no es simplemente un conjunto de herramientas al servicio del ser humano, sino un modo en que la realidad se manifiesta ante nosotros. En La pregunta por la técnica (Die Frage nach der Technik), planteó que la técnica moderna no se limita a facilitar la existencia, sino que impone un marco en el que la realidad es interpretada y experimentada. Mientras que en las edades previas la herramienta prolongaba la acción del cuerpo —el arado amplificaba la mano que siembra, el martillo reforzaba el golpe—, hoy la mediación tecnológica sustituye la experiencia directa.

Lo que Heidegger denomina Gestell, o «estructura de emplazamiento», describe cómo la técnica moderna reduce el mundo a un mero conjunto de recursos disponibles. La naturaleza ya no se percibe como un ámbito de existencia compartida, sino como una reserva de insumos que deben ser explotados y optimizados. Este cambio, visto desde la lógica de la era digital, convierte el concepto de realidad en un conjunto de datos, en información susceptible de ser manipulada, almacenada y consumida, con el riesgo de que el ser humano termine viéndose a sí mismo bajo esa misma lógica.

El lenguaje y la expresión: el cuerpo que habla

«El cuerpo no es un objeto, sino un medio general para tener un mundo». Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción.

Regresando a Merleau-Ponty, el francés defendía que el lenguaje no es solo un sistema de signos arbitrarios, sino una manifestación de nuestra experiencia en el mundo. No hablamos desde una mente aislada, sino desde un cuerpo que gesticula, que transmite significado más allá de las palabras. El lenguaje, en su sentido más amplio, incluye la expresión corporal, los matices de la voz, los silencios, las miradas y los gestos que nos sitúan en una comunicación encarnada.

Sin embargo, cualquiera puede comprobar que hoy la comunicación se ha reducido a una abstracción de sí misma: texto en una pantalla, imágenes creadas por algoritmos, expresiones que dependen de códigos preestablecidos como los emoticonos o la reducción de las palabras a abreviaturas. La interacción se ha vuelto más plana, perdiendo las sutilezas del lenguaje no verbal que, desde tiempos inmemoriales, han sido esenciales para la comprensión mutua.

Esta desaparición del lenguaje corporal hace que «perdamos la capacidad de habitar nuestros cuerpos y nuestro mundo», dado que prescindimos de las percepciones. Se puede comprobar que cada día es más complicado encontrar gente joven que capte los códigos del lenguaje corporal. Su conexión al mundo a través de las pantallas ha reducido la necesidad de interpretar gestos, miradas y tonos de voz en la comunicación cotidiana. Las interacciones digitales no requieren descifrar el enfado en una ceja levemente fruncida, la inseguridad en una postura tensa o la complicidad en una sonrisa apenas esbozada. Como resultado, han perdido la capacidad de leer las señales que tradicionalmente nos permitían anticipar emociones, responder con empatía y comprender al otro más allá de sus palabras.

Pero todo esto ocurre tan solo en esa parte del mundo al que llamamos Occidente. En el resto del orbe, por razones varias —pobreza en unos casos, dictaduras que someten a la población a vivir en un estado de atraso tecnológico en otros, etc.—, coexiste ese humano no «infectado por el cambio». Pero ¿por cuánto tiempo? ¿Será el Homo Virtualis el vencedor en esta nueva lucha por la supervivencia, y en consecuencia el hombre del futuro? Recordemos que los neandertales y los sapiens convivieron durante miles de años, aunque no parece que hoy pueda darse un caso similar, dada la velocidad de crucero que ha tomado la tecnología como hacedora de este Homo Virtualis.

Lo que parece lógico pensar es que en un par de décadas no quedará nadie cuyos recuerdos de su infancia se disparen por estímulos como el recuerdo del olor a chocolate que emanaba de un establecimiento, a su vez recordado por una simple conversación en un foro de internet.

El mundo será irremediablemente otro; y algunos podemos decir que somos los últimos de nuestra especie viviendo a caballo con los especímenes de la nueva era de la humanidad. A fin de cuentas, este espacio que me brindan en La Paseata se titula Tiempo de Frontera.

NOTA FINAL:

Este texto es el condensado de un artículo de mayor extensión. Por razones de formato, he creído conveniente ajustarlo para ofrecerlo en primicia a los lectores de La Paseata. El texto original será publicado a su debido tiempo en mi página web www.gallegorey.es.

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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